Podemos definir el estrés como un estado psicológico, emocional y físico que aparece como consecuencia de una demanda excesiva real o percibida, y en el cual aparecen alteraciones como fatiga, tensión, irritabilidad, preocupación o angustia. Así, consistiría en una reacción ante ciertas exigencias, internas o externas, que puede afectar a cualquier persona y edad. 

 

Aprender a gestionarlo es, y ha sido uno de los grandes retos de las diferentes especialidades en salud mental (sobretodo psicología y psiquiatría), hasta el punto de haberse diseñado distintas herramientas cuyo objetivo común es ayudar a la persona a desarrollar ciertas habilidades a fin de que las pueda utilizar en futuras situaciones evocadoras de estrés. Entre ellas, está la inoculación de estrés.

 

Esta intervención fue creada por Meichenbaum sobre el año 1974, y su nombre proviene del ámbito médico, utilizando el término inoculación como metáfora mediante la cual se inmuniza o vacuna psicológicamente al individuo, inicialmente ante situaciones estresantes de baja intensidad, afianzando, reforzando e incrementando progresivamente su repertorio de estrategias de afrontamiento, para que posteriormente le sirva para hacer frente a situaciones de mayor intensidad. De esta manera, la finalidad es por un lado disminuir la tensión y la activación psicológica, y por el otro sustituir las interpretaciones negativas por pensamientos más positivos o constructivos. 

 

El entrenamiento consta de tres fases:

 

  • Fase educativa: se proporciona información a la persona tanto a nivel teórico o general de la técnica y del estrés y sus consecuencias, como de su aplicabilidad a su problemática. Además, en esta primera parte se acota y define operativamente el problema.

 

  • Fase de adquisición y entrenamiento: Aquí se enseñan y se practican las habilidades que posteriormente serán llevadas a cabo en situaciones reales. Así, la persona adquiere los recursos y practica la actividad en un ambiente seguro (p.ej., en consulta). Se utilizan habilidades cognitivas, de control de la activación y conductuales. 

 

  • Fase de aplicación y consolidación: Finalmente la persona lleva a cabo la exposición o afrontamiento a niveles moderados de estrés ante situaciones reales, y progresivamente ante situaciones más intensas. 

Existen muchas otras alternativas para gestionar y afrontar el estrés, las cuales en un número significativo, parten de la Terapia Cognitivo-Conductual. En nuestro centro, situado en Mataró, encontrarás especialistas en esta y otras orientaciones que te ayudarán a gestionar aquello que te preocupe o te genere malestar, y a resolver cualquier duda. Ponte en contacto con nosotros, te ayudaremos.

La adolescencia es una de las etapas más importantes dentro de nuestro ciclo vital. Supone la transición entre la infancia y la adultez, y es donde se conforma principalmente la individualidad e identidad de la persona. En un espacio muy corto de tiempo, se suceden rápidamente muchos cambios, tanto a nivel interno (hormonal, y emocional principalmente), como externo (físico, social…). Esto hace que nos tengamos que adaptar continuamente, mientras le damos un significado a nuestro ser. 

En muchas ocasiones este proceso viene cargado de inestabilidad, de dudas, y de dificultades que pueden generar malestar tanto personal como interpersonal, y especialmente a nivel familiar. A esto se le pueden sumar situaciones externas (p.ej., COVID-19) que pueden dificultar todavía más la gestión de esta etapa, y especialmente para los padres. Por ello, a continuación os proponemos algunas consideraciones y herramientas para mejorar la convivencia con hijos adolescentes:

  • Comprensión y contextualización: En primer lugar, entender que todos los miembros de la familia tienen su situación particular, sus preocupaciones. Así, los padres acostumbran a tener más en mente aspectos familiares o económicos, y los hijos habitualmente más sobre su círculo social o el ámbito académico. La comprensión y escucha mútua suponen un primer paso importante. 

 

  • Comunicación: La comunicación familiar es una herramienta clave. Entender, flexibilizar, reajustar, escuchar y atender a las necesidades de los hijos puede ser un aspecto especialmente importante. El equilibrio entre dejar espacio y negociar supone una tarea árdua, pero muy útil. 

 

  • Acompañamiento, refuerzo y validación: La mayoría de veces nos centramos más en aquello que no queremos, lo que nos molesta, o lo que queremos corregir o modificar. En lugar de esto, transmitir confianza y fomentar la autonomía puede ser incluso más potente. En este sentido, alabar los progresos y el esfuerzo supone un elemento especialmente motivador y energizante. 

 

  • Establecer normas y horarios: Se requieren unos mínimos a cumplir, en cuanto a estructuración y organización, tanto para responsabilidades personales y tareas diárias (deberes, extraescolares, recoger y limpiar…), como para ocio. En este segundo caso, limitar el uso de pantallas y diversificar actividades puede ser una buena opción. 

 

  • Actividades compartidas: Encontrar actividades comunes puede ser una buena oportunidad para interactuar, dinamizar y compartir. Atender a sus motivaciones resulta particularmente útil. Ciertamente pero, en ocasiones diversificar y encontrar actividades que resulten atractivas y creativas a veces puede no ser fácil. Para ello, involucrarlos a ellos a la hora de pensar y crear, haciéndolos partícipes del proceso, puede ser de gran ayuda. 

Por último, cabe mencionar que cada adolescente madura a su ritmo, y que el número de años no determina el grado de adultez que se logra. Por ello, debemos adaptarnos a sus características y necesidades, procurando alejarnos de las comparaciones, tanto con hermanos como con otros chicos/as de su edad. 

En nuestro centro de psicología y psiquiatría de adultos e infantojuvenil, encontrarás especialistas que te ayudarán a hacer frente a los diferentes problemas que tengas. Nuestra experiencia y formación se basa en métodos y herramientas basados en la evidencia, como la Terapia Cognitivo-Conductual o el EMDR. No lo dudes y llámanos.

La psicopatología, y especialmente la infanto-juvenil, se encuentra en una continua evolución y progreso, hasta el punto de que muchos trastornos son redefinidos o reclasificados para facilitar su comprensión, detección y estrategias de intervención. En el caso del síndrome de Asperger, actualmente se engloba, junto a los antiguos trastornos generalizados del desarrollo (p.ej., trastorno de Rett, o el trastorno desintegrativo infantil), dentro del espectro del autismo. De esta forma, se entiende que todos quedan englobados bajo esta categoría ya que comparten características y mecanismos comunes, aunque siguen y se permiten concretar sus especificaciones diferenciales.

 

Así, el Síndrome de Asperger se define como aquella alteración que afecta principalmente a la interacción social recíproca, la comunicación verbal y no verbal, y exhibe una gran resistencia al cambio, rigidez o inflexibilidad del pensamiento, y un estrecho repertorio de intereses y actividades. A diferencia del autismo prototípico, y de mayor gravedad, aquí puede no existir un déficit cognitivo ni una alteración del lenguaje significativos. Además, dos de las dificultades cognitivas más evidenciadas son las dificultades en la teoría de la mente, y las alteraciones en las funciones ejecutivas. La primera involucra procesos para comprender los estados mentales y emocionales propios y ajenos, y actuar adaptándonos a esta comprensión. Y el segundo, a grandes rasgos y entre muchas otras funciones, se relaciona con la toma de decisiones, la resolución de problemas, el control de impulsos, o la inhibición de respuestas inadecuadas.

 

¿Cuáles son las principales señales de alarma del Síndrome de Asperger?

 

  • Déficit en la interacción social, y relaciones sociales limitadas.
  • Escaso contacto visual cuando interaccionan.
  • Dificultades para empatizar y comprender las emociones de los demás.
  • Reacciones de molestia e irritabilidad ante estímulos externos como ruidos, luz, o ciertas imágenes. 
  • Alteraciones motoras como retraso o torpeza de movimientos.
  • Utilización de un lenguaje formal o peculiar. 
  • Sensación de que se encuentran ausentes, o absortos en sus pensamientos.

 

Algunas de las expuestas pueden verse de forma temprana incluso desde el nacimiento. Junto a estas pero, conviene realizar una exploración neuropsicológica adecuada para determinar el alcance de las dificultades cognitivas e intelectuales, además de una observación continua del comportamiento del niño. La evaluación o exploración previa a la realización de un tratamiento concreto, es clave para determinar el grado de limitación y las ayudas necesarias en cada caso. 

 

Si deseas obtener más información al respecto, ponte en contacto con nuestro centro de psicología y psiquiatría, en Mataró, te proporcionaremos toda la ayuda que necesites.

El acoso escolar, en sus diferentes formas, ha existido siempre. Si bien es cierto, que los casos han ido exponencialmente en aumento, calculándose que actualmente 1 de cada 3 niños sufre esta situación a nivel mundial. Además, un informe actual de la UNESCO ha revelado que más del 30% de niños han sido víctimas de acoso. Estos datos evidencian una problemática real y significativa, la cual no únicamente afecta a la propia víctima, sino también a las familias y directamente al ámbito educativo. Junto a esto, aunque su definición, acotación y detección también ha mejorado notablemente a lo largo de los últimos años, sigue siendo en muchas ocasiones difícil de percibir, y mucho más de gestionar. 

 

El bullying se define como el acoso, físico y/o psicológico, al que es sometido un alumno por uno o diferentes compañeros. Se trata de conducta intencional y repetitiva, a través de cualquier medio, que busca someter, intimidar y atemorizar al otro, y puede presentarse dentro del ámbito académico o fuera de él. Además, puede clasificarse según el tipo de agresión o violencia ejercida por el agresor. En este sentido se han acotado el físico, el emocional, el verbal, el virtual (internet) y el sexual. Las consecuencias son diversas, y pueden variar poco de un subtipo a otro. Entre ellas, existen evidentemente los problemas de depresión y ansiedad asociados, dificultades relacionadas con la autoestima, desvinculación problemas de sueño y alimentación, disminución del interés y realización de actividades, y descenso del rendimiento académico. Además, estos problemas pueden prolongarse hasta la adultez. 

 

¿Cuáles son las principales señales de alarma? ¿Qué puede ayudarnos a detectarlo?

 

  • El niño/a evita ir a la escuela. 
  • Lesiones de causa difícilmente explicable.
  • Pérdida de material escolar.
  • Disminución del rendimiento académico. 
  • Aumento de la dependencia y el miedo a la separación de sus cuidadores primarios.
  • Dificultades para dormir. 
  • Problemas de alimentación.
  • Quejas físicas como dolores de cabeza o estómago, o malestar general.
  • Aislamiento y disminución de la comunicación. 
  • Aumento de la agresividad.

 

Como podemos ver, las alteraciones y repercusiones pueden ser diversas. Además, pueden afectar por igual a diferentes edades. A esto, hay que sumarle la clara repercusión a nivel familiar, lo cual implica un abordaje multidisciplinar, que implique una actuación desde el propio colegio, familiar, e incluso social. En este último sentido, las estrategias de prevención y detección temprana se han mostrado muy útiles para combatir esta realidad. A pesar de ello, debemos seguir trabajando para precisar y mejorar tanto su detección como su gestión. 

 

Si deseas obtener más información, en nuestro centro de psicología y psiquiatría te ayudaremos a resolver cualquier pregunta. Estamos formados y especializados tanto en población infantil y adolescente, como adulta. Ponte en contacto con nosotros, te atenderemos encantados.

La interacción y la creación de vínculos con los demás, forma parte de nuestra esencia. Esto empieza ya incluso antes del nacimiento, con nuestras madres, y sigue con nuestro padre y nuestros seres queridos más cercanos, para posteriormente complementarse y amplificarse con amigos, pareja, compañeros de trabajo…y un largo etcétera. Todos ellos nos ayudan a definirnos como personas, y a comprender la forma de pensar y el estado emocional de los otros, lo cual nos permite desarrollarnos, evolucionar, y afrontar las diferentes situaciones que nos irá presentando la vida, basándonos en nuestra experiencia. 

 

En ocasiones, pero, estas relaciones se ven dificultadas o distorsionadas por diferentes motivos, como experiencias negativas, pérdidas tempranas, necesidades internas insatisfechas, rasgos de personalidad desadaptativos, o expectativas desajustadas acerca del otro. Estos aspectos pueden manchar los vínculos que creamos, desencadenando en diferentes conflictos tanto personales como de la propia relación, y a lo último, en incluso rechazo y abandono por parte del entorno. Por ejemplo, en problemáticas como la depresión, o el trastorno límite de la personalidad, acostumbran a existir dificultades en este sentido, en el primero de los casos habitualmente por sensación de soledad, incomprensión y baja autoestima; y en el segundo por sensaciones de vacío y conductas impulsivas con los otros. 

 

Así, a continuación se exponen algunas de las diferencias entre un vínculo o relación sana, y la dependencia:

 

Relaciones basadas en un vínculo sano:

 

  • Complementariedad: El otro complementa lo que ya somos, y nos hace mejores personas. La relación con esta persona nos aporta mucho, pero simplemente acentúa un estado de satisfacción con nosotros mismos, que ya existe de base. 
  • Reciprocidad sin expectativa: Damos y nos dan, aportamos y nos aportan, existe una reciprocidad principalmente emocional, basada en la no demanda ni la exigencia, sin un interés ni expectativa detrás. Simplemente el dar sin esperar nada a cambio. 
  • Contacto saludable: Acostumbran a ser relaciones en las que el paso del tiempo no es un impedimento, y aunque este sea significativo, cuando estamos con el otro tenemos la sensación de que todo sigue igual. Valoramos cualquier muestra o acercamiento, y no necesitamos más. 
  • Bienestar: Todo ello confluye en un estado de bienestar, comodidad, confianza y satisfacción. Estar con el otro es fácil y fluido, y podemos notar como esto nos hace sentir bien, relajados, y a gusto. 

 

Relaciones basadas en la dependencia:

 

  • Necesidad: El otro, o más bien la relación con él, es utilizada para llenar vacíos, o para substituir sentimientos o emociones negativas. Habitualmente, cuando la persona no se siente bien consigo misma, busca estímulos constantes como la aprobación y el refuerzo constante.
  • Reciprocidad con expectativa: La persona ofrece o da, esperando lo mismo o incluso más de los otros. Hay pocas acciones desinteresadas, ya que se encuentra necesitada de diferentes muestras, y esto la hace ser exigente con lo que espera de los demás.
  • Contacto disfuncional: La persona acostumbra a buscar una interacción frecuente, y especialmente en momentos de soledad. Aunque sea una mínima interacción, y con poca profundidad, para ella puede ser algo necesario, bien como distracción, o bien como validación de que los otros siguen ahí.
  • Malestar: especialmente para la persona víctima del dependiente, se genera progresivamente un estado de incomodidad, tensión, y cansancio. Aun así, incluso para la persona dependiente también puede aparecer, ya que cada vez puede necesitar más, y recibir menos. 

 

Junto a estas, existen otras características que pueden ayudarnos a diferenciar una relación sana, de la dependencia. Si deseas conocer más, o tienes cualquier pregunta al respecto, en nuestro centro de psicología y psiquiatría, en Mataró, te proporcionaremos toda la información que necesites. No lo dudes y llámanos.

Los trastornos del estado de ánimo abarcan una serie de alteraciones, con especial afectación en el ámbito afectivo, y en los que existe además una limitación a nivel no solo personal, sino también familiar, laboral y social. Entre ellos, encontramos la depresión y los trastornos bipolares y relacionados. Estos últimos abarcan problemáticas en las que la característica principal es la inestabilidad o los cambios, más o menos frecuentes, en el estado de ánimo del individuo, pasando por periodos de euforia o energía intensa, a otros de tristeza y apatía acentuada, entre otras características. Dentro de estos últimos, se encuentra el trastorno ciclotímico o ciclotimia. 

 

Esta patología se caracteriza por una periodo de al menos 2 años (1 en niños y adolescentes), de numerosos períodos con síntomas hipomaníacos, y períodos con síntomas depresivos. En ambos, desde los diferentes manuales de clasificación diagnóstica se exige que no se cumplan los criterios para un episodio hipomaníaco o para un episodio depresivo completamente desarrollados. Además, estos síntomas deben estar presentes la mayor parte del tiempo, generar un malestar y/o limitación en los diferentes ámbitos de la vida de la persona, y no haber un periodo de más de 2 meses en el que la persona haya estado libre de ellos.

 

Los síntomas hipomaníacos se caracterizan por una elevación del estado de ánimo, en forma de aumento de la autoestima y grandilocuencia, disminución de la necesidad de dormir, mayor necesidad de hablar, fuga de ideas o la experiencia subjetiva de que los pensamientos se desencadenan rápidamente, y aumento de la actividad o involucramiento en actividades peligrosas. Por contra, los síntomas depresivos engloban dificultades como la tristeza, la apatía, la disminución de la autoestima, la anhedonia, o la pérdida de energía y cansancio, entre otros. 

 

Algunos datos interesantes respecto a esta alteración son que habitualmente aparece primero en adolescentes y adultos jóvenes, y existe un riesgo del 15 al 50% de que la persona desarrolle un trastorno bipolar I o II. Además, se ha evidenciado un componente genético que aumenta el riesgo de desarrollar la patología, y especialmente en familiares de primer grado de personas con trastornos del estado de ánimo. Junto a esto, el abuso de sustancias y las dificultades relacionadas con el sueño son frecuentes, y los niños acostumbran a ser más propensos a tener un TDAH concurrente. Finalmente, cabe mencionar que los intentos e ideas de suicidio también aparecen con más frecuencia en este tipo de alteración.

 

Por último, en cuanto al tratamiento, se trata de una alteración que normalmente requiere la pauta conjunta de medicación junto con intervenciones psicológicas. Así, los estabilizadores del estado de ánimo como el Litio o el Valproato, o los antidepresivos, son alternativas eficaces. Y por otro lado, la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), la psicoeducación, o las intervenciones familiares centradas en potenciar la comprensión y los recursos para allegados, también han resultado útiles.

 

Si deseas obtener más información al respecto, o tienes cualquier pregunta, no dudes en contactar con nosotros. Nuestro equipo de psicólogos y psiquiatras de Mataró, te facilitará todo lo que necesites.

La Enfermedad de Parkinson (EP) nace de la mano del neurólogo británico James Parkinson, en el año 1817. Desde entonces, su incidencia, al igual que muchas otras enfermedades neurológicas, ha ido progresivamente a más, y actualmente según la Organización Mundial de la Salud (OMS), afecta a 1 de cada 100 personas mayores de 60 años. Esto la convierte en la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente, por detrás del Alzheimer. Además, se estima que en 2030 esta patología afectará a más de 12 millones de personas. Por lo tanto, estamos ante una problemática real, y significativa, tanto por su frecuencia de aparición como por las alteraciones que provoca. 

 

De esta forma, la EP se considera un trastorno neurodegenerativo en el que aparecen síntomas principalmente motores, como rigidez, temblor en reposo, y lentitud, y una alteración del equilibrio, los reflejos posturales e incluso del habla. Es interesante tener presente que, a pesar de la idea generalizada de que todas las personas con EP presentan temblor, curiosamente cerca de la mitad de casos cursan sin manifestarlo. Junto a esto, también se vincula con un compendio de características no motoras, tales como deterioro cognitivo progresivo, con un marcado déficit de memoria, conductas compulsivas, alucinaciones, y síntomas depresivos, entre otros. Este último aspecto es especialmente relevante, ya que entre el 20 y el 40% de pacientes presentan depresión como síntoma precoz de la enfermedad. En cuanto a sus causas, se asocia a una pérdida progresiva de ciertas poblaciones neuronales, siendo aquellas vinculadas con la producción de dopamina, las más afectadas. Además, se evidencia que en el sistema nervioso de las personas afectadas, existen agregados de tipos de proteína relacionados con el daño neuronal, conocidos como cuerpos de Lewy.

 

Aunque típicamente se acostumbra a diagnosticar entre los 55 y 60 años, en un 10% de los casos aparece en personas menores de 40 años de edad, lo cual representa la EP de inicio temprano. Esto, junto a los síntomas iniciales comentados, evidencia la importancia de atender y realizar una observación precoz, con tal de intervenir lo más tempranamente posible, y disminuir el impacto del desarrollo de la enfermedad. Para ello, especialidades como la neuropsicología se muestran como especialmente útiles para conseguir estos objetivos. 

 

En nuestro centro de psicología, situado en Mataró, encontrarás a profesionales especializados en este y en muchos otros temas. Si hay algo que te gustaría trabajar, o tienes cualquier pregunta, no dudes en ponerte en contacto con nosotros, estaremos encantados de atenderte.

El consumo de drogas y los trastornos adictivos suponen uno de los problemas más significativos a los que se enfrenta nuestra sociedad. Entre ellas, el cannabis se sitúa como la droga ilegal más consumida en España y a nivel europeo, donde se estima que aproximadamente más de 40 millones de personas lo han usado, y al menos 12 millones lo han hecho en el último año. Además, es especialmente prevalente entre la población adolescente, donde el 20% de las personas entre 15 y 16 años han consumido alguna vez en su vida, estimándose que este porcentaje aumentará a un 30% cuando alcancen los 25 años. 

 

El cannabis procede de la familia de los cannabinoles, entre los que se encuentra la marihuana, o el hachís. Este segundo posee un mayor poder adictivo, y suele combinarse con alcohol o cocaína. Entre sus efectos fisiológicos más significativos se encuentran la taquicardia, el dolor abdominal, los espasmos y temblores, la sudoración, la fiebre, los escalofríos y las cefaleas, especialmente cuando hablamos de abstinencia. Junto a estos, existen riesgos cardiovasculares y de cáncer (principalmente de pulmón). Pero sus consecuencias negativas van mucho más allá de la parte puramente física, y es que a pesar de sus efectos a corto plazo relacionados con el bienestar, la relajación o la euforia, existen alteraciones psicoemocionales y cognitivas muy significativas:

 

  • Letargo
  • Anhedonia
  • Problemas de atención y memoria
  • Disminución de la concentración
  • Reacciones paranoides y síntomas psicóticos
  • Crisis de ansiedad
  • Pérdida de energía
  • Alteraciones del sueño
  • Disminución del rendimiento

 

Junto a este compendio de alteraciones, se ha descrito una problemática especialmente importante, denominada síndrome amotivacional. Este se caracteriza por un estado de pasividad e indiferencia acentuados, junto a una disfunción generalizada de las capacidades cognitivas, interpersonales y sociales, y el cual persiste una vez interrumpido el consumo. Además, existe un elevado riesgo de desarrollar depresión y esquizofrenia, siendo esta segunda patología una de las que más se ha vinculado con el cannabis. 

 

La edad de inicio se considera un factor muy determinante para la gravedad, y se evidencia un claro peligro si se empieza antes de los 16 años. Considerando esto, junto a que la mitad de pacientes que demandan tratamiento tiene menos de 25 años, evidencia la importancia de actuar precozmente, educando sobre el uso y consecuencias del consumo, y diseñando intervenciones preventivas y terapéuticas eficaces y útiles.

Pasamos la mayor parte del tiempo sintiendo, y principalmente lo hacemos cuando interactuamos con los demás. Aunque en ocasiones estas emociones y sensaciones pueden pasar desapercibidas, puede resultarnos relativamente fácil identificar las principales emociones que hemos experimentado durante un día, y especialmente cuando éstas han sido intensas. 

 

La responsabilidad afectiva se refiere a ser conscientes, procesar y aceptar nuestras emociones y sentimientos, y responsabilizarnos de ello. Junto a esto, también implica establecer relaciones con los demás desde el respeto, la reciprocidad y la empatía mutuas. De esta forma, este proceso implica observar y comprender nuestro estado de ánimo y el de los otros, procurando delimitar adecuadamente ambas partes, minimizando el solapamiento. Con ello, preservamos nuestra homeostasis, nuestra salud mental y física, y respetamos y fomentamos que así sea en los otros.

 

Así, este mecanismo se consideraria contrario o alejado de aspectos como la dependencia emocional, el síndrome del salvador, o la evitación emocional. Estos, implican en muchas ocasiones un desconocimiento acerca de los límites de la repercusión de nuestro estado anímico, o mecanismos disfuncionales a la hora de relacionarnos. En la depresión, o en trastornos de personalidad como el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) o el Trastorno Dependiente de la Personalidad, son claros ejemplos de patologías donde se muestran estas dificultades. 

 

La educación recibida, o el entorno en el que hemos crecido, pueden explicar en parte que desarrollemos estos patrones. Es importante tomar conciencia de ellos, y solicitar ayuda lo antes posible para mejorar y flexibilizar, aprendiendo otros mecanismos de relación y de comprensión de nuestras emociones. Intervenciones como la Terapia Sistémica, la Terapia Cognitivo-Conductual, o la Terapia Humanista, resultan útiles y eficaces para trabajar aspectos como éste, desde diferentes herramientas y estrategias. 

 

En nuestro centro de psicología, psiquiatría y neuropsicología, en Mataró, encontrarás profesionales formados en estas y otras orientaciones, que te ayudarán a resolver tus dudas y/o a trabajar las dificultades que tengas. No lo dudes y ponte en contacto con nosotros. 

Las emociones forman parte inherente e inevitable de nuestras vidas, de toda persona. En un mismo día, podemos experimentar un sinfín de ellas, siendo algunas más accesibles a la consciencia, que otras, dependiendo sobre todo de la intensidad con la que aparezcan. Además, algunas pueden desencadenarse por estímulos externos (p.ej., encontrarnos a alguien querido a quien hace mucho que no vemos) y otras por mecanismos internos (p.ej., anticipar o imaginar que el examen será muy complicado). De esta forma, en función de su intensidad, y de la connotación que les demos, unas serán aceptadas y vividas de forma agradable, y otras las rechazaremos reiterada y categóricamente.

 

Este rechazo o evitación emocional, puede deberse a diferentes factores: a veces, escapamos de ciertas emociones por miedo. En este sentido, sensaciones desconocidas, o percibirlas como incontrolables pueden explicar buena parte. También podemos evitarlas por vergüenza a experimentarlas, o incluso por no saber detectarlas. En otras ocasiones, existen mecanismos racionales tan acentuados que interfieren en el cómo experimentamos nuestro mundo emocional. Todo ello, precipita que vayamos creando lo que denominamos “Mochila emocional”, en la que vamos poniendo todas aquellas experiencias, sin procesarlas ni experimentarlas, acumulando un peso cada vez más grande a nuestras espaldas, y pudiendo repercutir de diferentes maneras, siendo el malestar con nosotros mismos y con los demás, el factor principal.

 

¿Cómo podemos combatirlo? 

 

  • Observar e identificar: El primer paso es observar. Las emociones pueden pasarnos desapercibidas por el simple hecho de no atenderlas. Permítete autobservarte de vez en cuando, y chequea cómo estás, cómo te has sentido hoy, y dónde lo has sentido. Esto te facilitará darles un color a tus sentimientos.

 

  • Exprimir: Una vez hecho eso, y sean agradables o no, son emociones, y son igual de legítimas y válidas que las demás. El siguiente paso es exprimirlas, adentrándonos en ellas para enriquecernos, y para vivirlas como lo que son. Para ello, podemos utilizar música, un libro, un baño relajante, un sitio el qual sabemos que tiene un significado especial…

 

  • Exteriorizar: Finalmente, no hay mejor manera de darles sentido y voz, que exteriorizarlas. Lo podemos hacer de muchas formas, tanto por hablado, como por escrito, y en soledad, o en compañía. Cierto es, que cuando lo compartimos, muchas veces nos percatamos de la potencia que tienen para establecer lazos, y mejorar aspectos como la confianza. 

La evitación o el rechazo emocional es muy común, y se presenta tanto en personas con patologías (depresión, trastornos disociativos…en estos últimos como mecanismo inconsciente de defensa), como sin ellas. Afrontarlas y encararlas no resulta sencillo, e implica romper con ciertos tabúes y dejar de lado algunos miedos e inseguridades. Si deseas recibir ayuda especializada en este o cualquier otro tema, ponte en contacto con nosotros. En nuestro equipo de psicólogos de adultos e infantojuvenil, de Mataró, te ofreceremos toda la información y ayuda que necesites.