Nuestras vidas están repletas de decisiones, de acciones que nos llevan a conseguir aquello que queremos. Algunas pueden considerarse casi (por no decir completamente) automáticas; ponernos las zapatillas al levantarnos, abrir el armario de ropa, cambiar las marchas del coche… entre muchas otras. Éstas, se consideran rutinas aprendidas, las cuales debido a la práctica se realizan pudiendo incluso estar pensando en otra cosa. Seguro que si pensamos nos salen muchos ejemplos más. Otras decisiones pero, en cambio, implican un control consciente, reflexionar, y discernir entre alternativas para ver con cuál nos quedamos. 

En relación a lo último comentado, es probable que en ocasiones hayamos tenido problemas para elegir, o incluso para plantearnos o crear nuestras propias alternativas. Estas dificultades pueden aparecer por diferentes razones: 

  • Personas implicadas: Está claro que cuantas más personas estén implicadas en nuestra decisión, más nos va a costar plantear y elegir una. Además, aquí gana importancia el vínculo o la implicación emocional que tengamos con los otros (p.ej., no es lo mismo tomar una decisión familiar importante, que dónde nos vamos a tomar algo con los amigos). A más implicación emocional, mayor dificultad. 

  • Importancia del ámbito: Muy relacionado con la variable anterior, podemos ver como en función del entorno podemos dar mayor o menor importancia al proceso de decisión. Normalmente atribuimos mucha relevancia al ámbito laboral, ya que percibimos que tenemos mucho que perder. Este, puede verse superado por el ámbito de la salud, por ejemplo cuando alguien conocido o de nuestro entorno cercano sufre una enfermedad. Es importante ser conscientes de cómo afecta el ámbito en el que estamos.

  • Inmediatez: Cuánto más urgente es el asunto, más prioritario lo podemos percibir. A veces, incluso puede pasar este factor por encima de la relevancia. En este sentido, es común que nos queramos quitar cosas de encima antes de centrarnos en otros asuntos que pueden requerir más tiempo o esfuerzo.

  • Consecuencias e importancia percibida: Uno de los principales motivos por los cuales decidimos hacer algo, son los efectos que creemos que puede tener nuestra decisión, tanto para nosotros mismos como para los demás, y en sentido negativo y positivo. Este punto se encuentra muy ligado a la importancia que le otorgamos, ya que en principio cuanto mayor impacto o cambio, más relevancia le vamos a otorgar. 

  • Variables personales: Por último, siendo quizás la variable más relevante de todas las citadas, están nuestras propias características. Aquí entran aspectos como la inseguridad, la autoestima, la dependencia hacia los demás, el control y gestión emocional (ansiedad, estrés…), o la rigidez. En función de qué variables de nosotros mismos entren en juego, el proceso de toma de decisión puede ser más o menos complejo. Si analizamos cada una de las características citadas, podemos intuir fácilmente cuándo agilizaremos o no nuestra elección. 

El último punto expuesto nos lleva inevitablemente a remarcar la importancia de conocernos a nosotros mismos, de aprender de nuestras virtudes y limitaciones, de tal forma que consigamos un mayor control personal. Todo empieza por abrirnos a la experiencia de escucharnos y observarnos. Para ello, iniciar un proceso terapéutico puede beneficiarte y ayudarte a encontrar estrategias no solo para aprender a tomar decisiones de una forma más eficiente, sino para todo aquello que te preocupe o consideres mejorable. 

Los profesionales de nuestro centro, situado en Mataró, te proporcionarán toda la ayuda e información que necesites. Ponte en contacto con nosotros.

En ocasiones puede existir cierta reticencia a la hora de pedir ayuda a un profesional de la salud mental. Esto puede ocurrir por diferentes razones, entre las que se encuentran principalmente emociones como la vergüenza o el miedo, una percepción distorsionada o un concepto erróneo del rol del profesional, y el no saber cuándo debemos o no solicitar sus servicios. Esto provoca un cierto distanciamiento, perpetuando una situación que puede ser problemática, o simplemente quedándonos anclados en nuestra zona de confort, no permitiéndonos abrirnos al aprendizaje y crecimiento personal. 

En primer lugar, es muy importante tener en cuenta que las personas que acuden al psicólogo no solamente lo hacen porque tengan problemas, o les falten recursos para afrontar sus diferentes dificultades. Tampoco es necesario presentar una patología concreta (ansiedad, depresión…), y ni mucho menos que esta sea grave. Por lo contrario, podemos pedir ayuda simplemente para crecer como personas, para mejorar nuestro día a día, para ganar recursos y estrategias de cara a afrontar mejor diferentes situaciones que pueden incluso no provocarnos malestar, pero que consideramos que podemos gestionar de una mejor manera. A pesar de ello, a veces esperamos a sufrir un malestar significativo, el cual nos limita en casi todas las áreas de nuestras vidas. Por todo ello, no es necesario tener un problema, ni mucho menos esperar a tenerlo. 

Sea como sea, se trata de una decisión muy valiente, ya que implica que nos estamos cuestionando, que nos hemos autoobservado y hemos detectado aspectos mejorables, incongruencias en nuestra forma de ser o simplemente necesitamos profundizar en nosotros. Además, hemos decidido compartirlo, aun sin tener claro cómo gestionarlo, pero estamos dispuestos a intentarlo, y a iniciar un trabajo personal. Así pues, ir al psicólogo no es malo, extraño o vergonzoso, tan solo puede significar que:

  • Necesitamos aprender a gestionar y manejar mejor nuestras propias emociones.
  • Queremos hacer un proceso de crecimiento personal, porque quizás nos hemos dado cuenta de que podemos ser incluso mejores que ahora.
  • Necesitas superar o trabajar algún acontecimiento de nuestra vida, el cual ha generado en nosotros un impacto significativo.
  • Consideramos que podemos aprender nuevas habilidades y estrategias para afrontar las dificultades de nuestro día a día.
  • Somos valientes y nos queremos, y pedimos ayuda sin sentirnos avergonzados por ello, porque lo más importante es nuestro bienestar. 
  • Sabemos que sin salud mental no hay salud física.

El psicólogo es el profesional de la salud mental que trabaja para mejorar tu bienestar, partiendo de una situación problemática, o proporcionándote herramientas para simplemente fortalecer tus potencialidades. Desgraciadamente, todavía existe cierto estigma hacia la profesión y hacia aquellos que se atreven y piden ayuda. Sólo podemos romper con esta tendencia dando el paso y conociendo más tanto a esta magnífica profesión como a nosotros mismos. 

Los profesionales de nuestro centro están especializados en diferentes orientaciones, ofreciendo servicio de psicología y psiquiatría tanto a adultos como a población infantojuvenil. Si deseas conocernos, o crees que puede beneficiarte nuestra ayuda, ponte en contacto con nosotros, estaremos encantados de atenderte.

En ocasiones podemos ser nuestros peores enemigos. Podemos adoptar maneras de vernos a nosotros mismos y a los acontecimientos que consideramos útiles y adecuadas, pero que en realidad únicamente actúan como barreras y frenos para nuestro desarrollo. Entre estas se encuentra el pesimismo defensivo, el cual podemos conceptualizar como una estrategia cognitiva que consiste en adoptar unas bajas expectativas y metas ante situaciones futuras a afrontar, a pesar de haber tenido éxito o resultados positivos en otros momentos de la vida. 

De esta forma, las personas que adoptan este estilo de afrontamiento, anticipan resultados negativos sobre aquello que van a realizar, pudiendo incluso a veces ser catastróficos. Esto, genera una sensación ilusoria de cierto control, ya que si nos ponemos en el peor de los escenarios, de esta forma el impacto será menor, y ya habremos considerado casi todo lo negativo que puede pasar. Además, ante el éxito o resultado positivo, se sienten aliviados al haberse “ahorrado” o evitado aquello que temían, lo cual refuerza que en situaciones futuras vuelvan a adoptar este mecanismo. Todo ello se lleva a cabo cognitivamente, con minuciosos cálculos de probabilidades subjetivas para ganar esta sensación de seguridad. Pero todo lo contrario, lo único que conseguimos mediante esta estrategia es sufrir hasta que no llega la situación a afrontar. Debemos darnos cuenta que pensando en negativo, y desconfiando de lo que va a pasar y de nosotros mismos, permitimos que afloren síntomas de ansiedad, de estrés, de angustia y que nuestra autoestima se vea mermada. 

Así, este tipo de personas acostumbran a sentirse fuera de control, y focalizan su atención en las dificultades y resultados negativos posibles, incluso aunque parezcan poco probables. Por ello, los pesimistas defensivos invierten una gran cantidad de esfuerzo en tareas que ellos valoran como importantes, con tal de evitar el fracaso. Acostumbran a ser personas autoexigentes, perfeccionistas y altamente estructuradas y metódicas. Les cuesta tolerar la incertidumbre, y por ello buscan responder ya de manera anticipada a las posibles dudas. Todo ello, como podemos imaginar, lleva a poseer una sensación de inseguridad que puede llegar a ser significativamente limitante, y que incluso deteriore nuestro autoconcepto. 

Ciertas patologías como los trastornos de ansiedad (p.ej., el Trastorno de Ansiedad Generalizada) o los trastornos depresivos, son claros ejemplos donde aparece el pesimismo defensivo. A pesar de ello, no hace falta irnos al ámbito clínico para apreciarlo, ya que se trata de un mecanismo que muy posiblemente habremos utilizado todos y cada uno de nosotros en algún momento. Por ello, es importante comprender que es muy fácil que este se instale y permanezca, y que incluso vaya a más, lo cual precipitará más síntomas y mayor malestar. 

Todas nuestras estrategias de afrontamiento, maneras de pensar e incluso de sentir, guardan mucha relación con experiencias pasadas, con nuestra personalidad, y con nuestra educación e influencias sociales. Debemos considerar la multiplicidad de variables que afectan con tal de comprendernos mejor a nosotros mismos y a los demás. Si te interesa este o cualquier otro tema, en nuestro centro de psicología, en Mataró, te proporcionaremos toda la ayuda e información que necesites. 

Un ataque de pánico se define como la aparición súbita de miedo o de malestar intenso que alcanza su máxima intensidad en minutos y durante el cual se producen una serie de síntomas como pueden ser las palpitaciones, el temblor, la sudoración, náuseas, mareo, miedo a perder el control…entre otros. De esta forma, aparecen diferentes síntomas de ansiedad de manera inmediata, casi simultáneamente, y los cuales se desarrollan rápidamente hasta alcanzar un nivel elevado y significativo. Este episodio, cabe mencionar que puede producirse desde un estado de calma o desde un estado de ansiedad. Por ello, muchas personas informan de que parecen “caídos del cielo”, ya que sin estar haciendo nada especial, o pensando en algo que les preocupe, se producen los síntomas. 

Bien, cuando nuestro cerebro percibe un peligro (real o imaginario), automáticamente se pone en marcha el sistema de alarma; es decir, se activa una parte de nuestro sistema nervioso que provoca diversos cambios fisiológicos con los que nuestro organismo se prepara para afrontar el peligro: 

  • El cuerpo libera adrenalina y noradrenalina, que producen una sensación de nerviosismo e inquietud.
  • Aumenta la frecuencia y la fuerza de los latidos del corazón, así los músculos disponen de más sangre y eliminamos mejor las toxinas, con lo que nos resultaría más fácil atacar o huir. 
  • Hiperventilamos: es decir, respiramos más cantidad de aire y más deprisa, preparando también a nuestro cuerpo, para la lucha o la huida. La hiperventilación hace que dispongamos de más oxígeno en la sangre y que notemos ciertas sensaciones internas (lo podemos incluso comprobar en casa). 
  • La sangre se concentra en las áreas del cuerpo donde podría ser más necesaria en una situación de peligro. Por tanto, queda menos sangre en otras zonas, por ej., en las manos, pudiendo dar lugar a temblor, hormigueo, etc. 
  • Las pupilas se dilatan, con lo que estamos preparados para detectar mejor cualquier estímulo que pueda ser peligroso. Esto puede hacer que percibamos las cosas en forma extraña. 

Junto a todo esto, existe por supuesto la experiencia subjetiva de miedo, mediante el cual tendemos a huir y a querer ponernos a salvo. Sientes miedo y tiendes a huir para ponerte a salvo. Todos estos cambios, serían útiles y beneficiosos si nos encontráramos ante un peligro real. Pero, si en vez de tomarlos como algo «normal», pensamos que esas sensaciones son peligrosas, se activará aún más el sistema de alarma, y, por tanto, las sensaciones y el miedo aumentarán, cerrando así un circulo vicioso negativo.

Por todo ello, es importante que conozcamos los mecanismos que sigue la ansiedad, ya que únicamente de esta forma comprenderemos cómo funciona nuestro cuerpo cuando percibimos el peligro, y podremos controlar los diferentes síntomas.  

Si deseas recibir más información, y conocer más específicamente algunos datos sobre lo comentado, ponte en contacto con nuestro equipo de terapeutas situado en Mataró. Te proporcionaremos toda la información y ayuda que necesites.

A lo largo de toda nuestra vida, pasamos por situaciones que pueden resultarnos difíciles de superar, de afrontar. Incluso a lo largo de un mismo día podemos sufrir contrariedades que nos pongan a prueba, tanto a nivel emocional como físico. Así, a veces podemos sentirnos incapaces, o en cierta manera, hundidos por algún acontecimiento. En otras, en cambio, llegamos incluso a sorprendernos de lo fuertes que hemos sido. La variabilidad en el comportamiento y estado de ánimo que mostremos vendrá determinada, en gran parte, por el concepto aquí presentado, la resiliencia. 

Ésta se define como la capacidad que poseemos para afrontar y adaptarnos a las diferentes situaciones, especialmente cuando estas son menos favorables. Dicho de otro modo, se trataría del mecanismo que permite la superación de adversidades y el no quebrarnos emocionalmente. Sin embargo, cada uno de nosotros la tenemos en diferente grado, y esto refleja que no solo depende de mecanismos innatos, sino que podemos modificarla, aprenderla o moldearla. Así, las personas resilientes tendrían las siguientes características:

  • Autoobservación y detección: acostumbran a tener facilidad para encontrar la causa de sus problemas. Mediante el autoanálisis, procuran tener en cuenta cómo han afrontado conductual y emocionalmente las diferentes situaciones para que éstas no vuelvan a repetirse. Podríamos decir que con la experiencia fortalecen sus recursos. 

  • Gestión emocional: suelen mostrar una buena capacidad para manejar sus emociones. En este sentido, procuran que cuando éstas son especialmente negativas, no les invadan. Para ello, buscan el equilibrio entre aceptar su estado emocional y cambiarlo, tendiendo más a la modificación cuando el estado es especialmente negativo. 

  • Objetividad/realismo: Razonan rápidamente y encuentran alternativas realistas ante los diferentes acontecimientos. Este mecanismo está muy ligado con la capacidad anterior, ya que si tenemos pensamientos negativos o catastrofistas, normalmente aparecerán emociones negativas, pero si nuestra intepretación es más constructiva y tenemos en cuenta diferentes alternativas, probablemente nuestro estado de ánimo mejore. 

  • Autoconfianza y toma de decisiones: Son personas que tienen en cuenta sus posibilidades, y buscan potenciarlas por encima de todo. Ante la duda, focalizan la atención en sus habilidades y las ponen en marcha. Este segundo punto entroncaría la toma de decisiones. Cuanta más autoconfianza, muy posiblemente haya un plan de acción eficaz más rápido. 

Además de estas características, la resiliencia engloba otras como la empatía, la automotivación, el autorespeto… En algunas patologías, como en los problemas de autoestima, de ansiedad, y sobre todo en la depresión, aparecen claras dificultades en este proceso. Como hemos remarcado además, son habilidades que podemos potenciar, entrenar, mejorando así nuestra capacidad para hacer frente a los acontecimientos negativos. Si deseas formarte o potenciar esta importante habilidad, puedes ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Estaremos encantados de ayudarte y de proporcionarte todo aquello que necesites. 

A la hora de explicar y comprender los diferentes problemas psicológicos y emocionales, se han ido realizando diferentes propuestas, algunas de las cuales permiten delimitar mejor cuál puede ser la etiología y/o la explicación para el mantenimiento de algunas problemáticas. Entre ellas se encuentra la Sensibilidad a la Ansiedad, constructo propuesto por Reiss (1991) en su modelo denominado de expectativa de la ansiedad. 

Reiss entendía que los miedos estaban motivados por expectativas y por sensibilidades, los cuales explicaban el aumento y el mantenimiento de estos. Por un lado, las expectativas conformarían estimaciones, probabilidades de que suceda algo que teme la persona (p.ej., es probable que tenga un accidente de coche; no podré controlar mi miedo en la presentación de mañana). Las sensibilidades ayudarían a comprender el por qué lo tememos (p.ej., siento vergüenza cuando me equivoco delante de los demás). La sensibilidad a la ansiedad pues, haría referencia al “miedo a las sensaciones de ansiedad”, pudiendo considerar la persona que los síntomas que experimenta poseen consecuencias somáticas, psicológicas y sociales que pueden resultar peligrosas. De esta forma, una vez iniciados los síntomas, la persona pasaría a centrarse en éstos y en sus consecuencias, intensificando su gravedad, y por lo tanto aumentando progresivamente su malestar y su miedo. Podríamos decir que este término equivaldría al “miedo al miedo”. 

Así, diferentes investigadores han propuesto que la sensibilidad a la ansiedad puede ser un factor de riesgo para el desarrollo y mantenimiento de diferentes trastornos de ansiedad. Concretamente, se ha reconocido su papel en el trastorno de pánico, en el cual actúa intensificando las sensaciones corporales y predice la ocurrencia de más ataques de pánico. Además, también supone una vulnerabilidad para la agorafobia y la fobia social. Junto a estos, y más allá de los trastornos de ansiedad, actualmente se está relacionando con el consumo de sustancias y el Trastorno de Estrés Postraumático

La comprensión por parte de profesionales y pacientes de constructos como el aquí descrito, puede ayudar a la elaboración de tratamientos eficaces y clínicamente útiles, lo cual puede suponer un gran avance a la hora de mejorar la salud mental de las personas. Si quieres más información, o tienes cualquier duda al respecto, los psicólogos y psiquiatras de nuestro centro, en Mataró, te proporcionarán todo lo que necesites. Estaremos encantados de atenderte.

 

Podemos definir la autoestima como el concepto, la valoración, o el conjunto de sensaciones que tenemos sobre nosotros mismos, englobando pensamientos, sentimientos y actitudes. Constituye de esta manera un constructo dinámico, el cual puede estar formado por aspectos positivos y negativos. Por ello, puede ser alta en unos ámbitos (p.ej., nos sentimos competentes en el ámbito laboral) y baja en otros (p.ej., nos consideramos tímidos y con dificultades para relacionarnos en el área social). De esto debemos deducir que es importante trabajar en nosotros mismos para encontrar el equilibrio. 

En sí, debemos tener claro que poseer una baja autoestima no es sinónimo de patología mental, de trastorno. Se trata más de un problema que puede llegar a generar mucho malestar y sufrimiento. En este sentido, se puede traducir en inseguridad personal, lo cual precipita que no poseamos ese motor que nos mueva a perseguir nuestros objetivos, ya que difícilmente confiaremos en nuestras capacidades, y, por lo tanto, es posible que abandonemos nuestras metas y sueños. A pesar de ello, es cierto que esta circunstancia puede formar parte de otros problemas, quedando inherente a ciertos trastornos como pueden ser la depresión o los trastornos de la conducta alimentaria, donde la baja autoestima puede tener un papel clave para entender el desarrollo y curso de la problemática. 

Para potenciarla, en primer lugar hay que tener presente de que se trata de algo dinámico. Desde el nacimiento, y a través de la interacción y la creación de vínculos con nuestros padres y posteriormente con nuestros amigos y compañeros, vamos construyendo una imagen sobre nosotros mismos, incorporando constructos positivos, y en ocasiones negativos, y suprimiendo otros que pueden no resultarnos tan útiles. Es a través pues del aprendizaje y de la autoobservación mediante lo cual potenciamos nuestro autoconocimiento y la valoración que hacemos de nosotros mismos. Así, a continuación proponemos algunas estrategias que te pueden permitir alimentarla y potenciarla:

  • Autoobservación: El primer paso para mejorar es analizar, ver, ser conscientes de cómo somos, de quién somos, y principalmente de qué sentimos y cómo. Implica un ejercicio de introspección importante, el cual podemos llevar a cabo en nuestro día a día, atendiendo a nuestros comportamientos y en definitiva a todo aquello que nos caracterice. Este es el paso que nos permitirá pasar a los demás niveles. 

  • Identificar y transformar los automensajes: Es importante detectar cómo nos tratamos a nosotros mismos; si tendemos a castigarnos al realizar ciertas acciones o nos felicitamos y valoramos. En el caso en que nos juzguemos y maltratemos, debemos procurar transformar por mensajes constructivos que nos ayuden a sentirnos capaces y estables.

  • Rememorar experiencias positivas y crear de nuevas: Este es un ejercicio sumamente poderoso. Para potenciar sentimientos de autoeficacia y confianza, podemos procurar hacer un repaso de experiencias de éxito, de situaciones que hayamos conseguido afrontar de manera adecuada, y si son parecidas a las que nos esperan, mucho mejor. Otra alternativa es crearlas; para ello podemos planificar algo con lo que nos sintamos más o menos seguros y llevarlo a cabo. Recordemos que se trata constantemente de afrontar y de superarnos. 

Existen muchas más estrategias y ejercicios para fomentar la autoestima. Como vemos, esta tiene un poder especial, es nuestro motor para persistir en nuestras ideas y objetivos, y para adaptarnos al entorno. Si quieres conocer más sobre ella o te interesa trabajarla, en nuestro centro de psicología, ubicado en Mataró, te atenderemos y proporcionaremos toda la ayuda que necesites. No lo dudes, y llámanos.

Los humanos somos seres complejos. Estamos conformados por una serie de características y procesos que nos hacen únicos, y nos permiten una mejor adaptación al mundo que nos rodea. Entre este entramado de elementos, tenemos el maravilloso mundo de las emociones. Aunque en ocasiones nos sea difícil identificar, diferenciar e incluso experimentar algunas de ellas, uno de los aspectos más positivos en relación a ellas es que son comunes a la mayoría de nosotros, lo cual nos permite tener una mayor comprensión. 

Son muchos los autores que han investigado sobre estas, procurando determinar la cantidad, la funcionalidad y su carácter primario o secundario. Paul Ekman o Robert Plutchick son algunos de los investigadores con más experiencia en este campo. La mayoría coinciden en considerar 3 funciones básicas de las emociones: la adaptativa (ajustar el organismo a las nuevas condiciones del entorno o prepararlo para la acción), social (como forma de comunicarnos e influenciar en otros), y motivacional (tienen la capacidad de potenciar y dirigir la conducta). En cuanto a la cantidad, el consenso gira entorno a entre 4 y 8 emociones, dependiendo de si algunas se agrupan en una misma o de la terminología utilizada. Finalmente, a continuación diferenciaremos entre aquellas consideradas primarias y las secundarias:

  • Emociones primarias: alegría, enfado, miedo, tristeza, asco, confianza e interés. 
  • Emociones secundarias: vergüenza, culpa, orgullo, entusiasmo, satisfacción, desprecio, complacencia, placer. 

Es importante tener presente que esta clasificación no es exhaustiva, y existe controversia acerca de ella. A pesar de ello, podemos apreciar como las primeras son aquellas que quizás nos vienen más rápidamente a la mente, poseen un carácter más universal, y sobretodo son innatas a todo individuo. Las secundarias, en cambio, se pueden considerar aprendidas ya que las vamos adquiriendo en base a nuestras experiencias, y principalmente en la interacción con los demás. Si nos fijamos, y aunque las primeras también pueden aparecer en estas circunstancias, las segundas son probablemente más fáciles de imaginar en ejemplos con situaciones en las que están involucradas otras personas.  

Un aspecto clave a tener en cuenta es que todas ellas son válidas. Somos nosotros los que con nuestros juicios (p.ej., no puedo sentirme así, estar triste es horrible, no quiero tener miedo…) las etiquetamos e incluso aumentamos su intensidad. En el Trastorno de Pánico o en la Depresión por ejemplo, vemos claramente este proceso. Debemos ser conscientes de ello, y de intentar aceptarlas y gestionarlas para poder convivir con ellas sin que nos causen malestar. Métodos como el diario emocional, el cual nos puede permitir autoobservarnos pueden facilitarnos tener un mayor control sobre ello. 

Si deseas conocer más acerca de esta estrategia o de cualquier otra que consideres que te puede beneficiar, contacta con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró, te facilitaremos todo aquello que necesites. 

Todos nosotros tenemos formas distintas de vivir, y de sufrir la situación en la que estamos inmersos desde hace ya unas semanas. Durante este tiempo, podemos haber experimentado sensaciones y emociones diversas como miedo, angustia, rabia, impotencia… También es probable que algunos problemas en el hogar se hayan visto acentuados debido a la constante interacción que existe entre nosotros. Junto a estos, pero, debemos considerar también toda aquella gama de problemas, síntomas y trastornos que pueden aparecer o exacerbarse a raíz de este acontecimiento. 

Entre ellos, cobra una especial relevancia el Trastorno de Ansiedad por Separación. Esta patología se define como el miedo o ansiedad excesiva que se relaciona con la separación de aquellas personas por las que la persona siente apego. Se puede manifestar de diferentes maneras: con malestar cuando se prevé o se vive separación del hogar de las principales figuras de apego, con preocupación acerca de que puedan sufrir algún daño, rechazo a ir a la escuela o a cualquier otro lugar, miedo a estar solo… entre otros. Cabe recordar, que aunque anteriormente se consideraba que se manifestaba únicamente en niños y adolescentes, actualmente se acepta que puede aparecer también en adultos. 

Teniendo en cuenta pues, las características de esta problemática, podemos ver como la situación actual puede repercutir de manera muy significativa en su aparición. El hecho de que pasemos muchas horas en casa, inevitablemente provoca que el contacto entre nosotros y con nuestros hijos sea mayor. En ocasiones, la interacción puede ser positiva, y generarse dinámicas que potencien y fortalezcan nuestros vínculos. En otras pero, pueden aparecer hábitos poco saludables que provoquen una excesiva dependencia entre nosotros. De esta forma, aunque la interacción se de a menudo (incluso cuando no queremos comunicarnos o relacionarnos), es primordial seguir fomentando nuestra autonomía y la de los demás. Con ello, podemos prevenir futuros problemas como la dependencia. 

En caso de necesitar más información, o un tratamiento especializado en este o cualquier otro problema, puedes contactar con nosotros. Nuestro equipo está especializado en terapias como la Cognitivo-Conductual, el EMDR, o la Sistémica, entre otras. Llámanos y te atenderemos encantados. 

Las personas pasamos gran parte de nuestras vidas haciendo predicciones, y tomando decisiones en base a éstas. Actuamos como pequeños científicos que buscan cerciorarse de los acontecimientos, antes incluso de que pasen. Conforme vamos creciendo, vamos viendo que algunas de nuestras anticipaciones pueden cumplirse; desde algo simple como “si aprieto este interruptor se encenderá la luz”, a eventos más complejos como “si estudio mucho, sacaré mejor nota en el examen”. A partir de aquí, elaboramos un plan de acción que consideramos útil para llegar donde queremos, tanto a corto como a largo plazo. El problema es que en muchas ocasiones estas predicciones no se cumplen, y no solo eso, sino que pueden llegar a ser significativamente negativas. 

¿Cuándo pasa esto? Pues en situaciones como la que estamos viviendo actualmente. La incertidumbre, y el miedo, son unas de las fuentes más poderosas de creación de predicciones y anticipaciones. Nos cuesta tolerar no saber, no poder ver qué pasará, y por ello nos podemos pasar gran parte de nuestro tiempo imaginando posibles escenarios. Además, si lo hemos estado alimentando desde tiempo atrás, es posible que hayamos establecido un hábito. Por otro lado, sabemos que es particularmente difícil dejar la mente en blanco. En cierta manera, percibimos como más peligroso “dejar de pensar”, en comparación con pensar de manera negativa o incluso catastrófica. Esto es así debido a que cuando adoptamos la segunda opción, podemos tener la sensación de que nos preparamos para algo, de que si somos capaces de anticiparlo, estaremos más preparados para cuando pase. 

Nada más lejos de la realidad; la inmensa mayoría de veces, cuando pasa el acontecimiento que temíamos, lo sufrimos igual o incluso peor. Y si este no sucede, habremos estado un largo periodo de tiempo sufriendo en vano. En este sentido, habremos sufrido angustia, ansiedad, impotencia, frustración… Todo un conjunto de emociones y sensaciones perturbadoras que limitan nuestro disfrute vital y nuestro rendimiento en cada una de las áreas de nuestras vidas. Este fenómeno aparece especialmente en los trastornos de ansiedad, pero también es típico de ciertos trastornos de la personalidad como el Trastorno de la personalidad Obsesivo Compulsivo. 

Para afrontarlo y mejorarlo, es importante tener en cuenta que no debemos plantearnos eliminar o evitar nuestras predicciones, y por tanto, nuestra necesidad de control. Sino que es importante reducirlo, identificando cuándo lo estamos haciendo, porqué, y planteándonos alternativas que ayuden a contemplar opciones más realistas, constructivas y positivas ante un mismo acontecimiento. Orientaciones psicológicas como la Cognitivo-Conductual o la Sistémica pueden ayudarte mucho a potenciar estas habilidades. Ponte en contacto con nuestro equipo de terapeutas, situado en Mataró, y te facilitaremos todo aquello que necesites.