Los humanos somos seres complejos, e incluso más cuando estamos en grupo e interaccionando con otras personas. Estamos conformados de una serie de elementos (emociones, recuerdos, pensamientos, experiencias…) más, o menos subjetivos, y en ocasiones difíciles de definir. Así, podríamos decir que la psicología, entre muchas otras funciones, busca conocer y establecer un orden y estabilidad entre estos curiosos fenómenos, buscando optimizarlos para facilitar el mayor bienestar emocional posible. En este sentido, son diferentes las propuestas que han emergido con este fin, siendo el ABC que a continuación se expondrá una de las más sobresalientes y representativas.

Albert Ellis, considerado uno de los psicoterapeutas cognitivos más influyentes de la historia, creó en 1957, y en contraposición con el movimiento psicoanalítico preponderante hasta ese momento, su propio sistema terapéutico, la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC). Ésta se basó en su teoría ABC, la cual supone los cimientos sobre los que se han ido desarrollando una multiplicidad de herramientas y estrategias terapéuticas. A continuación se expondrán sus componentes:

  • El Acontecimiento activador ( A ): Se refiere a las situaciones o hechos, tanto internos como externos, que nos generan una serie de reacciones. Así, pueden ser de toda índole, como un accidente de circulación, una discusión con nuestra pareja, una imagen aversiva, imaginar o anticipar algo negativo, escuchar una canción emotiva… Cualquier acontecimiento es susceptible de ser incluido aquí, ya que todos ellos, dependiendo del momento, pueden despertar los dos elementos que siguen a continuación. 

  • La Interpretación o valoración personal ( B ): Ante cualquier evento o situación, se activan una serie de interpretaciones en forma de pensamientos, los cuales explican en muy buena parte el impacto emocional que puede llegar a tener una situación concreta. Pongamos por ejemplo que nos encontramos con una amigo por la calle al que hace mucho que no vemos. Imaginemos que le saludamos, pero este, pasa de largo y no nos devuelve el saludo. Si ante esto interpretamos que le pasa algo con nosotros, o que le hemos hecho algo y por eso nos evita, nuestro estado de ánimo será irremediablemente negativo. Pero si en lugar de esto pensamos que quizás tiene un mal día, o incluso que puede no habernos visto, el impacto subsiguiente como podemos ver es mucho menor. 

  • Consecuencias emocionales y comportamentales ( C ): Todo aquello que sucede a nuestro alrededor, y especialmente aquello que pasa por nuestro filtro mental, tiene una repercusión o consecuencias concretas. En ocasiones, éstas son sutiles o neutras, pero en otras, parece que no podemos evitar que aparezcan emociones intensas y negativas. Además, en función de como nos haya “sentado”, actuaremos de una forma u otra. En el ejemplo citado, podríamos gritarle recriminándole no habernos devuelto el saludo, o podríamos pararnos con cara de sorprendidos, o incluso mandarle un mensaje preguntándole qué le pasaba. 

El autor enfatiza la importancia de atender a nuestra forma de interpretar los acontecimientos. Ésta, según él, vendrá dada por la activación de una serie de esquemas latentes, que poseemos cada uno de nosotros, y que hemos ido conformando a lo largo de nuestras vidas. En trastornos como la ansiedad o la depresión, aparecen una serie de creencias prototípicas como “yo soy vulnerable” o “no sirvo para nada”, las cuales pueden explicar cómo estas personas ven el mundo. Por ello, la principal meta de su intervención recae en modificar la intepretación que hacemos sobre los eventos internos y externos, de tal manera que nos permita relativizar la importancia de las cosas. 

Junto a Ellis, existen otros autores y muchas otras intervenciones que nos permiten explorar el maravilloso mundo interior de las personas, y trabajarlo para mejorarlo. En nuestro centro, situado en Mataró, nuestros profesionales poseen una formación amplia en estos y otros tratamientos. Si deseas conocernos, no dudes en ponerte en contacto con nosotros. 

Los problemas de ansiedad, y especialmente los miedos, son fenómenos extraordinariamente comunes en nuestra sociedad. Desde que nacemos, éstos parecen adecuarse a nuestro a nivel evolutivo, y a medida que nos vamos haciendo mayores, aparecen temores más abstractos y subjetivos. Así, es común que en nuestra infancia hayamos temido a monstruos, fantasmas, el coco, ciertos animales… Y poco a poco, hayamos canalizado todo esto hacia fenómenos más sociales, y a situaciones semejantes a las que vivimos en nuestro día a día, pero que en ocasiones no conseguimos terminar de definir. 

Uno de ellos es la Agorafobia, un trastorno en el cual la persona experimenta miedo y ansiedad en situaciones donde escapar puede resultar difícil, o donde, en caso de que aparezca una crisis o síntomas acentuados de angustia, puede no disponerse de la ayuda necesaria. Tradicionalmente se había entendido como el miedo a los lugares abiertos, o públicos, pero esta concepción, si bien es parcialmente correcta, no abarca la totalidad de la problemática. En este sentido, las situaciones típicas más temidas son: usar el transporte público (p.ej., trenes, autobuses, barcos, aviones…), estar en espacios abiertos (p.ej., puentes, mercados, zonas de estacionamiento…), en espacios cerrados (p.ej., tiendas, teatros, cines…), hacer cola o estar en una multitud, y estar fuera de casa solo. Así pues, como vemos, las zonas abiertas son una pero no la única situación temida. Otra de las características importantes, y que también comparten las otras “fobias”, es que la persona habitualmente evita ir a estos lugares, o bien lo resiste acompañado o con gran malestar. Se asocia más al género femenino que al masculino, y acostumbra a aparecer entre los 20 y los 30 años, aunque también se ha documentado que es típica su aparición en edades más tardías, y especialmente tras ciertos acontecimientos traumáticos como caídas. 

El problema puede resultar altamente incapacitante para la persona que lo sufre, llegando a incluso a evitar salir a la calle. En estos casos, se observa una clara generalización de los miedos a casi cualquier situación. Además, aunque no siempre, es común que aparezcan crisis de pánico, entendidas éstas como la experimentación de un gran número de síntomas de ansiedad (dificultad para respirar, sudoración, temblores, taquicardia…) en pocos minutos, junto al miedo a que esto tenga consecuencias graves. Estos, son todos síntomas de ansiedad, pero como en casi todos los trastornos mentales, la agorafobia no suele aparecer en solitario. Siendo en ocasiones causa, y en muchas otras consecuencia, la depresión es una de las patologías psiquiátricas más comunes. No resulta difícil de entender que cuanto más impedida y limitada esté una persona, más sencillo es que aparezcan síntomas depresivos. Los sentimientos de inutilidad, fracaso y culpa acostumbran a florecer de forma relativamente temprana, pero no solamente en los trastornos de ansiedad, sino en todos aquellos problemas que impiden afrontar nuestro a día a día con normalidad. 

En cuanto a las estrategias de intervención, la Terapia Cognitivo-Conductual se ha mostrado como el tratamiento más efectivo y eficaz para este problema. Ésta, se basa en un abordaje integral en el que se incluye una primera parte de psicoeducación (análisis y comprensión de las características del trastorno), seguida por ejercicios de reestructuración cognitiva para trabajar las interpretaciones negativas acerca de las situaciones y las consecuencias de los síntomas experimentados, y exposición en vivo. Ésta última, el afrontamiento de las situaciones temidas, es el componente más importante, ya que permite comprobar que las expectativas de peligrosidad no llegan a cumplirse. Junto a estos, en ocasiones puede resultar beneficioso el abordaje psiquiátrico a través de medicación, permitiendo reducir la activación y aumentar la autoconfianza. 

Los problemas de ansiedad y su tratamiento son áreas ampliamente exploradas e investigadas desde la psicología. Si quieres ampliar la información, o crees que puedes beneficiarte de nuestra ayuda, ponte en contacto con nosotros. Nuestro equipo, situado en Mataró, estará encantado de ayudarte. 

A lo largo de nuestra vida, e incluso si pensamos en la última semana, es más que probable que nos hayamos sentido dolidos o lastimados por alguien, o que lo hayamos provocado nosotros en alguna persona. Aun así, puede que no hayamos recibido la reacción o comprensión que esperábamos, y, de la misma manera, puede habernos sido difícil disculparnos. Junto a esto, y siendo uno de los procesos más complicados, nos ha podido ser especialmente complicado disculparnos a nosotros mismos. Esto, como veremos, tiene una clara repercusión en nuestro estado de ánimo, y en nuestra forma de interaccionar con los demás, por lo que es importante concienciarnos de la importancia de comprenderlo, tenerlo presente, y priorizarlo.

En ocasiones, por paradójico que parezca, parecemos incapaces de exteriorizar ciertas palabras; como si un bloqueo nos lo impidiera. Algunos ejemplos son gracias, lo siento e incluso te quiero. Todas ellas, cierto es, contienen de por sí una carga emocional importante, independientemente del contexto en el que las situemos. Entre ellas está el disculparnos. ¿Por qué nos cuesta tanto pedir perdón? Pueden existir diferentes motivos por los cuales esto nos supone un problema, y esta variabilidad depende, en gran parte, de lo vivido por la propia persona y de sus rasgos de personalidad. Aun así, nos encontramos muchas veces con elementos comunes: El primero es el orgullo, entendido este como el exceso de estima hacia uno mismo y hacia los méritos personales. Este, puede fomentar que nos cueste lo que se entiende como “bajar del burro”, obligando al otro a admitir su culpabilidad, y reduciendo nuestra capacidad de autocrítica. Relacionado con este, en muchas ocasiones nos cuesta aceptar el “no tener la razón”; defendemos nuestros argumentos sin contemplar el punto de vista del otro. Como tercer punto, puede existir cierto rencor hacia el otro, o hacia situaciones similares. Ello provoca que difícilmente consigamos empatizar y mucho menos disculparnos. Y por último, muy vinculado a este, es probable que echemos de menos que los demás nos lo digan o soliciten a nosotros, teniendo la sensación de que siempre nos estamos rebajando. 

Por otro lado, ¿qué impide que nos perdonemos? Este es un proceso todavía más complejo que el anterior, ya que se trata de algo totalmente interno, y más subjetivo. En este sentido, a veces no aceptamos nuestros pensamientos, emociones y conductas, y nos dedicamos a autocastigarnos por haber hecho o dejado de hacer ciertas cosas, recreándonos en el dolor. Además de esto, de por sí, a la mayoría de nosotros a veces nos cuesta incluso comprendernos. Así, podemos tener dificultades tanto para detectar, como para expresar lo que sentimos, y esto puede ser algo que arrastramos desde hace demasiado tiempo. Todo ello impide que avancemos, que dejemos atrás tanto acontecimientos como emociones concretas, y por ende, crecer. Al encontrarnos con situaciones parecidas a las vividas, y en las que no nos hemos conseguido perdonar, podemos afrontarlas incluso peor de lo que lo hicimos, repitiendo el ciclo. Por todo lo comentado, es importante tomar conciencia de lo relevante que resulta para nuestras vidas, perdonar y perdonarnos. El poder inherente a este proceso es espectacular si realmente lo llevamos a cabo. 

De esta forma, si lo integramos en nuestro día a día, podremos observar un cambio tanto en los demás en relación a nosotros, como en nuestro ser. En el primero de los casos, fomentamos el acercamiento, la confianza y la sinceridad con los otros. Y en cuanto al segundo, mejoramos nuestro autoconocimiento, y rompemos con tabúes y barreras personales que nos impiden procesar y aceptar experiencias y emociones concretas. 

Existen palabras de por sí poderosas, algunas de ellas citadas al inicio de este artículo. Si lo pensamos, algunas parecen olvidadas, y otras simplemente las obviamos. Consideramos que resulta útil conocer qué nos impide exponerlas, y qué efectos pueden tener. Si quieres ampliar la información al respecto, o te surge cualquier otra pregunta, ponte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Te ayudaremos a resolver todas tus dudas.

El apego supone uno de los aspectos más importantes de nuestras vidas. Se trata de la vinculación afectiva que desarrollamos desde el nacimiento, inicialmente con nuestros padres, para posteriormente traspasarlo o generalizarlo a muchas otras personas. Supone una herramienta clave para crear y mantener relaciones, ayudándonos a desenvolvernos en un mundo social y a crearnos una imagen de nosotros mismos en los diferentes ámbitos de nuestro día a día. En ocasiones, pero, este puede verse alterado, manifestándose de formas inadecuadas e incluso patológicas. 

Este es el caso del Trastorno de relación social desinhibida, un problema definido como aquel patrón de comportamiento en el que el/la niño/a se aproxima e interacciona activamente con adultos extraños. Esto se traduce principalmente en una falta de reticencia para aproximarse a éstos y en un comportamiento demasiado familiar. Además, el niño puede no recurrir a su cuidador principal después de una salida o aproximación arriesgada, siendo esto incluso en contextos poco familiares. De esta forma, el pequeño no refleja malestar cuando interacciona con gente desconocida, y tampoco busca activamente a sus padres tras hacerlo. Esto, muestra un déficit claro en sus habilidades sociales, y más concretamente, en el tipo de apego desarrollado. Junto a esto, debe tenerse en cuenta que para realizar el diagnóstico el niño debe tener una edad de desarrollo de al menos 9 meses. Esto es debido a que hasta entonces, puede ser difícil diferenciar aquellas conductas consideradas normales, de las problemáticas. 

Debemos remarcar aquí la importancia de diferenciarlo de otras situaciones o alteraciones en las cuales puede mostrarse un comportamiento parecido. En este caso, el Autismo o el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) aparecen como principales solapamientos. En ambos puede existir una falta de inhibición ante la interacción con extraños, pero así como en el primero se añaden déficits intelectuales y del lenguaje, en el de apego deshinibido “únicamente” observamos la alteración en el plano social o afectivo. En el caso del TDAH, las aproximaciones a los demás se enmarcan en el espectro de impulsividad, y en el aquí descrito, para diagnosticarse, no deben limitarse a ésta. Ciertamente, puede resultar difícil diferenciarlo, sobretodo por la edad del niño y la falta de conducta verbal, por lo que debemos ser cautos a la hora de considerar esta alteración. 

Se considera que la causa principal de su aparición es el haber experimentado un patrón extremo de cuidado insuficiente, poniéndose esto de manifiesto a través de: una clara negligencia o carencia social en la cual existe una falta persistente de tener cubiertas necesidades emocionales básicas; haber sufrido o sufrir cambios repetidos de cuidadores primarios que minimizan la posibilidad de crear un apego estable; y recibir una educación en contextos poco habituales lo cual reduce la oportunidad de establecer un tipo de apego más selectivo. Las consecuencias de esto se pueden manifestar no solo en el plano social, sino en múltiples áreas. Conforme la persona crece, pueden aparecer problemas emocionales diversos, principalmente relacionados con ansiedad, depresión y dificultades relacionadas con la autoestima. Además, si la alteración persiste, la inadaptación social puede ser significativa, precipitando problemas en todas las esferas (laboral, académica, familiar…).

Esta problemática nos muestra la importancia de mantener y crear una estabilidad familiar y social en el entorno del niño, ya que de esta manera se favorecerá que elabore un estilo de interacción positivo. En ocasiones, esto puede verse dificultado por la necesidad de hacer ciertos cambios (residencia, trabajo…). Por ello, es importante tener en cuenta que debemos procurar trabajar y fortalecer nuestra relación con el niño independientemente del contexto externo, ya que es posible que de esta manera podamos prevenir que aparezcan dificultades como la aquí descrita. 

Si deseas recibir más información sobre esta o cualquier otra cuestión, no dudes en ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos de Mataró. Llámanos, ¡te ayudaremos!

 

Podríamos decir que la mayor parte de nuestra vida nos la pasamos construyendo lazos con los demás. Desde el nacimiento, e incluso antes de este, establecemos vínculos y aprendemos a desenvolvernos en un mundo social. En un primer momento, principalmente con nuestros padres, para posteriormente seguir con otros familiares cercanos, amigos y profesores de la escuela, compañeros de trabajo, etc. Con cada uno de estos vínculos enriquecemos nuestro nuestra vida emocional, obteniendo estabilidad y seguridad. A pesar de ello, en ocasiones nuestra forma de encarar o interpretar estas relaciones puede causarnos malestar, siendo una de estas situaciones la sobreimplicación emocional.

Cuando se trata de personas cercanas, desarrollamos un tipo de apego diferente, podríamos llamarlo especial, cercano o fuerte. Puede ser tan potente que a nivel emocional pasemos a vincular incluso ciertos aspectos personales al otro u otros, como si ciertas personas constituyeran piezas de lo que nosotros somos. Esto, por un lado, nos aporta bienestar (principalmente a través de estabilidad), pero por otra, puede conllevar diferentes problemas. Entre ellos la dependencia es uno de los principales, pudiendo tener la sensación incluso de que perdemos, en parte, nuestra identidad, dejándonos llevar por las opiniones y decisiones de aquellos que consideramos importantes, y en ocasiones, incluso más importantes que nosotros mismos. Junto a esto, la sobreimplicación emocional supone otra de las consecuencias más significativas. Ésta puede pasarnos desapercibida, e incluso verla como útil, pero nada más lejos de la realidad.

Podemos definir la sobreimplicación como la tendencia a preocuparnos y responsabilizarnos por cuestiones ajenas a nosotros, de manera excesiva. Ésta, como se ha comentado, puede tener su origen en un vínculo emocional fuerte y próximo con otra persona, lo cual parece “justificar” que hagamos nuestros, sus inquietudes y problemas. Además, pero, ciertos rasgos de personalidad también pueden acercarnos a actuar así, como por ejemplo la Afabilidad o el Neuroticismo. Sea como sea, este rasgo puede manifestarse de diferentes maneras:

Sobreprotección: Podría definirse como el hacer por el otro todo aquéllo que podría y debería realizar; Advertencias constantes sobre diferentes peligros, prohibirle ir a ciertos sitios por miedo, hablar o actuar por el otro… Son algunos de los ejemplos que nos podemos encontrar.

Control: El querer saber en todo momento cuáles son los movimientos de la otra persona, e incluso el procurar anticipar e incluso estructurar su contexto puede suponer un problema importante. Además, impedimos que la otra persona se desenvuelva de forma autónoma e independiente.

Sacrificio: Podemos incluso abandonar ciertas responsabilidades personales en detrimento del otro. Nuevamente aquí, no solo nos vamos anulando, sino que también frenamos el desarrollo y la puesta en práctica de ciertas competencias del otro.

Catastrofización: Finalmente, el dramatizar ante casi cualquier cosa que le suceda o le pueda suceder al otro es algo característico de la sobreimplicación. Con ello, creemos estar previniendo un mal mayor, generando ciertas dudas y miedo, y fomentando que en futuras ocasiones aparezca inseguridad.

Esto puede tener consecuencias tanto para “el protegido”, como para los actores, los cuales entre otros pueden llegar a tener problemas como estrés y ansiedad. Es importante tomar conciencia de las características citadas, y tener en cuenta la gran repercusión que puede tener actuar de esta forma. Quizás, una de las principales dificultades supone el hecho de aceptar que no es beneficioso ni para nosotros, ni para los demás. Al contrario, a largo plazo no solamente nos desestabiliza, sino que puede incluso facilitar que nuestros vínculos se rompan.

Si quieres conocernos, o plantearnos alguna duda, ponte en contacto con nuestros profesionales. Nuestro centro de psicología está situado en Mataró, allí te facilitaremos toda la información que necesites.

Formamos parte de un mundo donde las interacciones, la vida social, constituyen uno de los aspectos más definitorios y significativos de nuestra condición humana. La comunicación, y con ésta nos referimos no sólo al uso de palabras, sino al intercambio de mensajes (verbales y no verbales), resulta un vehículo primordial para la creación y el mantenimiento de vínculos. Todos los ámbitos (laboral, familiar, social…) requieren este componente, suponiendo una herramienta en nuestras vidas. Por esto, y aunque en ocasiones lo olvidemos y incluso consideremos que es mejor evitarlo, la comunicación entre todos los miembros es un elemento fundamental. 

En la línea de lo introducido, en primer lugar debemos tener en cuenta que “es imposible no comunicar”. Es decir, incluso cuando no tenemos ganas y nos encerramos en nuestra habitación, o evitamos la mirada, o incluso cuando nos vamos a dar una vuelta, ¡estamos comunicando! En este caso podríamos transmitir enfado, disgusto, desinterés, miedo…Emociones que habitualmente nos alejan de aquello que nos genera malestar. Ya simplemente con esto nos podemos hacer una idea de la relevancia de este proceso (la comunicación), pudiendo considerarlo casi todo inherente a él. Junto a esto, los errores o dificultades en la comunicación se pueden dar de dos formas: cuando no se comunica o cuando se hace de manera errónea o problemática. En el primero de los casos, hablamos de aquellas personas en las que predomina un estilo evitador de conflictos, en las que cada acostumbramos a querer solucionar el problema por nuestra parte, y dónde se transmite un clima de desconfianza hacia los demás, generando una tensión que acostumbra a perpetuarse y acentuarse con el tiempo. Esto puede predisponer y es característico de problemas como la depresión o la ansiedad, donde la represión de emociones es un aspecto característico. En la segunda opción, tenemos diferentes posibilidades; podemos encontrarnos con interacciones agresivas, dominantes o autoritarias, frías o distantes, o incluso vacías (se deja de lado el conflicto y se tocan temas banales). Evidentemente, la edad y rol que se tenga nos puede facilitar comprender el tipo de relación. Pero no por ello debemos justificar y mucho menos fortalecer ciertos comportamientos. 

En este sentido, la edad no debe ser un impedimento ni una excusa para mejorar la manera de relacionarnos. Tanto un niño pequeño como una persona mayor necesitan escuchar y ser escuchados. Pero eso sí, deberemos adaptar nuestros mensajes al momento evolutivo y al nivel de comprensión. A pesar de ello, existen unas pautas comunes que es importante conocer, recordar, y respetar: 

  • Escucha activa: Aunque pueda sonar sencillo, cuando estamos inmersos en nuestro día a día a veces se nos olvida. La predisposición y actitud de escucha, sin juzgar, puede favorecer un clima de confianza, de comodidad. Es cierto que todos lo echamos de menos en muchas situaciones, pero tener el recordatorio puede ayudarnos a priorizarlo en nosotros mismos, favoreciendo que también salga de los demás. 

  • Empatía y respeto: Comprender y respetar la opinión y las inquietudes del otro puede ser una de las tareas más arduas, y más cuando creemos que tenemos razón. Aunque esto sea así, ser flexibles y procurar entender cómo se siente el otro en todo momento, nos puede ayudar a enfrentarnos a la situación con más garantías de éxito, resolviendola de manera más eficiente. 

  • Asertividad: Podría decirse que las dos habilidades anteriores quedan englobadas aquí. Ser asertivo significa comunicar nuestros derechos y necesidades respetando y sin vulnerar las del otro. Requiere tomar conciencia de la importancia de exteriorizar nuestros pensamientos y emociones, por perjudiciales que nos parezcan. El poner sobre la mesa lo que nos preocupa o nos hace sentir mal facilita que los demás se hagan una idea de la situación, y además puede servirnos para sacar cierto malestar.

Existen diferentes pautas a tener en cuenta a la hora de comunicarnos. Debemos trabajarlo tanto a nivel verbal como no verbal. Los aquí expuestos son tres principios generales que es importante recordar. Si deseas complementar la información, o tienes alguna pregunta sobre este u otro tema, los psicólogos y psiquiatras de nuestro centro te proporcionarán todo lo que necesites. No lo dudes y llámanos!

El consumo de sustancias es uno de los problemas más importantes y prevalentes en nuestra sociedad. Decimos sustancias porque en éstas se incluyen aquellas consideradas legales, como el tabaco o el alcohol, como no legales (cocaína, cannabis, heroína…). De entrada, es importante no confundir legalidad con peligrosidad, tendiéndose a considerar como más inofensivas a las legales. El alcohol es la droga legal más consumida en nuestro país; observándose además un aumento progresivo e iniciándose cada vez a edades más tempranas. 

Aunque existen diferentes concepciones, a grandes rasgos podemos definir el alcoholismo como la enfermedad caracterizada por la intensa necesidad de ingerir alcohol, existiendo por tanto dependencia física, y manifestándose a través de diferentes síntomas de abstinencia cuando no es posible ingerirlo. Además, conforme más se consume, más dosis se necesita para conseguir el mismo estado de embriaguez, desarrollándose así la tolerancia. Es considerado por la Asociación Médica Estadounidense como una patología crónica, progresiva y mortal. Entre sus causas, se han propuesto diferentes explicaciones: por un lado, se ha indicado que quien tiene padres alcohólicos, posee una mayor probabilidad de desarrollar esta problemática, y especialmente cuando es el padre (25-50%). Por otro lado, existen diferentes factores psicosociales, como la ansiedad o la depresión, los cuales pueden favorecer que la persona acuda a estrategias como el consumo para mitigar el malestar. Junto a estos, se ha indicado que la adolescencia supone un periodo crítico y de vulnerabilidad. Cada vez son más los jóvenes que se inician a edades tempranas, y lo que empieza siendo por diversión puede acabar transformándose en un problema grave. 

En la línea de lo último comentado, a continuación se citan algunos de los problemas, y especialmente trastornos mentales producidos por el consumo de alcohol. 

  • Trastornos Agudos: Aquí se enmarcan aquellas problemáticas que se producen ante un consumo a corto o medio plazo. Entre ellas están la intoxicación alcohólica, el síndrome de abstinencia no complicado, el delirium tremens, la alucinosis aguda, los blackouts y los trastornos del sueño. Todos ellos aparecen de manera brusca, pero algunos se asocian a la toma de alcohol (intoxicación, alucinosis…) y otros a su abstinencia (delirium tremens, o síndrome de abstinencia no complicado). 

  • Trastornos crónicos: En este caso, hablamos de alteraciones que aparecen tras un consumo más continuado, haciéndolo de forma lenta e insidiosa, y considerándose además irreversibles. Entre ellas están las alteraciones cognitivas (principalmente trastornos intelectuales y pérdidas de memoria), la demencia alcohólica, la Encefalopatía de Wernicke y el Síndrome de Korsakoff. La mayoría, como vemos, se relacionan con problemas cognitivos. 

Existen dos problemáticas que conviene remarcar, ya que pueden aparecer en cualquier momento o fase. La primera de ellas se refiera a las alteraciones de la personalidad, donde se observa una clara tendencia a la irritabilidad, conductas agresivas, pérdida de control y deshinibición. La otra, y no menos importante, se refiere a las disfunciones sexuales. Así, el alcohol produce atrofia en las gónadas de ambos sexos (testículos y ovarios), generando trastornos eréctiles y disminución de la espermatogénesis en el hombre, y menor fertilidad en la mujer. Finalmente, además de todo lo comentado, indicar que el alcohol es la principal causa evitable de anomalías congénitas mentales y físicas. En este sentido, cuando una mujer lo consumo durante el embarazo, hay mucho riesgo de que el bebé sufra sus consecuencias, como por ejemplo el Síndrome de Alcoholismo Fatal, un trastorno crónico caracterizado por diferentes anomalías físicas y cerebrales. 

Se ha intentado proporcionar una aproximación a las principales alteraciones asociadas al alcoholismo, citando aquellas más significativas. Todo lo citado evidencia la importancia de su prevención, ya que como se ha indicado al inicio, tendemos a normalizarlo y a infravalorar sus importantes consecuencias. A pesar de esto, si deseas conocer algunas de las alteraciones de forma más específica, o quieres resolver cualquier otra duda, ponte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Te ayudaremos y facilitaremos toda la información que necesites. 

Los humanos somos seres complejos, quizás la especie más compleja que existe. No solo presentamos diferencias entre nosotros, sino que incluso podemos variar nosotros mismos en el transcurso del tiempo, en diferentes ambientes, e incluso ante diferentes personas.  Esto nos tiene que hacer ver la relevancia de tener en cuenta todas y cada una de nuestras características a la hora de comprender tanto nuestras conductas como nuestro estado emocional. Así, a nivel patológico sucede lo mismo; conviene considerar un gran número de variables, seleccionar aquellas más relevantes y trabajar para mejorar tanto el diagnóstico como la intervención aplicada. En este sentido, son diferentes los sistemas usados para clasificar los diferentes trastornos mentales, todos ellos buscando ofrecer un sistema exhaustivo y representativo de las diferentes problemáticas que sirva para potenciar lo comentado. A pesar de ello, no son pocos los casos que comparten características para más de una categoría, siendo uno de los principales los Trastornos de la Conducta Alimentaria.

Dentro de esta amplia problemática, se ha visto que las personas, y en especial los niños, no sólo pueden cumplir criterios para más de una categoría, sino que en ocasiones presentan características de muchos pero sin llegar a tener todas los necesarios para definir una, por lo que se acostumbran a englobar dentro de el subtipo llamado “Trastorno alimentario no especificado”. Ante esta situación, nacen propuestas como la del Great Osmond Street, en Inglaterra. Este grupo de trabajo recoge los problemas alimentarios que, a su juicio, se dan en niños y adolescentes con mayor frecuencia. Para ello, tienen en cuenta que únicamente el 50% de los niños de entre 7 y 15 años exhiben criterios según los métodos de clasificación tradicionales. Así, a parte de la Anorexia y la Bulímia Nerviosa, proponen las siguientes categorías:

  • Ingesta Selectiva: Este trastorno tiene como característica principal la restricción del repertorio de alimentos durante un periodo prolongado (como mínimo 2 años). Además, se acompaña de una falta de deseo por probar nuevos alimentos. Conviene recordar, que en ciertas etapas, especialmente en la etapa preescolar, el niño puede rechazar diferentes alimentos y centrarse en unos pocos, pero sólo deberá preocuparnos si persiste en el tiempo y si le deficiencia nutritiva es significativa. Junto a esto, esta alteración se acostumbra a presentar con otros problemas como el Autismo o la Discapacidad Intelectual. 

  • Trastorno Emocional de Evitación Alimentaria: Se define, paradójicamente, como el trastorno que implica evitación de la alimentación, en ausencia de un trastorno afectivo primario. Se añade, además, que debe existir una pérdida de peso. Esto no sorprende considerando que la persona rechaza activamente el hecho de comer. 

  • Disfagia funcional: En este caso, aparte de presentar una clara evitación de alimentos, la persona experimenta un gran miedo a atragantarse o vomitar, lo cual acostumbra a ser la causa del rechazo alimentario. Por ello, procuran no ingerir principalmente alimentos sólidos, aunque los casos más graves pueden tener dificultades incluso con los líquidos. 

  • Síndrome de Rechazo Alimentario: Podría considerarse uno de los más graves, de los aquí especificados. Esto es así debido a que no solamente existe un profundo rechazo a comer y beber, sino también a andar, hablar e incluso a cuidar de sí mismo. Un aspecto importante además, reside en el hecho de que los niños y niñas que sufren esta patología se resisten a los esfuerzos que se realizan para cuidarlos, lo cual dificulta no solamente que sigan las pautas de padres o cuidadores, sino también que se adhieran a una intervención terapéutica.

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria no son los únicos en los que se han propuesto alternativas. Poco a poco la comunidad científica considera en mayor medida que las patologías muestran una gran heterogeneidad en función de la persona que las sufre, y procura definir criterios más dimensionales, que permitan una mayor flexibilidad a la hora de diagnosticar, y consecuentemente de intervenir. 

En nuestro centro de psicología podrás encontrar profesionales que te ayudarán a profundizar sobre este o cualquier otro tema, proporcionándote una atención individual y personalizada. Si tienes cualquier pregunta, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.  

Los seres humanos estamos compuestos de un entramado de sensaciones, pensamientos y emociones increíblemente amplios, y en ocasiones complejos. Entre ellos, el echar de menos, nostalgia o melancolía, resulta uno de los más frecuentes, y sin ser para nada patológico, en ocasiones puede resultarnos difícil de gestionar y ocasionarnos cierto malestar. Por ello, conviene recordar de dónde viene este fenómeno, por qué y cuándo se produce, y cómo gestionarlo en caso de suponer una limitación para nuestro día a día. 

Así pues, hablamos de un sentimiento que surge cuando recordamos algún aspecto positivo del pasado, siendo este reciente o lejano. Se trata de una sensación universal que todos nosotros experimentamos. Refleja el vacío que en ocasiones sentimos, habitualmente asociado a personas, rememorando ciertos momentos agradables con ella/s. A pesar de ello, no solamente se asocia a éstas, sino que habitualmente aparece vinculado a momentos, lugares e incluso a objetos. De esta forma, por simple o insignificante que parezca, si hemos disfrutado de algo en concreto, y sobretodo si hemos establecido un fuerte vínculo, su recuerdo puede evocarnos esta emoción. Además, resulta interesante tener en cuenta que puede ocurrir tanto de manera consciente como inconsciente, de tal forma que tengamos la sensación de no estar gozando de igual manera de algo que en alguna otra ocasión sí lo hizo. En este sentido, es importante preguntarnos qué es lo que nos está haciendo sentir de esta forma, lo cual puede permitirnos identificar aquello que realmente añoramos. 

En cuanto a las explicaciones que se han manejado para justificar la aparición de este fenómeno, encontramos diferentes propuestas; por ejemplo, cuando hemos pasado por un momento muy positivo o agradable y volvemos a la rutina, sea esta trabajo o simplemente al día a día, el contraste puede producir que queramos por un tiempo, sentirnos como antes. Por otro lado, el pasar por ciertos momentos negativos también puede precipitar que vayamos al pasado a recoger sensaciones positivas. En este sentido, el duelo puede jugar aquí un papel importante; el hecho de perder a alguien o algo automáticamente desemboca ciertas imágenes relacionadas. Todo ello pero, vinculado a la inversión emocional que hemos hecho por aquello que estamos recordando ahora, entendiendo que cuanto más acentuada y prolongada haya sido, más probable es que aparezca este sentimiento. Por último, también se ha relacionado con el hecho de estar descontento o infeliz con la vida actual, provocando que nos anclemos en algún punto del pasado.

Este último aspecto es de los más peligrosos, pudiendo precipitar la aparición de patologías como depresión. Así, en esta y otras patologías, una de las principales características es la preocupación constante por hechos del pasado, con sentimientos de culpa y tristeza por cosas que aparentemente deberían haberse hecho de otra manera, o que no deberían haber pasado. Por todo ello, algunas de las estrategias que pueden resultar útiles para manejar la añoranza son: 

  • Normalizar: A veces se nos puede olvidar, pero echar de menos es un sentimiento universal y más que común. Si no interfiere con nuestro día a día se considera incluso sano, ya que supone una muestra del vínculo que creamos con un estímulo específico.

  • Potenciar el presente: Si somos capaces de disfrutar, vivir y exprimir nuestros días como si fuera el último, podemos conseguir que los sentimientos que se basan más en el antes que en el ahora, se vayan reduciendo. Dentro de nuestras rutinas debemos intentar fortalecer todo aquello que vamos experimentando.

  • Aceptar los momentos: Cada etapa, cada situación tiene su momento. No es fácil aceptar que esto sea así, por lo que es importante mentalizarnos de que las cosas pasan, y de que es más que probable que incluso hayan momentos mejores. Algo así como “lo mejor está por venir”, sin menospreciar lo que ya hemos conseguido y vivido.

Junto a estas, existen diferentes mecanismos que pueden ayudarnos a comprender y manejar mejor esta emoción. Si te ha interesado el tema, o quieres recibir información sobre algún otro asunto que consideres importante para ti o para cualquier otra persona, ponte en contacto con nuestro centro, situado en Mataró. Nuestros profesionales de Psicología estarán encantados de atenderte. 

La mente humana es uno de los elementos más complejos que existen. Aunque se conoce mucho acerca de su funcionamiento, habiéndose descrito una multiplicidad increíblemente variada de fenómenos y alteraciones, algunos no pueden dejar de sorprendernos. Entre los más estudiados, están los problemas de memoria y de diferentes habilidades cognitivas. Lo más curioso, y como a continuación se verá, es que algunos de ellos parecen asociados a ciertos procesos o acontecimientos emocionales, por lo que tienen interés tanto desde la neurociencia, como desde la psicología y psiquiatría

La disociación se define como la división o desconexión entre elementos que habitualmente se encuentran vinculados o asociados entre sí. En este sentido, los Trastornos Disociativos representan un grupo de psicopatologías caracterizadas por alteraciones o fallos en la memoria, la identidad, la conciencia y/o la percepción. Así, conllevan una desconexión entre pensamientos, recuerdos y acciones que pueden provocar que la persona salga de la realidad de forma involuntaria, causando problemas graves en su funcionamiento diario, y pudiendo tener una duración de minutos a años. Además, aunque su prevalencia en la población general es relativamente baja (2-3%), frecuentemente aparecen ante sucesos potencialmente estresantes, y especialmente ante los traumáticos. Para comprender esto último se ha propuesto la idea de que, cuando sufrimos o estamos delante de un acontecimiento grave/extremo, nuestra mente necesita escapar o evadirse de eso, por su potente impacto emocional. Es decir, la disociación actuaría como un mecanismo de defensa. 

Es importante tener en cuenta, que la disociación en sí misma es dimensional, es decir, que no es cuestión de todo o nada sino que existe un continuo de gravedad. Por ejemplo, en su forma leve, podría ocurrir que estemos conduciendo y no seamos conscientes de haber recorrida los últimos 2 kilómetros. O justo acabar de dejar un objeto en algún sitio y no recordar dónde lo hemos puesto. En estos casos no hablaríamos de patología. En cambio, los cuadros que ahora expondremos, todos englobados dentro de la categoría de Trastornos Disociativos, sí suponen una alteración significativa, y principalmente por la limitación que suponen en la vida de la persona:

  • Amnesia disociativa: Supone la incapacidad para recordar información personal importante, no debida al olvido ordinario por el hecho de ser más extensa de lo normal. Habitualmente consiste en olvidar acontecimientos importantes. En esta, actualmente se puede especificar una alteración denominada fuga disociativa, fenómeno en el cual la persona recorre largas distancias y de repente se da cuenta de que no reconoce dónde está ni cómo ha llegado hasta allí.

  • Trastorno de identidad disociativo/Trastorno de Personalidad Múltiple: En este caso, hablamos de una perturbación en la cual se muestran en la persona 2 o más personalidades claramente definidas. Se acompaña de alteraciones en la afectividad, el comportamiento, la percepción, la memoria y el conocimiento. Así, podríamos decir que conviven en un mismo cuerpo, dos o más personas con sus respectivas realidades. 

  •  Despersonalización/Desrealización: Se caracteriza por la presencia de experiencias persistentes o recurrentes de irrealidad, distanciamiento o ser observador externo respecto uno mismo (despersonalización), o experiencias de irrealidad o distanciamiento respecto al entorno (desrealización). Acostumbra a aparecer en las crisis de pánico, las cuales principalmente se dan en los trastornos de ansiedad. Además, el sentido de realidad cuando se produce esta alteración suele estar intacto.  

Estas problemáticas, en su formato leve son bastante frecuentes. Como alteración, su prevalencia va progresivamente en aumento, lo cual evidencia la importancia de conocerlas y diseñar estrategias de intervención adecuadas. Si deseas conocer más, o te interesa algún otro tema, no dudes en ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos situado en Mataró. Estaremos encantados de ayudarte.