La Psicooncología es la rama de la psicología que se encarga de la evaluación, el tratamiento y el soporte tanto de las personas afectadas de cáncer, como de sus familiares y del equipo terapéutico involucrado. Por ello, esta especialidad se situaría en un punto medio entre la Psicología y la Medicina. Así, a diferencia del psicólogo clínico, el psicooncólogo posee conocimientos concretos sobre el proceso del cáncer, conoce sus características y los tratamientos, y además tiene formación en las diferentes intervenciones psicológicas eficaces para posibilitar el manejo de las dificultades y los cambios que se producen por la enfermedad.

El profesional, junto a los demás especialistas, realizarán un trabajo integrativo y en colaboración, en el que se aborden diferentes aspectos: el componente emocional, el comportamental, la comunicación constante y adecuada, y de las estrategias de afrontamiento de la enfermedad tanto del propio paciente como de la familia y de su entorno. El proceso de intervención que se llevará a cabo depende del curso y la evolución que siga la enfermedad. A pesar de ello, podemos distinguir diferentes momentos en los que este tipo de tratamiento puede ser más necesario:

Evaluación/Diagnóstico: Es uno de los momentos que genera más incertidumbre, y donde además tanto la família como el paciente pueden experimentar un impacto psicológico y emocional muy significativo, lo cual provoca que aparezcan sentimientos de miedo, culpa, rabia, entre otros. Aquí la intervención sobre todo se centrará en identificar las necesidades emocionales y psicosociales, orientando en el correcto manejo de éstas, y en potenciar diferentes estrategias de afrontamiento para facilitar la sensación de control.

Tratamiento: La intervención médica de la propia enfermedad no es un proceso fácil. La continuidad y el compromiso son aspectos claves. Además, los efectos secundarios de éste pueden alterar la calidad de vida de la persona. El psicooncólogo buscará profundizar en adoptar un afrontamiento eficaz y adecuado para permitir la adaptación. Aquí existen diferentes alternativas como la Reestructuración Cognitiva, los grupos de apoyo, la relajación o el Counseling.

Fase libre de enfermedad: En esta etapa debemos centrarnos en el miedo. Este puede traducirse en preocupaciones por la posible reaparición de la enfermedad, entre otros motivos debido a la frecuente supervisión y control médico que implica. En un primer momento es necesario normalizar esta experiencia emocional, para proseguir con un acompañamiento continuo y en estrategias para mejorar y vivir el presente. En esta fase también se habla de otro momento, la supervivencia; en este sentido, aunque la enfermedad no esté presente, pueden aparecer dificultades de adaptación por las secuelas del proceso. Por lo tanto, aquí deberemos mejorar la resiliencia tanto de la persona como de la família.

Recidiva: Hablamos aquí de la posibilidad de que regrese la enfermedad. En este momento el impacto emocional puede ser muy acentuado, apareciendo incluso sintomatología ansiosa o depresiva. Aquí se deberá intervenir específicamente sobre estos síntomas, recordando algunas de las habilidades y estrategias que se abordaron en un inicio.

Final de vida: Es una etapa donde los miedos se intensifican, y con ellos otras emociones como la agresividad o la tristeza. Afrontar la muerte no resulta fácil, por lo que se debe contar con un apoyo emocional continuo, tanto a la familia como a la propia persona, centrándonos en sus necesidades y en acompañarlo a lo largo del camino.

Por todo lo comentado, el papel del psicooncólogo es cada vez más importante, y sobre todo teniendo en cuenta la prevalencia de esta enfermedad. Los cambios producidos por esta evidencian la importancia de una tratamiento multidisciplinar e integrativo, en el que el equipo terapéutico y la familia colaboren para afrontar de la mejor manera este árduo proceso. Si deseas recibir más información al respecto, contacta con nosotros. Los profesionales de nuestro centro, en Mataró, te atenderán y te resolverán las dudas que tengas.

El término que proponemos se define como la ausencia de conciencia, por parte de la persona, de su propia enfermedad o incapacidad. En un primer momento se vinculó especialmente a pacientes neurológicos, proponiendo que consistía en una situación patológica que sufrían algunos de ellos al no tener percepción de sus déficits cognitivos. Así, es cierto que aparece de manera más prominente o clara en patologías como la Enfermedad del Alzheimer, el Síndrome de Korsakoff, y en diferentes trastornos cognitivos. Aun así, y como a continuación veremos, cada vez son más las patologías (especialmente psicológicas) en las que aparece esta problemática, por lo que conviene conocer sus características y especialmente su repercusión.

En la línea de la último comentado, aunque hablamos de una problemática que puede aparecer en mayor o menor medida en muchas complicaciones, los trastornos psicológicos en los que se ve reflajada de manera más prominente son la Esquizofrenia, los Trastornos de Personalidad, el Autismo (Trastorno del Espectro Autista) e incluso en ciertos problemas de conducta. En este sentido, los manuales de clasificación diagnóstica han empezado a añadir especificadores para indicar el grado de conciencia de enfermedad de la persona. También hay que tener en cuenta, y como aspecto mucho más común, que en la mayoría de ocasiones, dentro de las problemáticas puede haber ciertos aspectos de los cuales la persona no es consciente, pero que pueden tener consecuencias tanto para ella como para los demás. De este modo, la anosognosia puede aparecer en problemas muy diversos, en población adulta e infantil, y tanto en casos graves como leves, asociándose más a los primeros.

Como se habrá podido intuir, uno de los rasgos más prominentes y a la vez constituyendo casi la principal dificultad, es la falta de sufrimiento por parte de la persona. Si no me pasa nada, ¿para qué tratarme?. Esto debemos diferenciarlo de la negación, en la cual existe conciencia de enfermedad, pero la persona no admite la situación. Es decir, en este caso nos enfrentamos a una total ausencia tanto de conocimiento, como de sufrimiento. Por ello, es importante tener en cuenta la repercusión que esto tiene tanto a nivel individual, como familiar. En el primero de los casos, al no ser consciente de la gravedad, la persona puede llevar a cabo conductas de riesgo que pongan en peligro su salud. Junto a esto, son numerosos los casos que no se vinculan e incluso que no acuden a tratamiento, y que cuando lo hacen, no cumplen con las recomendaciones del terapeuta debido a la creencia de que “ya están bien como están”. Por otro lado, es clara la repercusión que posee a nivel familiar y social. Así, son estos los que acostumbran a sufrir el problema, procurando (muchas veces en vano), ayudar en la medida de lo posible; muchas veces tratando de convencer de que existe un problema o una patología, otras remarcando cómo se sienten, etc. Todo ello genera tensiones y a menudo discusiones por la difícil gestión de la situación.

Por todo lo comentado, ante estos casos conviene intervenir lo más pronto posible, procurando vincular al paciente a un seguimiento terapéutico específico y trabajando mucho con las familias y personas cercanas con tal de dotar estrategias para afrontar posibles situaciones problemáticas. Los psicólogos y psiquiatras de nuestro centro, en Mataró, pueden darte más información acerca de este o cualquier otro tema que te preocupe o interese. No dudes en ponerte en contacto con nosotros, te ayudaremos a resolver tus dudas.

Vivimos en un mundo social. Nos encontramos inmersos en un entorno donde las relaciones e interacciones con los demás son constantes, y éstas nos permiten crearnos una imagen tanto de la gente y contexto que nos rodea, como de nosotros mismos y de nuestra competencia en relación a ellos. En ocasiones pero, aparecen situaciones que nos pueden dificultar mucho iniciar y/o mantener estos vínculos, siendo uno de los casos más frecuentes, el miedo al rechazo. Este pero, como a continuación se verá, puede aparecer “camuflado” en forma de muchos otros miedos, preocupaciones o problemáticas.

Este temor aparece cuando nos sentimos evaluados o juzgados por los demás. Así, algunas de las situaciones donde puede surgir son por ejemplo, al pedir un favor a alguien, al declarar nuestro amor a una persona, al solicitar un aumento de sueldo, etc. Entre las situaciones más prototípicas conviene resaltar el miedo a hablar en público. Esto provoca diferentes tipos de respuesta, pudiendo hacer que la persona sacrifique sus deseos y necesidades con tal de ser aceptada, o bien que opte por evitar exponerse a situaciones en las que perciba o sienta que la puedan juzgar o evaluar. En base a esto, es posible que nos haya venido alguna experiencia personal en la que esto haya sucedido, lo cual refleja que en cierta manera, y en menor o mayor intensidad, casi todos hemos podido experimentarlo, por lo que podemos concluir que todos poseemos una cierta necesidad de aprobación. Pero se transforma en problemática cuando supone una limitación importante para la persona, generando malestar y preocupación constante.

Pero ¿de dónde proviene este temor? ¿por qué aparece? Existen diferentes hipótesis al respecto, las cuales podríamos englobar en dos principales: la innata (o evolutiva), y la adquirida (o aprendida). En el primero de los casos, se sugiere que poseemos una cierta tendencia innata a querer ser aceptados por los demás, ya que en el pasado, estar solo podía tener graves consecuencias. Desde esta perspectiva, también se habla de rasgos temperamentales y de personalidad que puede predisponer a sufrir este problema, como pueden ser la elevada sensibilidad, o la introversión. En el segundo planteamiento (más aceptado hoy en día), se habla de de aprendizaje, es decir, se propone que la vivencia de ciertas experiencias sociales pueden provocar que desarrollemos este miedo. En este sentido, si hemos recibido un feedback negativo (malas caras, comentarios negativos, abandonos…), es posible que nos hayamos formado una imagen de la interacción social. Junto a esto, además, este miedo también se relaciona con nuestro autoconcepto y con nuestra autoestima. A todos nos gusta sentirnos aprobados y, en cierta manera, admirados. Si nos rechazan, esto choca con nuestros esquemas, generando cierto conflicto interno, el cual podemos evitar dejando de exponernos socialmente.

Todo ello repercute en nuestro bienestar físico y emocional, pudiendo generar diferentes problemáticas, siendo la ansiedad una de las más características. Debemos adoptar y aprender ciertos mecanismos para evitar engrandecerlo e incluso su cronificación. En este sentido, a continuación se exponen algunas de las estrategias que pueden servir para superar este miedo:

Comprensión y normalización: Este puede ser útil de por sí, y conviene utilizarlo como primer paso. El miedo es una emoción como cualquier otra, y aunque en ciertos momentos desagradable, posee un sentido adaptativo, pudiendo prevenirnos en ocasiones de algún daño o peligro real. Así, uno de los errores más comunes es considerar que la persona que definimos como valiente, no tiene miedo. Todo lo contrario, posiblemente también lo tiene pero la diferencia es que actúa para combatirlo.

Exposición progresiva: Es uno de los componentes más importantes. Seguramente habremos oído la importancia de afrontar nuestros miedos. En el caso del miedo al rechazo es particularmente importante, ya que supone una de las formas más efectivas para desconfirmar las creencias de la persona (ej., no gustaré, se reirán de mí, me ignorarán…). Conviene hacerlo, pero, gradualmente y siempre en función de las dificultades presentes.

Interpretaciones alternativas: Es importante considerar otras “hipótesis” o “alternativas” cuando vayamos a interaccionar, o cuando hayamos terminado. El pensamiento, cuando está dominado por el miedo, puede ser muy catastrófico, por lo que el entrenamiento regular en considerar diferentes hipótesis, aunque a priori sean difíciles de creer, nos puede permitir combatirlo de manera más efectiva poco a poco.

Aunque estos son los componentes que se consideran claves, existen otras herramientas útiles para ayudarnos a superar este y otros muchos miedos. Se trabajan desde diferentes perspectivas y de forma cada vez más eficiente. Puedes solicitar información en nuestro centro de psicología, en Mataró. Nuestro equipo de psicólogos te proporcionará todo aquello que necesites.

El mundo evoluciona rápidamente, y junto a él es evidente el amplio desarrollo de nuevas herramientas tecnológicas (móviles, ordenadores, aplicaciones, juegos…), que aparecen con diferentes objetivos, siendo uno de ellos el “optimizar” el tiempo, sea este dedicado al trabajo, al ocio, o a las relaciones sociales. Para ello, se busca la máxima eficiencia, creando plataformas en las que la interacción es inmediata. Junto a esto, pero, existe otra cara no tan agradable, y es el excesivo uso que se hace de ellas y las graves consecuencias que este produce en nuestra sociedad, de las cuales debemos concienciarnos, sin minimizar, con tal de prevenir daños todavía mayores.

La afectación aparece en todo tipo de población, tanto en los más pequeños como en las personas mayores. En este sentido, la instauración de tablets en los colegios es una realidad. Además, cada vez se proporcionan teléfonos a edades más tempranas. El problema pero, no es tanto la existencia de estos, sino el uso que le estamos dando. Así, debemos tener claro que la repercusión es tanto a nivel físico como psicológico, y tanto personal, como hacia los demás. En el primer caso, cada vez son más los accidentes por distracción. Nos vienen a la mente los de tráfico, pero son abundantes las situaciones (y más en estos meses) en las que mientras un adulto está distraído, su hijo se encuentra solo en la playa o la piscina. Otros problemas físicos se relacionan con los dolores de cabeza, la fatiga, los mareos, los problemas de vista, entre otros. Todos ellos no deben ser infravalorados, ya que afectan de manera directa a todos nuestros ámbitos, disminuyendo nuestro rendimiento e indirectamente nuestro bienestar emocional.

En concreto, los problemas psicoemocionales que pueden aparecer se relacionan con múltiples aspectos. El primero, y del cual se derivan casi todos los demás, es la adicción en sí. Ésta se define como el uso abusivo de las diferentes plataformas, necesitando realizar un uso cada vez mayor, y acarreando consecuencias significativas para la persona. En este sentido, aunque sea una “adicción comportamental”, conviene recordar que ésta posee todas las características de dependencia, abuso, tolerancia y abstinencia, al igual que en las adicciones a sustancias. Entre sus repercusiones, además de los problemas familiares, sociales y laborales evidentes que acarrea, encontramos diferentes síntomas y alteraciones que pueden aparecer derivados e incluso como causa de la adicción. Así, es muy común que la persona presente un abuso de sustancias, habitualmente alcohol, cocaína o cannabis. Además, los problemas de ansiedad y depresión son más que comunes. Estos, conllevan a su vez problemas de sueño, de alimentación, de concentración, entre otros. También merece la pena mencionar que problemas como los Trastornos de Personalidad (especialmente el Antisocial, Narcicista o el Límite), se encuentran entre los más característicos.

En ocasiones no está claro si la adicción es causa o consecuencia de las situaciones mencionadas, pero lo que sí parece evidente, es que los avances tecnológicos tienen una influencia clara y directa en nuestra sociedad, siendo relativamente fácil caer en un uso excesivo de ellos, y sobre todo en el exceso de confianza. Este último aspecto es especialmente importante, ya que se tienden a ignorar los aspectos negativos del uso y consumo diário de todas estas masivas herramientas.

Cada vez son más los casos que demandan intervención a causa de esta situación. En caso de tener indicios, dudas, o de sospechar de alguna situación peligrosa, no dudes en contactar con nuestro equipo terapéutico especializado en psicología y psiquiatría. Estaremos encantados de atenderte y de facilitarte toda la información que necesites.

Las personas diferimos en el grado con el que comunicamos nuestros pensamientos, emociones e inquietudes internas. Si reflexionamos sobre ello, no profundizamos igual sobre nosotros mismos con un amigo o familiar íntimo con el que nos sentimos confiados, que con alguien desconocido. Además, si lo trasladamos al área de los conflictos, todos diferimos en el nivel de emocionalidad que mostramos ante los demás, pudiendo diferenciar de forma más o menos clara, a aquellos que parecen no tener ningún tipo de pudor a exponer todo lo que sienten y piensan, y a aquellos otros que difícilmente hablan sobre ellos mismos.

El problema surge cuando, o bien nos comunicamos o exteriorizamos de manera inadecuada, y/o lo hacemos en pocas ocasiones. En estos casos, las consecuencias pueden ser diversas, y repercuten tanto a nivel personal como a nuestro entorno. Así, cuando adoptamos la estrategia de guardarnos las cosas, podemos ir acumulando una sensación de malestar interno que puede ir acentuándose con el paso del tiempo. Además, podemos incluso llegar a tener la sensación de que no tenemos derecho a manifestar lo que queremos. Junto a esto, los demás pueden considerar que no les tenemos la suficiente confianza como para abrirnos, e incluso a veces, pueden “utilizarnos” para exponer todo lo que les preocupe a ellos ya que difícilmente reconoceremos que nos afecta o importa. En el otro extremo, si nos acostumbramos a manifestar nuestras inquietudes de forma inadecuada, con agresividad, o de manera excesiva, principalmente podemos provocar que los demás se alejen de nosotros, y esto repercute claramente en nuestra autoestima. Entre las posibles causas que podemos encontrar para decantarnos por una u otra alternativa, podemos encontrar las siguientes:

Dificultades en la identificación: Especialmente en el caso de no exteriorizar, en muchas ocasiones existe una clara dificultad para identificar lo que sentimos y para poner nombre a nuestras emociones. Esto se explica en parte por no haber aprendido a observarlas o haberlas evitado.
Miedo: Este es un mecanismo clave. Diferentes tipos de miedo pueden alejarnos de manifestar lo que nos inquieta. Uno de ellos puede ser el miedo a mostrarnos vulnerables o débiles. Ciertas personas tienen la sensación de que si se abren, reflejan una imagen negativa, y mediante la cual los otros pueden en cierta manera aprovecharse. En segundo lugar, puede existir un miedo a afrontar la emoción, por considerarla a ésta perjudicial o inmanejable. También puede aparecer un tempor a generar conflictos o a dañar a alguien con nuestros comentarios.
Rasgos de personalidad: El principal podríamos decir que se vincula a la introversión. Se trataría de un mecanismo innato que nos impide o limita la expresión de pensamientos y emociones. Este resulta especialmente difícil de modificar, por lo que requerirá un entrenamiento y trabajo intensivo.
Aspectos ambientales: Muchas veces puede no depender tanto de nosotros. Por ejemplo en familias donde se acepta y normaliza la no comunicación emocional, o incluso se censura ésta, puede precipitar que la persona adopte esta tendencia. En contraste con esta situación, hay ambientes que fomentan la expresión disfuncional, provocando el efecto contrario.

Todo ello tendrá mayor o menor peso dependiendo de la persona. Aun así, fácilmente precipitará que aparezcan las estrategias expuestas anteriormente: evitación o retraimiento, o una exteriorización inadecuada. Por ello, si nos concienciamos y además aprendemos estrategias mediante una intervención específica podemos llegar a desarrollar formas alternativas y sobre todo beneficiosas tanto para nosotros como para los demás. Entre los beneficios que podemos encontrar es importante mencionar los siguientes:

Confianza y autoestima: Algo que rápidamente podemos notar es que con un adecuado manejo de nuestros sentimientos y mensajes, ganamos en autoconfianza. Además, como hemos comentado, los demás también pueden agradecer que exterioricemos lo que nos inquieta, ya que se posibilita una relación más sincera y transparente y transmitimos tener confianza en los otros.
Comunicación: Este dato resulta más o menos evidente, pero conviene recordarlo. Con el tiempo posibilitamos que nos expresemos cada vez con más fluidez y de manera más objetiva, lo cual tiene un claro beneficio no solo para nosotros, ayudándonos a aprender de nosotros mismos, sino para los otros, permitiéndoles tener los datos de forma clara y concisa para poder comprendernos y asesorarnos en caso de necesitarlo.
Liberación: Es algo que podemos experimentar a corto plazo, y se refiere a la sensación de alivio que produce sacar cosas que nos perturban. Por ello, se dice que exteriorizar puede ser por sí mismo incluso terapéutico.
Manejo emocional: Por último, externalizar adecuadamente también conlleva un mejor manejo de las emociones tanto propias como ajenas. Favorece que identifiquemos mejor y más rápidamente los estados de ánimo en general, y aumenta nuestra capacidad empática.

Existen muchos otros beneficios, y diferentes alternativas de tratamiento que pueden permitirnos desarrollar las estrategias necesarias para conseguirlos. Otro aspecto a remarcar, es que aunque no es necesario tener una problemática específica para manifestar estas dificultades, existen patologías donde acostumbra a aparecer con mayor frecuencia. Entre ellas están la depresión, la ansiedad, los problemas de autoestima e incluso ciertos trastornos de personalidad.

Si te interesa el tema expuesto, o te gustaría preguntar cualquier cosa que consideres relevante, ponte en contacto con nuestros profesionales. En nuestro centro de Mataró te facilitaremos todo aquello que necesites.

Los problemas psicológicos y emocionales aparecen en todas las poblaciones, y se reparten por todas las edades, sin excepción. Aunque en ocasiones se manifiestan de manera muy similar entre las diferentes etapas vitales, en otras ocasiones pueden reflejar aspectos significativamente distintos. Es por ello que debemos precisar y tener en cuenta las características y el nivel evolutivo del individuo, y especialmente en niños, en los cuales la manifestación de la sintomatología puede cambiar sorprendentemente rápido en muy poco tiempo.

Una de las categorías más interesantes es el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Éste, aunque inicialmente se concebía como una serie de reacciones leves y transitorias a situaciones específicas, poco a poco se evidenció que existían personas que mostraban presentaciones graves y duraderas. El trastorno, a nivel general, se define como la exposición a la muerte, lesión grave o violencia sexual (real o amenazada), que conlleva la presencia de síntomas de intrusión (recuerdos frecuentes, sueños angustiantes, reacciones fisiológicas…), evitación, alteraciones cognitivas y del estado de ánimo, y afectación de la alerta y la reactvidad (irritabilidad, comportamiento imprudente, problemas de concentración…), y que tiene una duración superior a un mes. En este sentido, recientemente se ha comprobado que los niños reflejan ciertas peculiaridades, recalcando que incluso resulta tan o más importante obtener información de estos mismos y contrastarla con la de los padres. Esto es así debido principalmente a que los padres tendían a informar de un menor sufrimiento del niño, como por ejemplo de niveles de ansiedad significativamente más bajos en comparación con los declarados por los pequeños. Por todo esto, los diferentes sistemas de clasificación de los trastornos mentales han incluido recientemente especificaciones en cuanto a los síntomas en niños y adolescentes.

En la infancia, se ha remarcado que la reacción inicial puede ser una conducta agitada o desorganizada. Al igual que en la depresión, la irritabilidad puede estar especialmente presente, y lo que puede parecer un problema de comportamiento, en realidad enmascara un componente emocional y de sufrimiento importante. Junto a esto, y sobretodo en edad preescolar y escolar, es frecuente la reescenificación de diversos aspectos de la catástrofe durante el juego. Por ello, observar su comportamiento durante esta situación resulta clave para el diagnóstico y el tratamiento. Conviene además destacar que, aunque al principio el juego puede formar parte de los síntomas, si éste evoluciona puede convertirse en parte del proceso de recuperación, ya que facilita el reprocesamiento del acontecimiento traumático. Otro aspecto a considerar es que los niños pueden manifestar mayor frecuencia e intensidad de miedos específicos ante estímulos relacionados con la experiencia, pero no ante aquellos no relacionados. Por ejemplo, si el suceso ocurrió en un lugar específico, o ante objetos concretos, pueden mostrar un intenso malestar ante estos o parecidos en el futuro. Por otro lado, suelen producirse dificultades de separación de las figuras importantes, mostrando una excesiva dependencia (p.ej., reticencia a ir al colegio o querer dormir con los padres). Son frecuentes también los problemas de sueño, el bajo rendimiento escolar, la pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban, e incluso un sentimiento de culpa por haber sobrevivido.

Por último, conviene tener especialmente presente que no todos los niños experimentan el mismo patrón o intensidad de síntomas. La reacción puede variar en duración y fluctuación a lo largo del tiempo. En este sentido, algunos de los factores que influyen en las reacciones son: las diferencias individuales en vulnerabilidad (previa al suceso), el grado de exposición al suceso (no es lo mismo haberse visto involucrado que haberlo presenciado), y las reacciones de los padres.

La atención e intervención en infanto-juvenil es un campo que está creciendo cada vez más, procurando detectar características específicas y focalizando los intentos de solución hacia las diferentes etapas. En nuestro centro situado en Mataró, te ofrecemos una atención profesional e individual, contando con un equipo multidisciplinar que te permitirá a resolver todas tus dudas. Llámanos sin compromiso, te ayudaremos.

 

En ocasiones parece que esperamos a perder o a que pase algo para valorar aquello que tenemos. Es famosa la frase “no valoramos a alguien o algo hasta que lo perdemos”. Pues bien, nada más lejos de la realidad, en ciertos momentos esta afirmación parece cumplirse de manera casi literal. Este es el caso del Benefit Finding, un fenómeno descrito recientemente que hace referencia a la reacción psicológica ante el cáncer que lleva a algunas personas a apreciar detalles de su vida que hasta entonces habían obviado u olvidado. Así, aunque se empezó a describir específicamente para esta patología, se ha comprobado que es más que adecuado aplicarlo a muchas otras situaciones, especialmente relacionadas con ciertas enfermedades.

Se ha postulado que la aparición de este fenómeno está relacionado con el afrontamiento del estrés y el malestar emocional. De esta forma, aparecería como un mecanismo que nos permite amortiguar el sufrimiento por la situación que estamos viviendo. Como sabemos, existen diferentes maneras de combatir los estresores tanto externos como internos, pero no todos resultan eficaces. A nivel general, diferentes estudios han evidenciado que el poseer ciertos recursos psicológicos y sociales permiten encontrar beneficios en relación a los acontecimientos vitales estresantes, permitiendo además desarrollar intervenciones preventivas para mejorar la salud y su afrontamiento. En concreto, el apoyo social percibido resulta especialmente importante en la mejora de nuestro estado físico y mental. También es importante remarcar que el término aquí descrito afecta a personas de cualquier edad, y se considera un mecanismo inconsciente y automático. Es como si tuviéramos un escudo que se activa ante las situaciones de alto sufrimiento y sobre todo ante aquellas que resultan incontrolables.

¿Es necesario pasar por estos momentos para valorar y apreciar más nuestra vida? La respuesta es no, pero parece que en estas ocasiones nos vemos especialmente obligados. Por ello, desde aquí queremos enfatizar la importancia que tiene centrarnos y valorar el presente. El hecho de que aparezcan fenómenos como el descrito evidencia que muchas veces nos volvemos autómatas de nuestro día a día. Estamos tan centrados en el pasado y en el futuro que pasamos por el presente sin procesarlo, y sobre todo, ¡sin vivirlo!. Es cierto que nuestra sociedad está parcialmente impregnada de preocupación, por nuestro trabajo, nuestra familia, nuestros amigos…Y ésta se describe como el estado de inquietud y malestar relacionado principalmente con posibles eventos futuros, o con aspectos que ya han sucedido pero que, paradójicamente, buscamos remediar o cambiar. Esto, cuando aparece de manera muy marcada y reiterativa puede dar lugar a ciertos problemas psicológicos como los trastornos de ansiedad o la depresión. Aun así, en ocasiones es cierto que parece inevitable caer en esta tentación. A pesar de ello, debemos plantearnos la posibilidad de considerar la alternativa que proponemos.

Estrategias como el mindfulness pueden ayudarnos a combatir esta tendencia y a “mejorar el momento”. Promueve un estilo de vida centrado en el ahora, y buscando especialmente no juzgar nuestras experiencias, estados de ánimo y pensamientos. En este sentido, podemos llegar a comprender que nuestras preocupaciones difícilmente se centran en cosas del momento actual, del ahora, relacionándose mucho más con predicciones futuras y con valoraciones del pasado.

Existen diferentes alternativas terapéuticas que incluyen esta práctica entre sus objetivos. Si estás interesado y/o consideras que puedes beneficiarte de ello, no dudes en contactar con nuestro equipo de psicólogos, situado en Mataró. Te ofreceremos toda la información y ayuda que necesites.

La detección, y mucho menos la comprensión y exteriorización de nuestras emociones no supone una tarea sencilla. En muchas ocasiones nos cuesta determinar qué nos pasa, por qué nos sentimos de determinadas maneras, desde cuándo, e incluso qué ha hecho que nos sintamos así. Todo esto constituye lo que denominamos alexitímia, término introducido en 1972 por el psiquiatra Sifneos (‘a’ –sin-, ‘lexis’ –palabra-, ‘thimos’ -afecto-) definiéndolo como la incapacidad para detectar, reconocer y por lo tanto poner nombre y expresar nuestras propias emociones. Aunque inicialmente fue asociado a un desorden neurológico, actualmente se ha comprobado que puede aparecer en diferentes problemáticas y estados emocionales.

Este fenómeno tiene importantes repercusiones tanto en la persona que lo sufre como especialmente en su entorno más cercano. Principalmente las limitaciones se relacionan con las relaciones interpersonales, ya que éstas difícilmente son retroalimentadas a nivel emocional. Es decir, el “alexitímico” posee dificultades tanto para detectar las emociones generadas internamente (p.ej., frustración por no conseguir una meta u objetivo personal), como las provocadas externamente (p.ej., no mostrar entusiasmo o ilusión ante una buena notícia). De esta forma, las personas cercanas pueden definirlo como frío, o excesivamente pragmático. Además de esto, y por paradójico que parezca, el hecho de poseer esta limitación no exime a la persona de experimentar sufrimiento. De esta manera, es importante tener en cuenta que acostumbran a manifestar los síntomas típicos de cualquier estado emocional, como lloro, taquicardia, temblor…estando su dificultad relacionada con la detección y la expresión de lo que sienten, no en el hecho o no de experimentarlo. Así, el no saber definir su estado, les dificulta mucho la tarea de autorregulación de su emoción.

Como se ha indicado, en un principio se relacionaba con un daño neurológico, ya que su aparición se refleja especialmente en los Trastornos Generalizados del Desarrollo, y entre ellos en el Autismo. A pesar de ello, recientemente se acepta la hipótesis de una etiología multifactorial, es decir que entran en juego tanto elementos biológicos como ambientales. Esto es así debido a que se ha evidenciado que puede aparecer en muchas otras situaciones y problemáticas, entre ellas problemas del estado de ánimo como depresión o ansiedad (especialmente en la primera de estas), e incluso en algunos Trastornos de Personalidad, como el Límite o el Antisocial. En este sentido, se ha hablado de una cierta predisposición a la alexitímia, de posibles experiencias traumáticas que propician su aparición, e incluso de un aprendizaje continuo en el que se tapan o inhiben ciertos estados emocionales. En la línea de lo último comentado, merece la pena mencionar la importancia de una educación emocional adecuada desde edades tempranas, en la cual no se invaliden las emociones, y en la que se propicie una correcta expresión y canalización de éstas.

Por último, y aunque sea una tarea complicada, es importante no confundir la alexitímia con la  negación, o mejor dicho, el hecho de no querer aceptar o expresar ciertos estados emocionales. En el primer caso hablamos de una incapacidad, de una limitación, y en el segundo nos estamos refiriendo más a un acto más o menos intencional. Esta última alternativa acostumbra a presentarse en patologías como el Trastorno de Conducta.

La identificación y regulación emocional es clave para conseguir un estado de ánimo personal óptimo. Además, permite la creación y el mantenimiento de nuestras relaciones con los demás, ya que la mayoría, por no decir todas, se basan en esta reciprocidad emocional comentada. Puedes plantear y resolver tus dudas poniéndote en contacto con nuestro centro de Psicología, situado en Mataró. Allí, nuestros profesionales te proporcionarán una atención individual y personalizada.

La emisión repetida de orina, en la cama o en la ropa, y de manera voluntaria o involuntaria, constituye lo que hoy en día denominamos Enuresis. Para constituir un trastorno pero, debe aparecer un mínimo de dos veces a la semana durante tres meses, o un deterioro y malestar importantes en los diferentes ámbitos de la vida. Además, la persona debe tener por lo menos 5 años de edad, y es importante que la incontinencia no se produzca bajo los efectos de una sustancia o enfermedad médica específica.

De esta primera definición cabe destacar diferentes aspectos importantes: En primer lugar, y casi como aspecto más relevante, es importante concebir el escape involuntario de orina como una situación habitual y frecuente en la población. Si lo pensamos, es bastante probable o bien que nosotros lo hayamos sufrido, o que algún familiar o conocido haya pasado por ello. En este sentido, se considera normal hasta la edad especificada. Junto a esto, es necesaria una frecuencia específica, debido a que los escapes puntuales también acostumbran a ser altamente prevalentes. Otro de los aspectos interesantes, es la voluntariedad o no del acto. Así, lo más frecuente es que este sea involuntario, ya que suele darse más en horas de sueño (subtipo enuresis nocturna o enuresis monosintomática). En este subtipo merece la pena mencionar, aparte de que se relaciona más con el sexo masculino, que no en pocas ocasiones la emisión se produce durante el sueño REM, en el cual el recuerdo es más probable y el/la niño/a puede recordar el sueño en el que se ha producido la micción. Por otro lado, la enuresis diurna (o incontinencia urinaria), más frecuente en el sexo femenino, es menos prevalente. En ésta acostumbra a haber una demora de la emisión hasta que aparece la incontinencia, a veces por reticencias a usar el baño por ansiedad social o por alguna inquietud relacionada con actividades escolares o lúdicas. También puede aparecer la enuresis tanto de manera nocturna como diurna, a la cual se le llama enuresis no monosintomática. Cuando se realiza de manera voluntaria, el problema se relaciona habitualmente con otros diagnósticos, como el Trastorno de Conducta o el Trastorno Negativista Desafiante. A pesar de ello, también se relaciona con llamadas de atención y problemas afectivos (ansiedad o depresión).

Además de los subtipos comentados, también resulta útil diferenciar entre incontinencia primaria y secundaria. La primera de ellas se refiere a cuando la persona nunca ha desarrollado la continencia, acostumbrando a aparecer esta hacia los 5 años. En cuanto a la secundaria, se produce después de haber alcanzado la continencia urinaria. Por lo que respecta a las posibles causas de la problemática, se ha citado el retraso o la laxitud en el aprendizaje para ir al baño, y principalmente el estrés. Se trata de una patología que no acostumbra a prevalecer hasta la infancia tardía o la adolescencia, y mucho menos hasta la adultez. Cuando esto pasa, pero, se puede producir un aumento en la frecuencia de escapes. Por todo lo comentado, y principalmente por su elevada frecuencia, la cual incrementa año a año, conviene disseñar y aplicar intervenciones específicas, eficientes y útiles para esta situación.
Entre ellas, podemos encontrar diferentes tipos que han demostrado eficacia para la enuresis: El primero de ellos es el método de la alarma o pipí-stop (considerado el más eficaz); consiste en un dispositivo que posee un sensor de humedad y un emisor de sonido, luz o vibración. Cuando este sensor, el cual se acostumbra a poner en la ropa interior, detecta la humedad, el emisor se dispara y provoca que el niño se despierte. Esto hace que la orina se retenga y/o que deba ir al baño. Además de este, existen otros tratamientos como el entrenamiento en cama seca, el entrenamiento en retención voluntaria, e incluso psicofármacos específicos como la desmopresina, o la oxibutinina (para la enuresis diurna). Se ha demostrado que potenciar un aprendizaje de ir al baño, cambiar la muda mojada, y de despertar y retener la orina, son factores de buen pronóstico en el tratamiento de la enuresis.

Si quieres profundizar sobre el tema, o te gustaría recibir información acerca de alguna otra situación, ponte en contacto con nuestro centro, en Mataró. Nuestros psicólogos y psiquiatras te facilitarán todo aquello que necesites.

La tristeza es una de las emociones más típicas y frecuentes del ser humano. Todos, en base a nuestra experiencia, podemos definir más o menos en qué consiste. Sabemos que aparece en momentos complicados, como por ejemplo cuando alguna cosa nos ha herido, decepcionado, cuando hemos perdido a alguien o algo significativo para nosotros, o cuando no hemos conseguido algo que deseábamos. Ésta, se traduce además en una serie de sensaciones y reacciones, como ganas de llorar, apatía, sensación de vacío, o incluso de ahogo. En algún momento, todas o casi todas estas manifestaciones forman parte de nuestra vida. A pesar de ello, de por sí, no constituyen un trastorno depresivo, aunque formen parte de él como a continuación se verá.

Podemos definir la depresión como la enfermedad o trastorno psicológico en el que predominan un estado de ánimo de tristeza significativa y de disminución del interés y del placer, y en el que además pueden y suelen darse otros síntomas como insomnio, fatiga o pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o de culpa excesiva, menor capacidad de concentración, pérdida o aumento de peso…entre otros. Además, el cuadro limita de manera importante la vida de la persona, considerándolo de ésta manera, como clínicamente significativo. Esto último es especialmente importante, ya que lo diferencia de el estado de ánimo bajo o tristeza. Es decir, para constituir un diagnóstico deben aparecer una serie de síntomas que repercutan de manera negativa y significativa en la persona. Además pero, y aunque no se acostumbra a hacer mucha mención, desde hace relativamente poco tiempo se han venido definiendo algunos subtipos de depresión. Esto ha sido así en parte debido a la variabilidad con la que se presenta este cuadro en cada persona, y por otro lado con el objetivo de diseñar estrategias terapéuticas más específicas y eficaces en función de la problemática.

Entre los subtipos encontramos a la depresión atípica, y la depresión melancólica. En relación a la primera, como criterio obligatorio para establecer su diagnóstico, hay una reactividad del estado de ánimo, es decir, que este mejora ante eventos positivos reales o potenciales. Junto a esto, deben aparecer dos de los siguientes: aumento del peso o del apetito, hipersomnia, parálisis plúmbea (sensación de pesadez en las extremidades), y una alta sensibilidad al rechazo interpersonal. Como vemos, la propia palabra nos ayuda a hacernos una idea de las características que presenta, ya que pueden resultar algo contraintuitivas si pensamos en una depresión más común o prototípica. En cuanto a la depresión melancólica, el principal rasgo y el cual nos debe hacer sospechar de su aparición es la marcada pérdida de placer y/o falta de reactividad hacia estímulos habitualmente y potencialmente placenteros. Además pero, y teniendo en cuenta que este aspecto (aunque quizás de forma menos acentuada) también se presenta en la depresión típica, deben aparecer tres  o más de los siguientes: desaliento profundo, desesperación y/o malhumor, estado de ánimo vacío, empeoramiento por la mañana, despertar precoz, notable agitación o retraso psicomotor, anorexia o pérdida de peso, y culpa excesiva o inapropiada.

De esta forma, vemos como no solamente existe un único subtipo de depresión, y cada vez son más los trastornos en los que se están definiendo formas alternativas de presentación. Esto, a su vez, también se ve favorecido por el gran solapamiento que existe entre muchas categorías. Así, por ejemplo, ansiedad y depresión comparten muchos aspectos, e incluso en muchas ocasiones vemos como algunos pueden llevar a otros con relativa facilidad. Por todo ello, debemos desengranar lo más específicamente posible todas las características de la problemática que presente el paciente, con tal de poder ayudarlo de manera más eficiente.

Si estás interesado en conocer más sobre el tema, o tienes alguna otra pregunta, en Mataró contamos con un equipo de psicólogos y psiquiatras que te ayudará y proporcionará toda la información que necesites.