Las preocupaciones, el malestar emocional y los problemas relacionados pueden alcanzar diferentes grados y afectar a una o varias áreas de nuestra vida. Acostumbramos a fijarnos en aquello que nuestros ojos pueden ver a simple vista, como la ansiedad, la tristeza, el enfado…, es decir, sentimientos o situaciones que, y sobre todo si son agudas, realzan y se detectan con relativa facilidad. Pero, entre todas las problemáticas y patologías, existen algunas que pueden ser algo más difíciles de reconocer, siendo algunos de los más relevantes los Trastornos de la Personalidad.

Podemos definir esta amplia categoría como un patrón permanente de experiencia interna y de comportamiento que se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura del sujeto. Además, este patrón se manifiesta en dos (o más) de las siguientes áreas:

  • Cognición: es la forma de percibir e interpretarse a uno mismo, a otras personas y los acontecimientos.
  • Afectividad: la conforman el rango, la intensidad, la labilidad y la adecuación de la respuesta emocional.
  • Funcionamiento interpersonal: comprende la calidad y el cómo dentro de las relaciones con los demás. 
  • Control de los impulsos: Este apartado se refiere a la capacidad para controlar nuestra conducta, y principalmente cuando esta se aparta de lo considerado adecuado o, principalmente, no perjudicial para uno mismo y/o para los otros. 

Este patrón, junto con las características anteriores, para conformar un problema de personalidad debe mostrarse como inflexible, y además extenderse a una amplia gama de situaciones personales y sociales. En este sentido, los trastornos de la personalidad acostumbran a dominar toda la vida del individuo, mostrándose de maneras similares en los diferentes ámbitos. El inicio se remonta al menos a la adolescencia o edad adulta temprana, con lo que la duración, por ende, es prolongada. Por último, para diagnosticarse debe generar malestar, para uno mismo o para los demás. En resumen, los trastornos de personalidad constituyen problemas emocionales y comportamentales más arraigados o profundos, dominan nuestras vidas y generan un desajuste generalizado. Además, y en unos tipos más que otros, aparecen dificultades emocionales como ansiedad, depresión, baja autoestima que deben valorarse adecuadamente para no confundir o entremezclar diagnósticos. Debemos escarbar la superficie para quizás encontrar características personales de base que nos ayuden a entender lo que nuestros ojos ven.

En el mundo de la psicología existen diferentes vertientes u orientaciones las cuales se han ido desarrollando para comprender con mayor profundidad el comportamiento y estado emocional de las personas. Entre ellas, el modelo sistémico emerge de la idea de que los sistemas, pueden poseer y de hecho poseen propiedades distintas a la simple suma de sus componentes. De esta manera, este enfoque pasa del estudio del individuo aislado, al estudio del sistema y de las relaciones entre los elementos que lo conforman. Así, un sistema constituye un todo organizado, el cual está compuesto de elementos que interaccionan de una manera determinada.

Dentro de esta gran vertiente, encontramos una de las teorías que ha tenido mayor auge y repercusión en los últimos tiempos. Se trata de la Teoría Clínica de la Comunicación Humana, de Watzlawick, Beavin y Jackson (1967). Sus principales postulados son los siguientes:

  • Es imposible no comunicar. Tal y como lo plantean, incluso el mero silencio es comunicación. En ciertas ocasiones, evitamos comunicarnos por miedo, por enfado, por incomodidad o por vergüenza, pero aun así, ya estamos representando una intención, una actitud, y por lo tanto un comportamiento comunicativo. 
  • En toda comunicación podemos distinguir entre aspectos de contenido (nivel digital) y aspectos relacionales (nivel analógico). Los de contenido, son en general, por medio de código lingüístico, y los relacionales se refieren a comunicación no verbal. Añaden aquí que la capacidad de metacomunicación (hablar y comprender sobre nuestra comunicación) es una condición para considerar una comunicación como eficaz.
  • La incongruencia entre dos niveles de comunicación da lugar a mensajes paradójicos. Con esto se refieren a que cualquier contenido digital incongruente con el mensaje que se transmite a nivel analógico/no verbal puede precipitar malentendidos e incongruencias entre los miembros. 
  • La definición de una interacción está condicionada por las puntuaciones que introduce el participante. Las puntuaciones son las formas de organizar los hechos de un problema para que formen una secuencia ordenada. Es decir, cada uno de los miembros formulará y organizará los acontecimientos a su manera. 

Si atendemos a nuestras interacciones diarias con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc., es muy probable que consigamos ver todos los elementos expuestos en esta teoría. Como seres sociales, vivimos en gran parte de la comunicación, y esto nos define como personas y nos ayuda a comprender a los demás. Es importante escucharnos y observar cómo nos comportamos y actuamos ante los demás. La comunicación puede ser una gran fuente de bienestar.

En nuestro centro de Psicología, en Mataró, estamos formados en Terapia Sistémica, Terapia Cognitivo-conductual, EMDR, y entre otras muchas vertientes. Si deseas conocer más o te interesa cualquier otro tema, no dudes en ponerte en contacto con nosotros, te facilitaremos toda la información que necesites.

Son muchos los estudios y las propuestas hechas en relación tanto a la definición y comprensión de las emociones, como a su papel en nuestras vidas. Paul Ekman, Izard, Plutchik o Tomkins son algunos de los teóricos que se han dedicado a su estudio y delimitación. Así, está claro que forman parte inevitable de nosotros mismos, y algunas ya se ha descubierto que aparecen muy pronto tras el nacimiento. Pero ¿qué función tienen? ¿Podemos hablar de mecanismos específicos para cada sentimiento?

En primer lugar, y a nivel general, existe acuerdo para decir que las emociones cumplen tres funciones generales:

  • Función adaptativa: Posibilitan el ajuste de la persona a las nuevas condiciones del entorno. Además, preparan al organismo para la acción, sea cual sea ésta. Por ello, podríamos decir que facilitan la supervivencia y el desenvolvernos en nuestro entorno.
  • Función social: También podemos entenderlas como una señal o forma de comunicarnos, y de esta manera modular o influir en la conducta de los demás. Nos ayudan a comprender tanto nuestro estado de ánimo como el de los otros, y de esta manera adecuarnos a las necesidades del momento.
  • Función motivacional: Tienen la capacidad de energizar al organismo, de potenciar o dirigir la conducta hacia algo o alguien. Cualquiera que sea el sentimiento que tengamos, facilitará que actuemos en una u otra dirección.

Junto a estas funciones más generales, se han propuesto algunas mucho más específicas para cada emoción: la sorpresa se ha relacionado con la exploración, el asco con el rechazo, el miedo con la protección, la alegría con la afiliación, la tristeza con la reintegración, y la ira con la autodefensa.

Conocer y detectar nuestras emociones nos puede permitir comprendernos mucho más. Si además potenciamos la aceptación, es posible llegar a tener un gran control sobre nosotros mismos. Podemos permitirnos abrirnos a la experiencia de sentir lo que nos pasa, sin juzgarnos y sin procurar taparlo, ya que de esta manera es posible que ayudemos a prevenir problemas o dificultades emocionales mayores (depresión, ansiedad…). 

Si deseas conocer más, o tienes cualquier duda, ponte en contacto con nuestro equipo de psicología, en Mataró. Estaremos encantados de atenderte.

Podríamos decir que, en general, tendemos a relacionar las emociones con ciertas expresiones; la tristeza se vincula fácilmente con el llanto, la alegría con la sonrisa, la sorpresa con quedarnos boquiabiertos, el miedo con la paralización, etc. Estos correlatos los aprendemos y asimilamos a lo largo de nuestra vida, y nos ayudan tanto a comprender nuestro mundo emocional como el de los demás. Si lo pensamos, para cada emoción es posible que nos salga alguna otra forma de expresión específica, pero podemos obviar que existe un abanico mucho más amplio de posibilidades y expresiones asociadas a cada una de ellas.

En cuanto a la ansiedad, fácilmente la podemos describir como nerviosismo, inquietud, o incluso hacer referencia a alguno de sus síntomas físicos como la sudoración o el temblor. Más allá de estos podemos encontrar muchas otras formas de aparición, las cuales podemos clasificar de la siguiente manera:

  • A nivel físico: Englobaría todas aquellas expresiones que se relacionan con el cuerpo, y las cuales pueden ser más evidentes para nosotros, como por ejemplo la tensión, el dolor de cabeza, la sudoración, las palpitaciones, la visión borrosa, los temblores, la sequedad en la boca, los mareos, las náuseas, la inestabilidad…etc. Como vemos, todos ellos hacen referencia a reacciones físicas a nivel corporal, las cuales podemos notar en ciertos momentos o incluso provocarlas.
  • A nivel cognitivo: En este punto entrarían toda la cadena de pensamientos, preocupaciones y anticipaciones que podemos hacer sobre ciertas situaciones o sucesos, o incluso sobre nosotros mismos. El grado de malestar vendría definido por la intensidad o la “exageración” de los pensamientos, y por su frecuencia. La manera en que interpretemos lo que nos rodea, marcará cómo nos sintamos. Por ejemplo, si tenemos un examen y pensamos que suspenderemos seguro y que no conseguiremos nada en la vida, es mucho más probable que se acentúe la ansiedad. En cambio, si pensamos que lo podemos sacar, y que tan solo es un examen, posiblemente nos sintamos más tranquilos y capaces de afrontar la situación.
  • A nivel comportamental: Comprendería todo lo que hacemos nosotros a nivel de conducta que refleja nuestro estado ansioso. Por ejemplo, la impulsividad, la agresividad, el habla acelerada, el actuar de prisa o apresuradamente, comer compulsiva o rápidamente, el mover las piernas …etc., entrarían dentro de esta categoría. También podríamos incluir aquí la forma de reaccionar y comportarnos ante los demás.

Como podemos ver, la expresión de las emociones incluye mucho más que lo que vemos a simple vista. No todos lo manifestamos de la misma manera, y el peso de cada uno de los componentes puede estar claramente desequilibrado.

Desde nuestro centro de psicología, en Mataró, os invitamos a que echéis una mirada a vuestra forma de exteriorizar vuestros sentimientos, ya que seguro que os percatáis de cosas que quizás os habían pasado por alto. Si tenéis cualquier pregunta al respecto, podéis poneros en contacto con nuestro equipo, será un placer atenderos.

Los miedos, las inseguridades, la ansiedad, constituyen sensaciones, emociones que surgen casi diariamente a lo largo de nuestra vida. Cada uno de nosotros lo experimentará asociado a diferentes aspectos, en mayor o menor frecuencia, y sobretodo, en mayor o menor grado o intensidad. Este último punto es especialmente importante para comprender lo que sigue, y es que todos experimentamos y estamos conformados de una gran variedad de emociones, y de por sí, no hay ninguna patológica, forman parte de nuestro ser, y nos definen tanto a nosotros mismos como a las relaciones que tenemos con los demás. 

La vergüenza y la timidez aparecen tempranamente en nuestras vidas, y en un primer momento, es común que se asocien al hecho de conocer gente nueva, o acercarnos a desconocidos. Tienen una función adaptativa ya que nos ayudan a actuar con precaución, a analizar la situación, y a que la confianza en nosotros mismos y en los demás se vaya construyendo progresivamente. De por sí, nuevamente conviene remarcar el carácter legítimo, funcional e incluso necesario de éstas. Entonces, ¿cuándo pueden suponer un problema o una limitación? La respuesta es cuando perduran mucho en el tiempo, cuando aparecen en un grado elevado de intensidad, y cuando aparecen en situaciones en las que quizás deberían quedar más escondidas. De esta forma, podemos entrar a comprender problemas como la fobia social

En este sentido, podríamos decir a nivel general que esta patología supone una multiplicación de las características y del malestar que aparecen en la timidez. Es decir, lo podemos entender como una cuestión de grado. La persona con fobia social experimenta un miedo o ansiedad intensos ante situaciones donde pueda verse expuesto al escrutinio o juicio de los demás, pudiendo ser a una sola situación (p.ej., hablar en público), o a diferentes situaciones sociales. Además, la persona casi siempre evita estas situaciones, o las soporta con un gran malestar. Junto a esto, conviene tener presente que la timidez aparece mucho antes, en etapas tempranas de la vida. En cambio, la fobia social suele aparecer a finales de la adolescencia o principios de la adultez.

Esto nos lleva al problema de la estigmatización. Tendemos a pensar que los problemas emocionales, y las enfermedades mentales son algo extraño, y sobretodo, categórico (lo tenemos o no lo tenemos). Es importante ver que es algo mucho más dimensional; todos tenemos miedos, ansiedad, pasamos por buenos y malos momentos. En el momento en que esto supone una limitación o un peligro para nosotros y/o para los demás, podemos tomar medidas las cuales nos ayuden a gestionar la situación. 

En nuestro centro de psicología, situado en Mataró, te proporcionaremos toda la ayuda e información que necesites. Estamos formados en terapias como la sistémica, el EMDR, y la orientación cognitivo-conductual. Llámanos, estaremos encantados de atenderte. 

Existen diferentes disciplinas y orientaciones relacionadas con la salud mental, y específicamente, dentro del ámbito de la psicología. A nivel general, podríamos decir que todas buscan encontrar variables relevantes para mejorar tanto la disciplina como el bienestar emocional de los individuos, pero lo hacen de distintas maneras, y, sobretodo, complementandose mucho entre ellas. Concretamente, la neuropsicología nace de la conjunción entre la neurología y la psicología.

Se considera una disciplina independiente dentro de las neurociencias, la cual se encarga de estudiar la relación entre los procesos cognitivos y conductuales, y el cerebro. En este sentido, procura delimitar los efectos de una lesión en las estructuras del sistema nervioso central. Entre las posibles lesiones, podemos encontrarnos con tumores cerebrales, ictus, accidentes cerebrovasculares, traumatismos craneoencefálicos, enfermedades del desarrollo y enfermedades neurodegenerativas. Así, procura detectar y rehabilitar las funciones cognitivas afectadas, entendiendo estas como los procesos mentales o intelectuales que nos ayudan a adaptarnos al entorno. Entre ellas, podemos encontrar las siguientes:

  • Atención y concentración
  • Memoria
  • Percepción
  • Aprendizaje
  • Funciones ejecutivas (toma de decisiones, razonamiento, resolución de problemas, velocidad de procesamiento, planificación y organización). 
  • Lenguaje
  • Habilidades visoespeciales

Estas funciones son utilizadas a diario, y están influenciadas por nuestro estado de ánimo y por factores ambientales, como nuestra personalidad o la interacción social. En este sentido, los trastornos mentales pueden encontrarse claramente afectados y ser causa o consecuencia de las alteraciones cognitivas (p.ej., esquizofrenia, depresión, ansiedad…). Además, desenvolupan un papel clave y significativo en nuestras conductas, pensamientos y toma de decisiones. De esta forma, el neuropsicólogo buscará evaluar los efectos psicológicos y conductuales del daño cerebral con la finalidad de delimitar y establecer un nexo entre las zonas y estructuras cerebrales afectadas y las funciones cognitivas perjudicadas. Para ello, es común la utilización de baterias de pruebas especializadas en muchas o pocas funciones cognitivas (p.ej., WAIS de Weschler). Además, como se ha empezado a remarcar con anterioridad, es clave la coordinación entre profesionales de la salud mental, ya que únicamente de esta forma se consigue una mayor garantía de rehabilitación, y, por lo tanto, de adaptación y mejora personal y social.

En nuestro centro de Psicología contamos con diferentes profesionales de la salud mental, los cuales pueden ofrecerte una atención multidisciplinar que te ayudará a mejorar y a potenciar tu bienestar emocional. Si deseas conocernos, o tienes cualquier duda, ponte en contacto con nosotros, estaremos encantados de atenderte.

Las habilidades sociales son recursos, herramientas, conductas específicas que nos ayudan a desenvolvernos en un mundo social e interactivo. Éstas, nos permiten crear y mantener vínculos con los demás, o incluso romperlos en caso de verlo necesario. Algunos ejemplos son: iniciar una conversación, dar las gracias, pedir perdón, decir no, pedir una cita… Casi todo aquello que implique enviar un mensaje a otra persona, sea esta conocida o no. Dentro de éstas, la asertividad es considerada la herramienta por excelencia, considerándose incluso a veces sinónimo al concepto de habilidad social. 

Podemos tener diferentes dificultades a la hora de llevar a cabo cualquiera de las conductas ejemplificadas. En ocasiones por timidez, por vergüenza, por miedo al rechazo… A pesar de ello, y esto es algo sumamente importante, podemos aprender! Es decir, las habilidades sociales no son algo innato, no nacemos con un nivel concreto, sino que es algo que vamos desarrollando a medida que interaccionamos con los demás, en un primer momento con nuestros padres, para posteriormente generalizarlo al grupo de iguales, compañeros de trabajo, etc. Otro dato relevante, acercándonos al ámbito más clínico, es que la falta de habilidades sociales pueden ser tanto causa como consecuencia de los trastornos psicológicos. En los problemas de autoestima, o en la depresión, pueden aparecer dificultades en este ámbito, y a su vez, la falta de habilidades puede precipitar síntomas o problemas como los citados, además de ansiedad, miedo…

Así pues. podemos definir la asertividad como la capacidad de exponer nuestras necesidades, derechos e intereses de una forma educada y empática, sin vulnerar los de los demás. Algo así como atrevernos a decir lo que pensamos procurando no perjudicar al otro. Para comprenderlo, es útil diferenciar entre la postura pasiva, y la agresiva. ¿Qué haríamos si, estando en un restaurante, el camarero nos trae la carne cruda, cuando a nosotros nos gusta muy hecha? En un extremo, quizás nos la comemos sin decir nada (postura pasiva). En el otro (postura agresiva), puede que llegáramos a mostrar nuestro enfado, chillando, o haciendo algún comentario despectivo. Como vemos, nos situamos en dos polos. El punto medio sería la asertividad, por ejemplo, pidiendo educadamente si nos pueden pasar algo más la carne. Esto es un simple ejemplo que nos puede ayudar a visualizar la conducta asertiva. Aun así, la asertividad ideal, o perfecta no existe, ya que conseguir adoptar siempre el punto medio exacto es prácticamente imposible, al entrar en juego muchas variables: contexto y entorno, persona con la que estemos interactuando, estado de ánimo propio y del otro, diferencias de personalidad, etc. Lo más importante es esforzarnos para acercarnos lo máximo posible al punto medio. 

Por un lado, la pasividad hace que nos llevemos el malestar a nuestro terreno, y que los otros difícilmente sean conscientes de lo que nos molesta. Además, podemos tener esa amarga sensación de que pueden aprovecharse de nosotros, ya que dificilmente lo impediremos. La tendencia a la agresividad, principalmente provoca rechazo, miedo, malestar, incomodidad… En cambio, siendo asertivos, aunque muchas veces no podremos satisfacer o encontrar el equilibrio perfecto, a largo plazo nos daremos cuenta de que tanto nosotros como los demás agradecemos exponer nuestro punto de vista, y priorizarnos a nosotros mismos. 

Existen diferentes programas e intervenciones que pueden ayudarte a mejorar esta habilidad. En nuestro centro de Psicología, en Mataró, te proporcionaremos todos los recursos y herramientas que necesites. Ponte en contacto con nosotros, será un placer atenderte. 

Nuestras vidas están repletas de decisiones, de acciones que nos llevan a conseguir aquello que queremos. Algunas pueden considerarse casi (por no decir completamente) automáticas; ponernos las zapatillas al levantarnos, abrir el armario de ropa, cambiar las marchas del coche… entre muchas otras. Éstas, se consideran rutinas aprendidas, las cuales debido a la práctica se realizan pudiendo incluso estar pensando en otra cosa. Seguro que si pensamos nos salen muchos ejemplos más. Otras decisiones pero, en cambio, implican un control consciente, reflexionar, y discernir entre alternativas para ver con cuál nos quedamos. 

En relación a lo último comentado, es probable que en ocasiones hayamos tenido problemas para elegir, o incluso para plantearnos o crear nuestras propias alternativas. Estas dificultades pueden aparecer por diferentes razones: 

  • Personas implicadas: Está claro que cuantas más personas estén implicadas en nuestra decisión, más nos va a costar plantear y elegir una. Además, aquí gana importancia el vínculo o la implicación emocional que tengamos con los otros (p.ej., no es lo mismo tomar una decisión familiar importante, que dónde nos vamos a tomar algo con los amigos). A más implicación emocional, mayor dificultad. 

  • Importancia del ámbito: Muy relacionado con la variable anterior, podemos ver como en función del entorno podemos dar mayor o menor importancia al proceso de decisión. Normalmente atribuimos mucha relevancia al ámbito laboral, ya que percibimos que tenemos mucho que perder. Este, puede verse superado por el ámbito de la salud, por ejemplo cuando alguien conocido o de nuestro entorno cercano sufre una enfermedad. Es importante ser conscientes de cómo afecta el ámbito en el que estamos.

  • Inmediatez: Cuánto más urgente es el asunto, más prioritario lo podemos percibir. A veces, incluso puede pasar este factor por encima de la relevancia. En este sentido, es común que nos queramos quitar cosas de encima antes de centrarnos en otros asuntos que pueden requerir más tiempo o esfuerzo.

  • Consecuencias e importancia percibida: Uno de los principales motivos por los cuales decidimos hacer algo, son los efectos que creemos que puede tener nuestra decisión, tanto para nosotros mismos como para los demás, y en sentido negativo y positivo. Este punto se encuentra muy ligado a la importancia que le otorgamos, ya que en principio cuanto mayor impacto o cambio, más relevancia le vamos a otorgar. 

  • Variables personales: Por último, siendo quizás la variable más relevante de todas las citadas, están nuestras propias características. Aquí entran aspectos como la inseguridad, la autoestima, la dependencia hacia los demás, el control y gestión emocional (ansiedad, estrés…), o la rigidez. En función de qué variables de nosotros mismos entren en juego, el proceso de toma de decisión puede ser más o menos complejo. Si analizamos cada una de las características citadas, podemos intuir fácilmente cuándo agilizaremos o no nuestra elección. 

El último punto expuesto nos lleva inevitablemente a remarcar la importancia de conocernos a nosotros mismos, de aprender de nuestras virtudes y limitaciones, de tal forma que consigamos un mayor control personal. Todo empieza por abrirnos a la experiencia de escucharnos y observarnos. Para ello, iniciar un proceso terapéutico puede beneficiarte y ayudarte a encontrar estrategias no solo para aprender a tomar decisiones de una forma más eficiente, sino para todo aquello que te preocupe o consideres mejorable. 

Los profesionales de nuestro centro, situado en Mataró, te proporcionarán toda la ayuda e información que necesites. Ponte en contacto con nosotros.

En ocasiones puede existir cierta reticencia a la hora de pedir ayuda a un profesional de la salud mental. Esto puede ocurrir por diferentes razones, entre las que se encuentran principalmente emociones como la vergüenza o el miedo, una percepción distorsionada o un concepto erróneo del rol del profesional, y el no saber cuándo debemos o no solicitar sus servicios. Esto provoca un cierto distanciamiento, perpetuando una situación que puede ser problemática, o simplemente quedándonos anclados en nuestra zona de confort, no permitiéndonos abrirnos al aprendizaje y crecimiento personal. 

En primer lugar, es muy importante tener en cuenta que las personas que acuden al psicólogo no solamente lo hacen porque tengan problemas, o les falten recursos para afrontar sus diferentes dificultades. Tampoco es necesario presentar una patología concreta (ansiedad, depresión…), y ni mucho menos que esta sea grave. Por lo contrario, podemos pedir ayuda simplemente para crecer como personas, para mejorar nuestro día a día, para ganar recursos y estrategias de cara a afrontar mejor diferentes situaciones que pueden incluso no provocarnos malestar, pero que consideramos que podemos gestionar de una mejor manera. A pesar de ello, a veces esperamos a sufrir un malestar significativo, el cual nos limita en casi todas las áreas de nuestras vidas. Por todo ello, no es necesario tener un problema, ni mucho menos esperar a tenerlo. 

Sea como sea, se trata de una decisión muy valiente, ya que implica que nos estamos cuestionando, que nos hemos autoobservado y hemos detectado aspectos mejorables, incongruencias en nuestra forma de ser o simplemente necesitamos profundizar en nosotros. Además, hemos decidido compartirlo, aun sin tener claro cómo gestionarlo, pero estamos dispuestos a intentarlo, y a iniciar un trabajo personal. Así pues, ir al psicólogo no es malo, extraño o vergonzoso, tan solo puede significar que:

  • Necesitamos aprender a gestionar y manejar mejor nuestras propias emociones.
  • Queremos hacer un proceso de crecimiento personal, porque quizás nos hemos dado cuenta de que podemos ser incluso mejores que ahora.
  • Necesitas superar o trabajar algún acontecimiento de nuestra vida, el cual ha generado en nosotros un impacto significativo.
  • Consideramos que podemos aprender nuevas habilidades y estrategias para afrontar las dificultades de nuestro día a día.
  • Somos valientes y nos queremos, y pedimos ayuda sin sentirnos avergonzados por ello, porque lo más importante es nuestro bienestar. 
  • Sabemos que sin salud mental no hay salud física.

El psicólogo es el profesional de la salud mental que trabaja para mejorar tu bienestar, partiendo de una situación problemática, o proporcionándote herramientas para simplemente fortalecer tus potencialidades. Desgraciadamente, todavía existe cierto estigma hacia la profesión y hacia aquellos que se atreven y piden ayuda. Sólo podemos romper con esta tendencia dando el paso y conociendo más tanto a esta magnífica profesión como a nosotros mismos. 

Los profesionales de nuestro centro están especializados en diferentes orientaciones, ofreciendo servicio de psicología y psiquiatría tanto a adultos como a población infantojuvenil. Si deseas conocernos, o crees que puede beneficiarte nuestra ayuda, ponte en contacto con nosotros, estaremos encantados de atenderte.

En ocasiones podemos ser nuestros peores enemigos. Podemos adoptar maneras de vernos a nosotros mismos y a los acontecimientos que consideramos útiles y adecuadas, pero que en realidad únicamente actúan como barreras y frenos para nuestro desarrollo. Entre estas se encuentra el pesimismo defensivo, el cual podemos conceptualizar como una estrategia cognitiva que consiste en adoptar unas bajas expectativas y metas ante situaciones futuras a afrontar, a pesar de haber tenido éxito o resultados positivos en otros momentos de la vida. 

De esta forma, las personas que adoptan este estilo de afrontamiento, anticipan resultados negativos sobre aquello que van a realizar, pudiendo incluso a veces ser catastróficos. Esto, genera una sensación ilusoria de cierto control, ya que si nos ponemos en el peor de los escenarios, de esta forma el impacto será menor, y ya habremos considerado casi todo lo negativo que puede pasar. Además, ante el éxito o resultado positivo, se sienten aliviados al haberse “ahorrado” o evitado aquello que temían, lo cual refuerza que en situaciones futuras vuelvan a adoptar este mecanismo. Todo ello se lleva a cabo cognitivamente, con minuciosos cálculos de probabilidades subjetivas para ganar esta sensación de seguridad. Pero todo lo contrario, lo único que conseguimos mediante esta estrategia es sufrir hasta que no llega la situación a afrontar. Debemos darnos cuenta que pensando en negativo, y desconfiando de lo que va a pasar y de nosotros mismos, permitimos que afloren síntomas de ansiedad, de estrés, de angustia y que nuestra autoestima se vea mermada. 

Así, este tipo de personas acostumbran a sentirse fuera de control, y focalizan su atención en las dificultades y resultados negativos posibles, incluso aunque parezcan poco probables. Por ello, los pesimistas defensivos invierten una gran cantidad de esfuerzo en tareas que ellos valoran como importantes, con tal de evitar el fracaso. Acostumbran a ser personas autoexigentes, perfeccionistas y altamente estructuradas y metódicas. Les cuesta tolerar la incertidumbre, y por ello buscan responder ya de manera anticipada a las posibles dudas. Todo ello, como podemos imaginar, lleva a poseer una sensación de inseguridad que puede llegar a ser significativamente limitante, y que incluso deteriore nuestro autoconcepto. 

Ciertas patologías como los trastornos de ansiedad (p.ej., el Trastorno de Ansiedad Generalizada) o los trastornos depresivos, son claros ejemplos donde aparece el pesimismo defensivo. A pesar de ello, no hace falta irnos al ámbito clínico para apreciarlo, ya que se trata de un mecanismo que muy posiblemente habremos utilizado todos y cada uno de nosotros en algún momento. Por ello, es importante comprender que es muy fácil que este se instale y permanezca, y que incluso vaya a más, lo cual precipitará más síntomas y mayor malestar. 

Todas nuestras estrategias de afrontamiento, maneras de pensar e incluso de sentir, guardan mucha relación con experiencias pasadas, con nuestra personalidad, y con nuestra educación e influencias sociales. Debemos considerar la multiplicidad de variables que afectan con tal de comprendernos mejor a nosotros mismos y a los demás. Si te interesa este o cualquier otro tema, en nuestro centro de psicología, en Mataró, te proporcionaremos toda la ayuda e información que necesites.