Ante acontecimientos como el que ahora nos está tocando vivir, emergen fenómenos tanto individuales como colectivos, a los que merece la pena prestar atención, ya que ayudan a comprender el funcionamiento del ser humano. Resulta innegable el impacto que esta situación está teniendo en nuestras vidas, y éste puede traducirse, en parte, en cuestionarnos diferentes aspectos de nuestro día a día. Uno de ellos, especialmente importante ahora, es el de la comparación o diferenciación entre salud y bienestar. 

Nos encontramos inmersos en una rutina, un estilo de vida en el que nuestras responsabilidades nos hacen estar preocupados por diferentes aspectos, los cuales pueden alejarse mucho de nuestra salud. En general, vivimos enfocados a obtener bienestar, comodidad, y cuanta más, mejor. Esto, a veces incluso nos lleva a hacer cosas que van justo en contra de nuestro cuidado, ignorando o evitando su importancia, y poniendo por delante el placer que nos produce (p.ej., consumo de tabaco o alcohol). Junto a esto, el ritmo frenético al que estamos sometidos nos hace desenfocarnos de aspectos que ahora pueden ir resaltando y aparecer como verdaderamente importantes. Es cierto que esta situación atenta principalmente contra nuestra salud física, pero no son menos significativas las consecuencias psicológicas y emocionales que se derivan. Y tal y como define la OMS, la salud es un estado de perfecto (completo) bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad. De ello se deriva la importancia de mantener un total equilibrio en nuestra vida.

Esto último, llevado a un nivel más general, nos debe hacer ver la importancia de cuidarnos y de prevenir, no solo a un nivel físico, sino claramente psicosocial. No debería ser necesaria la ocurrencia de pandemias o situaciones de emergencia para darnos cuenta de esto, pero no debemos desaprovechar la oportunidad para reflexionar sobre ello. De esta forma, es incluso posible que preocupaciones que tenemos en nuestro día a día, se hayan visto minimizadas por lo que estamos viviendo, y que por otro lado, detalles como el tiempo que pasamos en familia, la comunicación con aquellos con los que estamos cerca, o la estructuración de nuestro día a día esten teniendo mayor relevancia. Además, trasladándolo al ámbito de la salud mental, en muchas ocasiones minimizamos o ignoramos el impacto que tienen ciertos acontecimientos en nuestro estado de ánimo, o incluso la importancia de ciertos trastornos psicológicos. El miedo, la angustia, la ansiedad, la tristeza, e incluso ciertas problemáticas como la depresión pueden verse agudizadas por situaciones como la presente. 

Por todo lo comentado, la concienciación, al igual que lo está siendo la repercusión de este momento, debe ser global. En conclusión, se nos olvida que para obtener el mayor bienestar posible, hay que tener salud. Si deseas recibir más información, o te interesa cualquier otra temática, ponte en contacto con nuestros profesionales. En nuestro centro de psicología, en Mataró, estaremos encantados de atenderte. 

Nuestras vidas se están viendo desestabilizadas por algo que no preveniamos. Nos encontramos en una situación sin precedentes, la cual está provocando un impacto a todos los niveles; tanto personal, como social, cultural, económico e incluso político. Ante esto, y aunque cada uno de nosotros lo podamos sufrir de diferente manera en función de nuestras características personales y de nuestra situación particular, los sentimientos de miedo, indefensión, rabia, frustración y tristeza, emergen automáticamente y casi como mecanismo inconsciente de supervivencia, y son estos los que en mayor parte definen esta difícil situación, ya que podemos decir que los compartimos en su mayoría.

Junto a estos, aparecen los problemas personales, las dificultades familiares y de pareja, y las limitaciones laborales. Todo ello conforma una espiral que puede resultar complicada de combatir, de revertir. De esta forma, podemos decir que el impacto o las consecuencias tienen un carácter global, común, y por ello compartimos muchas de las dificultades que nos está provocando. Ante ello, existen una serie de estrategias que pueden ayudarnos a afrontar esta situación:

A nivel cognitivo (qué pensamos): Se enmarcarían aquí todo el conjunto de pensamientos, interpretaciones y anticipaciones que realizamos acerca de la situación. Esta parte es especialmente importante ya que marca cómo nos sentimos, y cómo actuamos. En ocasiones es inevitable ponernos en el peor de los escenarios, pero puede ser útil intentar controlar nuestra mente. Para ello, debemos permitirnos dar cabida a interpretaciones más realistas de lo que está sucediendo, y no sólo negativas, ya que todas ellas son válidas. Además, debemos procurar basarnos en la información que nos proporcionen las autoridades sanitarias, y procurar no ir más allá. Por último, no únicamente centrarnos en lo que no podemos hacer, sino también en lo que sí. Esto último nos lleva al siguiente punto.

A nivel conductual (qué hacemos): Son todos aquellos comportamientos y actitudes que adoptamos ante el suceso. Ciertamente, esta situación supone un cambio en nuestro día a día, pero es importante ver cómo podemos reajustar nuestra rutina, con tal de fomentar una máxima normalidad. Así, tener distribuidos los espacios para el trabajo, las responsabilidades del hogar y familiares, y para el ocio, resulta sumamente importante. Debemos procurar conservar el tiempo para nosotros mismos, y buscar actividades gratificantes que promuevan un estado de ánimo positivo. Cuanto más lo estructuremos y lo respetemos, mayor control adquiriremos sobre la situación. 

A nivel emocional (cómo nos sentimos): No podemos olvidarnos de gestionar todo el conjunto de sentimientos y sensaciones que nos genera este momento. Aunque indirectamente con lo dicho con anterioridad podemos incidir sobre este componente, de manera directa es importante en primer lugar aceptar nuestro estado anímico, e incluso tener ciertos momentos para procesar nuestras emociones. Algo así como permitirnos sin juzgarnos. Además, resulta clave conservar una comunicación fluida con gente cercana, ya que por un lado ayuda a aliviar nuestro malestar a través de la exteriorización, y por el otro, promueve la confianza entre nosotros, pudiendo ver que no estamos solos ante esto. 

Junto a las anteriores, existen diferentes estrategias que podrían englobarse en cada una de las categorías citadas. Desde orientaciones como la Terapia Cognitivo-Conductual o desde la Terapia Sistémica puedes encontrar alternativas que te faciliten un afrontamiento óptimo. Nuestros equipo de profesionales, en Mataró, poseen formación en éstas y otras intervenciones. Si deseas recibir más información, no dudes en contactar con nosotros, te ayudaremos. 

Nos encontramos en una situación difícil, en un momento en el que debemos adaptarnos a algo nuevo, algo aparentemente inusual pero real. Son muchos los cambios que debemos realizar, siendo el primero el de nuestra rutina diaria. No solo nos enfrentamos a una enfermedad, sino a nuestros temores, y son estos los que mayormente nos pueden llevar a desestabilizarnos emocionalmente. Cada uno haremos nuestras hipótesis sobre lo que creemos que podemos hacer, lo que puede pasar, cuándo terminará, todo en base a la información que vayamos recibiendo. A todo esto le podemos llamar jugar con la incertidumbre, uno de nuestros mayores miedos. 

Las personas poseemos una mente científica, necesitamos resultados concretos y esperables, de tal forma que tengamos la sensación de que controlamos nuestra vida. Lamentablemente en muchas ocasiones esto no es posible, y emergen sentimientos como la angustia, la ansiedad o la desesperación, especialmente cuando lo que sucede lo percibimos como potencialmente peligroso. Junto a estos, pueden incluso surgir problemas de autoestima al no vernos capaces de hacerle frente . En esta situación, podemos ser nuestros peores enemigos, y lo que debemos entender es que, ya no es tanto el hecho en sí lo que nos produce malestar, sino nuestras predicciones y anticipaciones constantes, en forma de escenarios claramente negativos e incluso catastróficos (p.ej., “voy a morir”; “seguro que me echan del trabajo”; “no terminará nunca”…). Por ello, es importante afrontarlo de la mejor forma posible, de tal manera que consigamos estabilizarnos y, dicho de forma simple, mantener la calma. Para ello podemos utilizar diferentes estrategias:

  • Mente objetiva: Resulta uno de los métodos más relevantes. Como se ha visto, nuestra mente nos la jugará creando escenarios muy negativos. Lo más importante es tener en cuenta que existen otras alternativas, seguramente mucho menos catastróficas, y sobre todo mucho más válidas que las que anticipamos. Debemos simplemente considerarlas, recordárnoslas, y confiar en que puedan darse de esta manera. No se trata de ser exageradamente optimista, sino simplemente de empequeñecer la potencia de las interpretaciones negativas, y dar cabida a pensamientos e hipótesis realistas, y tranquilizadoras. 

  • Contrastar y aceptar la información: Este está muy ligado con el anterior. El miedo puede hacer que vayamos directamente a confirmar nuestros mayores temores con información errónea. Así, para conseguir ser racionales, relativizar, y disminuir el miedo, es importante ceñirnos a la información que nos proporcionen, y únicamente la que nos llegue de las autoridades sanitarias y gubernamentales. Algo así como ni más ni menos. 

  • Exteriorizar y comunicarnos: Debemos mantener el contacto con las personas de confianza, y exteriorizar nuestro malestar. Esto, por un lado ayuda por un lado a sacar ciertas emociones negativas, y por el otro, permite ver que no estamos solos ante la situación. Además, fomenta la confianza interpersonal, facilitando que los demás se permitan abrirse también con más facilidad.

  • Mantener una rutina y hábitos: Es importante intentar ver que no todo debe girar entorno al problema, y procurar conservar una rutina diária lo más saludable y estructurada posible dentro de la “improvización” que nos está tocando vivir. De esta forma, intentar adaptar nuestras actividades resulta primordial, y ver hasta qué punto podemos conservar su realización con tal de sentirnos adaptados y con control.

Esta y otras estrategias pueden resultar muy útiles para combatir un miedo que resulta particularmente frecuente. Ponte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Estos te facilitarán toda la información que necesites sobre este o cualquier otro tema que te interese. 

Los trastornos disociativos constituyen un grupo heterogéneo de problemáticas complejas en las que aparece una alteración en las funciones de integración de la conciencia, la identidad, la memoria y la percepción del entorno. Es decir, existe una ruptura parcial o completa entre ciertos recuerdos del pasado, la conciencia de la propia identidad, ciertas sensaciones inmediatas y el control de los movimientos del cuerpo. En ocasiones, pueden darse fenómenos disociativos pasajeros que no constituyen categorías específicas, pero cuando suponen una limitación importante en la vida de la persona, y perduran durante un tiempo significativo, hablamos de patologías o trastornos específicos. 

Entre ellos, uno de los más complejos y a la vez interesante, es el Trastorno de Identidad Disociativo (TID). Su principal característica es una perturbación de la identidad en la que aparecen dos o más estados claramente definidos de la personalidad. Al producirse el cambio o la escisión entre personalidades, se observa una discontinuidad del sentido del yo y de la propia identidad, acompañado de perturbaciones del afecto (depresión, ansiedad…), el comportamiento, el conocimiento y la percepción. Junto a estos, también son frecuentes los lapsos de memoria sobre acontecimientos cotidianos e información personal relevante. Aunque es un trastorno cuya prevalencia es más bien baja, su aparición es cada vez más frecuente. Además, puede suponer uno de los trastornos psicológicos más incapacitantes. Uno de los fenómenos más curiosos de este trastorno, es la conciencia o no por parte de las personalidades, de la existencia de las otras. En este sentido, puede presentarse de diferentes formas: puede que se presenten independientemente, que una predomine y tenga conciencia de las demás, o que todas se conozcan. Ese último caso es el menos prevalente. 

En cuanto a su etiología, se ha propuesto que puede surgir como un fenómeno protector. En este sentido, el TID suele aparecer tras sufrir acontecimientos traumáticos, y es por ello que se asocia principalmente con el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). En niños es importante no confundirlo con juegos fantasiosos, ya que suele ser común que tengan amigos imaginarios, o que generen situaciones ficticias en el juego. Finalmente, como datos a tener presentes, mencionar que el problema parece iniciarse en la infancia, y aparece de forma mucho más significativa en mujeres. 

Si deseas recibir más información sobre este o cualquier otro tema que te interese, estaremos encantados de atenderte. Nuestros psicólogos y psiquiatras, en Mataró, te proporcionarán toda la ayuda que necesites. 

Podemos definir el autocontrol como la capacidad del ser humano para alterar sus propias dinámicas o comportamientos, potenciando sus posibilidades de adaptación al poder ir ajustando sus acciones a distintos contextos y situaciones. A nivel general, muy probablemente hemos oído o utilizado la expresión “tiene mucho o poco autocontrol”; con ello comunmente hacemos referencia a una característica inherente a las personas, las cuales pueden tener en mayor o menor grado. Contrario a esta concepción, como veremos se trata más de una habilidad que puede entrenarse, que de algo exclusivamente innato. 

En la línea de lo último expuesto, son muchos los autores que han intentado definir este concepto. La mayoría de ellos, coincide en remarcar que no tiene nada que ver con voluntad, entereza o confianza en nosotros mismos. Los sujetos que “se saben controlar” no están hechos de ninguna fibra especial, y tampoco consiste exclusivamente en exponerse a las tentaciones para aumentar la capacidad de resistencia, aunque esto sea un componente de su tratamiento. Por contra, el autocontrol y su entrenamiento se refieren a un comportamiento concreto, en una situación concreta. Sus características y habilidades se consideran fruto del aprendizaje, y por lo tanto se pueden adquirir, siendo su principal objetivo reducir al mínimo la tentación planteando condiciones de la forma más favorable. Ésta última idea, nos lleva a entender a los ámbitos a los que se aplica, siendo las adicciones y los trastornos de la conducta alimentaria los más beneficiados. Además, puede concebirse como un programa en sí, o como un componente de otros protocolos de intervención.

En cuanto a su procedimiento, podemos diferenciar entre estrategias para facilitar el cambio de conducta, las cuales aumentan la motivación; aquellas que implican planificación ambiental y por ende, cambian los antecedentes de la conducta; y las de programación conductual, centradas en las consecuencias. Entre las primeras, la autoobservación mediante la realización de autorregistros es un componente esencial. En este primero eslabón, el objetivo es que la persona aprenda a detectar indicios y a discriminar aquellas situaciones en las que aparece más frecuentemente el comportamiento. En cuanto a las segundas (de planificación ambiental), se utiliza mucho el control de estímulos y las estrategias cognitivas como las autoinstrucciones. Este segundo paso es quizás el más relevante del procedimiento. Finalmente, en la programación conductual resulta útil utilizar el autorrefuerzo y el autocastigo, dependiendo de si se ha ejecutado la conducta o no. 

Como se ha remarcado, se trata de un entrenamiento que puede ser exclusivo, específico y útil de por sí para un problema en concreto, pero que a menudo queda englobado en una intervención multimodal en la que se trabajan diferentes objetivos. Los psicólogos y psiquiatras de nuestro centro de Psicología, en Mataró, están formados en diferentes orientaciones, pudiendo brindarte la ayuda e información que necesites, y cuando la necesites. Llámanos, estaremos encantados de atenderte.

Cuando nos preguntan por problemas o trastornos psicológicos, es habitual que nos vengan a la cabeza alteraciones que implican estar consciente, despierto. Seguramente ahora nos puedan venir algunos ejemplos. A pesar de ello, no solamente se producen en un estado de vigília, sino que también pueden presentarse durante la noche, o mejor dicho, durante el sueño. Éste, a pesar de ser un fenómeno complejo, ha reflejado que existen una serie de alteraciones que se producen exclusivamente cuando dormimos, y que éstas pueden ser derivadas de otros problemas emocionales y/o médicos, o de naturaleza primaria, es decir, sin poder asociarlo o relacionarlo con ninguna otra afección. 

En relación a lo último expuesto, existen múltiples situaciones que pueden hacer que nuestro sueño se vea perturbado; entre ellos, los problemas laborales, familiares y sociales constituyen los grupos más amplios. Dentro de ellos podríamos especificar muchas situaciones, como cambios de turno, malestar con nuestra pareja, la pérdida de un ser querido, la entrega de un proyecto importante… Todo esto se traduce en malestar, el cual se puede exteriorizar con diferentes síntomas como ansiedad, depresión, o lo que aquí nos incumbe, problemas de sueño. Así pues, específicamente en esta amplia categoria, vamos a diferenciar dos problemáticas, que aunque se tienden a concebir dentro de la misma entidad, son dos alteraciones independientes con características individuales. Para ello podemos establecer diferentes aspectos a tener en cuenta:

  • Ciclo del sueño: Las pesadillas ocurren mayoritariamente en la fase REM de nuestro sueño, es decir, en la última fase del sueño donde aparece un EEG desincronizado, ondas parecidas a la vigilia y atonía muscular. En cambio, los terrores nocturnos suelen acontecer dentro de la fase más profunda del sueño, el sueño no REM o de ondas lentas. Éste englobaria las fases 3 y 4 del sueño. 

  • Activación: En el caso de las pesadillas, existe una activación leve o moderada, mientras que en los terrores nocturnos suele ser intensa, parecida a los síntomas de un ataque de pánico en el que aparecen diferentes síntomas de ansiedad. 

  • Despertar y recuerdo: En las pesadillas la persona despierta completamente y puede recordar gran parte del contenido del episodio, a diferencia de los terrores, donde el despertar es incompleto, y existe amnesia para lo acontecido. Esto tiene mucho sentido si tenemos en cuenta la fase del sueño. En REM aparecen signos parecidos a la vigília, y en no REM estamos en un estado de profunda dormición. 

 

Éstas serían las principales características de ambas alteraciones, las cuales pueden ayudarnos a diferenciarlas a nivel general. Enlazándolo con lo primero expuesto, ambos problemas pueden aparecer con o sin causa asociada, y tanto en la infancia como en la edad adulta. Si deseas recibir más información al respecto, puedes ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Te proporcionaremos toda la ayuda que necesites. 

Entre los diferentes problemas psicológicos que hasta el momento se han detectado y descrito, existen algunos que pueden ser menos apreciables a simple vista, y los cuales pueden permanecer latentes durante amplios periodos de tiempo. Entre ellos aparecen los trastornos de la personalidad, una alteración que se caracteriza por un patrón permanente de experiencia interna y de comportamiento que se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura del sujeto. Además, este es inflexible, estable, se extiende a una amplia gama de situaciones personales y sociales, y provoca malestar y deterioro de la actividad. Otro aspecto a tener presente es que se acostumbra a iniciar en la adolescencia o edad adulta temprana. 

Uno de los más característicos e invalidantes dentro de esta amplia categoría, es el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). Su característica principal radica en una pauta general de inestabilidad en las relaciones personales, imagen personal y afectividad, junto a una impulsividad marcada. Esto puede expresarse de diferentes maneras; mediante esfuerzos intensos para evitar un posible abandono, inestabilidad significativa en las relaciones interpersonales, sensación de vacío acentuado, conductas perjudiciales y autolesivas (p.ej., gasto excesivo, sexo, consumo de drogas, conducción temeraria…), conductas o amenazas de suicidio, sentimientos de cólera inapropiada, e incluso síntomas disociativos graves. En este sentido, como vemos, se trata de una problemática muy compleja, que abarca un espectro amplio de síntomas que reflejan su gravedad. Todo ello, posee una clara repercusión personal, principalmente emocional, pero no podemos dejar de lado las consecuencias que de ello se derivan para la família.

En la línea de lo último expuesto, Marsha Linehan (1943), psicóloga y profesora estadounidense, realizó una serie de aportaciones sobre el TLP que han resultado especialmente útiles para su comprensión y tratamiento. Según ella, la problemática tiene su origen en una disfunción del sistema de regulación emocional fruto de una interacción entre una vulnerabilidad biológica (ser sensible a estímulos emocionales, tendencia a experimentar emociones intensas…) y un ambiente invalidante donde aparecerían patrones de crianza en los cuales no se validarían las expresiones emocionales del niño vulnerable. A partir de esta explicación, la propia autora crea la Terápia Dialéctica Conductual (TDC), en la cual procura trabajar el sistema cognitivo y emocional de la persona para fomentar una mayor estabilidad tanto personal como vital. 

Existen otras alteraciones y trastornos de la personalidad que pueden generar limitaciones significativas en el funcionamiento de la persona. La mayoría se trabajan desde la Terapia Cognitivo-Conductual, pero existen otras propuestas que están resultando muy válidas para potenciar la mejora de éstas y otras problemáticas. Si lo deseas, te animamos a que te pongas en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Estaremos encantados de atenderte. 

Los problemas psicológicos tienden agruparse, en primer lugar por sector de la población (infantil-adolescente o adultez), y por otro lado, por tipología de síntomas. En algunos casos, pero, pueden aparecer tanto en la infancia como en la edad adulta, e incluso en otros, se observa una cronificación desde edades tempranas hasta momentos más avanzados de la vida. En el caso que aquí nos ocupa, el trastorno de la comunicación social (pragmático), vemos que su aparición acostumbra a ser en edades tempranas (primera o segunda infancia), pero debido a las características de nuestro desarrollo evolutivo, y a las dificultades para detectar ciertas alteraciones, éste puede no identificarse hasta periodos más tardíos. 

De esta forma, la principal característica de esta problemática es la deficiencia/deficiencias en el uso de la comunicación para propósitos sociales, como puede ser saludar o compartir información considerada apropiada para el contexto social. Además, presenta un claro deterioro en la capacidad para modificar la comunicación y adaptarla al contexto o a las necesidades del oyente (p.ej., hablar de manera distinta en un aula o en un parque, conversar con un adulto o un niño, etc.). También presentan dificultades para seguir las normas de interacción y conversación, como pueden ser respetar su turno, expresarse de forma diferente cuando no se comprende su mensaje, y saber cuándo utilizar signos verbales y no verbales para regular la conversación. Por último, como otra de las características relevantes, aparecen dificultades para entender aquello que no se dice de manera explícita, costando interpretar significados ambiguos o no literales (ironía, sarcasmo, humor…). 

En la línea de lo último expuesto, el problema presentado puede confundirse con otros trastornos, como son el Trastorno del Espectro Autista (TEA) o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). En el primero, aparecen dificultades sociales significativas, pero éstas no sólo se circunscriben a la comunicación, sino que engloban otros aspectos como la empatía, la intersubjetividad, y la teoría de la mente. Además, otra de las características que los diferencia es que en el TEA aparecen intereses restringidos y conductas estereotipadas. En el caso del TDAH, pueden aparecer dificultades en la comunicación, pero junto a éstas, se aprecia una actividad motora excesiva y/o dificultades claras de atención. Resulta interesante y conveniente conocer las características del desarrollo evolutivo de los niños para poder diferenciar las alteraciones y poder establecer un diagnóstico diferencial adecuado. En este sentido, la detección e intervención temprana nos permite prevenir dificultades futuras más graves, y favorecer el correcto funcionamiento y la adaptación de la persona. 

Por último, conviene tener en cuenta, que esta y otras patologías pueden cronificarse, o incluso modificarse y derivar hacia otra alteración. Si deseas ampliar la información acerca de ello, o quieres visitarte con nuestros profesionales, en nuestro centro de psicología, en Mataró, te facilitaremos todo lo que necesites. No lo dudes y llámanos. 

Los humanos somos seres complejos, e incluso más cuando estamos en grupo e interaccionando con otras personas. Estamos conformados de una serie de elementos (emociones, recuerdos, pensamientos, experiencias…) más, o menos subjetivos, y en ocasiones difíciles de definir. Así, podríamos decir que la psicología, entre muchas otras funciones, busca conocer y establecer un orden y estabilidad entre estos curiosos fenómenos, buscando optimizarlos para facilitar el mayor bienestar emocional posible. En este sentido, son diferentes las propuestas que han emergido con este fin, siendo el ABC que a continuación se expondrá una de las más sobresalientes y representativas.

Albert Ellis, considerado uno de los psicoterapeutas cognitivos más influyentes de la historia, creó en 1957, y en contraposición con el movimiento psicoanalítico preponderante hasta ese momento, su propio sistema terapéutico, la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC). Ésta se basó en su teoría ABC, la cual supone los cimientos sobre los que se han ido desarrollando una multiplicidad de herramientas y estrategias terapéuticas. A continuación se expondrán sus componentes:

  • El Acontecimiento activador ( A ): Se refiere a las situaciones o hechos, tanto internos como externos, que nos generan una serie de reacciones. Así, pueden ser de toda índole, como un accidente de circulación, una discusión con nuestra pareja, una imagen aversiva, imaginar o anticipar algo negativo, escuchar una canción emotiva… Cualquier acontecimiento es susceptible de ser incluido aquí, ya que todos ellos, dependiendo del momento, pueden despertar los dos elementos que siguen a continuación. 

  • La Interpretación o valoración personal ( B ): Ante cualquier evento o situación, se activan una serie de interpretaciones en forma de pensamientos, los cuales explican en muy buena parte el impacto emocional que puede llegar a tener una situación concreta. Pongamos por ejemplo que nos encontramos con una amigo por la calle al que hace mucho que no vemos. Imaginemos que le saludamos, pero este, pasa de largo y no nos devuelve el saludo. Si ante esto interpretamos que le pasa algo con nosotros, o que le hemos hecho algo y por eso nos evita, nuestro estado de ánimo será irremediablemente negativo. Pero si en lugar de esto pensamos que quizás tiene un mal día, o incluso que puede no habernos visto, el impacto subsiguiente como podemos ver es mucho menor. 

  • Consecuencias emocionales y comportamentales ( C ): Todo aquello que sucede a nuestro alrededor, y especialmente aquello que pasa por nuestro filtro mental, tiene una repercusión o consecuencias concretas. En ocasiones, éstas son sutiles o neutras, pero en otras, parece que no podemos evitar que aparezcan emociones intensas y negativas. Además, en función de como nos haya “sentado”, actuaremos de una forma u otra. En el ejemplo citado, podríamos gritarle recriminándole no habernos devuelto el saludo, o podríamos pararnos con cara de sorprendidos, o incluso mandarle un mensaje preguntándole qué le pasaba. 

El autor enfatiza la importancia de atender a nuestra forma de interpretar los acontecimientos. Ésta, según él, vendrá dada por la activación de una serie de esquemas latentes, que poseemos cada uno de nosotros, y que hemos ido conformando a lo largo de nuestras vidas. En trastornos como la ansiedad o la depresión, aparecen una serie de creencias prototípicas como “yo soy vulnerable” o “no sirvo para nada”, las cuales pueden explicar cómo estas personas ven el mundo. Por ello, la principal meta de su intervención recae en modificar la intepretación que hacemos sobre los eventos internos y externos, de tal manera que nos permita relativizar la importancia de las cosas. 

Junto a Ellis, existen otros autores y muchas otras intervenciones que nos permiten explorar el maravilloso mundo interior de las personas, y trabajarlo para mejorarlo. En nuestro centro, situado en Mataró, nuestros profesionales poseen una formación amplia en estos y otros tratamientos. Si deseas conocernos, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. 

Los problemas de ansiedad, y especialmente los miedos, son fenómenos extraordinariamente comunes en nuestra sociedad. Desde que nacemos, éstos parecen adecuarse a nuestro a nivel evolutivo, y a medida que nos vamos haciendo mayores, aparecen temores más abstractos y subjetivos. Así, es común que en nuestra infancia hayamos temido a monstruos, fantasmas, el coco, ciertos animales… Y poco a poco, hayamos canalizado todo esto hacia fenómenos más sociales, y a situaciones semejantes a las que vivimos en nuestro día a día, pero que en ocasiones no conseguimos terminar de definir. 

Uno de ellos es la Agorafobia, un trastorno en el cual la persona experimenta miedo y ansiedad en situaciones donde escapar puede resultar difícil, o donde, en caso de que aparezca una crisis o síntomas acentuados de angustia, puede no disponerse de la ayuda necesaria. Tradicionalmente se había entendido como el miedo a los lugares abiertos, o públicos, pero esta concepción, si bien es parcialmente correcta, no abarca la totalidad de la problemática. En este sentido, las situaciones típicas más temidas son: usar el transporte público (p.ej., trenes, autobuses, barcos, aviones…), estar en espacios abiertos (p.ej., puentes, mercados, zonas de estacionamiento…), en espacios cerrados (p.ej., tiendas, teatros, cines…), hacer cola o estar en una multitud, y estar fuera de casa solo. Así pues, como vemos, las zonas abiertas son una pero no la única situación temida. Otra de las características importantes, y que también comparten las otras “fobias”, es que la persona habitualmente evita ir a estos lugares, o bien lo resiste acompañado o con gran malestar. Se asocia más al género femenino que al masculino, y acostumbra a aparecer entre los 20 y los 30 años, aunque también se ha documentado que es típica su aparición en edades más tardías, y especialmente tras ciertos acontecimientos traumáticos como caídas. 

El problema puede resultar altamente incapacitante para la persona que lo sufre, llegando a incluso a evitar salir a la calle. En estos casos, se observa una clara generalización de los miedos a casi cualquier situación. Además, aunque no siempre, es común que aparezcan crisis de pánico, entendidas éstas como la experimentación de un gran número de síntomas de ansiedad (dificultad para respirar, sudoración, temblores, taquicardia…) en pocos minutos, junto al miedo a que esto tenga consecuencias graves. Estos, son todos síntomas de ansiedad, pero como en casi todos los trastornos mentales, la agorafobia no suele aparecer en solitario. Siendo en ocasiones causa, y en muchas otras consecuencia, la depresión es una de las patologías psiquiátricas más comunes. No resulta difícil de entender que cuanto más impedida y limitada esté una persona, más sencillo es que aparezcan síntomas depresivos. Los sentimientos de inutilidad, fracaso y culpa acostumbran a florecer de forma relativamente temprana, pero no solamente en los trastornos de ansiedad, sino en todos aquellos problemas que impiden afrontar nuestro a día a día con normalidad. 

En cuanto a las estrategias de intervención, la Terapia Cognitivo-Conductual se ha mostrado como el tratamiento más efectivo y eficaz para este problema. Ésta, se basa en un abordaje integral en el que se incluye una primera parte de psicoeducación (análisis y comprensión de las características del trastorno), seguida por ejercicios de reestructuración cognitiva para trabajar las interpretaciones negativas acerca de las situaciones y las consecuencias de los síntomas experimentados, y exposición en vivo. Ésta última, el afrontamiento de las situaciones temidas, es el componente más importante, ya que permite comprobar que las expectativas de peligrosidad no llegan a cumplirse. Junto a estos, en ocasiones puede resultar beneficioso el abordaje psiquiátrico a través de medicación, permitiendo reducir la activación y aumentar la autoconfianza. 

Los problemas de ansiedad y su tratamiento son áreas ampliamente exploradas e investigadas desde la psicología. Si quieres ampliar la información, o crees que puedes beneficiarte de nuestra ayuda, ponte en contacto con nosotros. Nuestro equipo, situado en Mataró, estará encantado de ayudarte.