Lo que queda detrás del muro

Los seres humanos somos una especie compleja como tal. Tenemos diferentes formas de gestionar nuestras emociones, y especialmente cuando estas son intensas y nos generan malestar, adoptamos mecanismos que pueden protegernos a corto plazo, pero que pueden ser contraproducentes o negativos a largo plazo. Uno de ellos es el aquí expuesto, el escudo o muro, el cual nos da la sensación que nos protege de lo malo y nos aporta una falsa seguridad momentánea.

 

Tal vez lo construimos porque nos hicieron daño, y sentíamos que de esa forma, evitaríamos sufrir. Y aunque sea totalmente legítimo y comprensible en un primer momento, ya que buscamos protegernos, cuando pasa el tiempo esa muralla ya no tiene la misma utilidad, y nos va encerrando más y más en nosotros mismos, alejándonos de los demás e incluso de nosotros. Junto a eso, además, facilita que vayamos acumulando malestar, pudiendo tener la sensación de que no nos pasa nada, ni lo malo lo cual estamos evitando activamente, ni lo bueno, lo cual nuestro muro no deja pasar, privándonos de gratificación. De esta forma, lo que en un primer momento concebimos como algo positivo, va transformándose progresivamente en un problema en sí, ya que provoca que nos recluyamos, disminuyendo la interacción con los otros, nos impide experimentar y dar color a nuestras emociones, y facilita que cada vez carguemos con una mochila de malestar más pesada. 

 

Como tal, esta estrategia sería equivalente a la evitación emocional. Este es un mecanismo que podemos ver en diferentes problemáticas como los trastornos de ansiedad (p.ej., fobias donde la persona evita enfrentarse al estímulo temido), en los trastornos depresivos (p.ej., la persona disminuye el contacto con los demás, para protegerse de posibles críticas), o en los trastornos de personalidad (p.ej., trastorno de personalidad evitativo). 

 

Por muchas murallas que construyamos, no podremos protegernos siempre de todo, ¡ni tenemos que hacerlo! Pasarán cosas buenas y no tan buenas…y, aunque duelan, resulta mucho más útil y enriquecedor, gestionarlas de la mejor manera que podamos, aceptando y transitando esas emociones. Intentando evitarlas solo nos hacemos más daño, y además, podemos sentirnos impotentes, frustrados y culpables, especialmente cuando no podamos evitarlo. Salgamos de esa muralla y vivamos. Después de haber salido (puede que en más de una ocasión), veremos que el miedo o las consecuencias o bien no se cumplen, o no son tan importantes como anticipamos, y podremos vivir y procesar lo bueno y lo no tan bueno.

 

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