Formamos parte de un mundo donde las interacciones, la vida social, constituyen uno de los aspectos más definitorios y significativos de nuestra condición humana. La comunicación, y con ésta nos referimos no sólo al uso de palabras, sino al intercambio de mensajes (verbales y no verbales), resulta un vehículo primordial para la creación y el mantenimiento de vínculos. Todos los ámbitos (laboral, familiar, social…) requieren este componente, suponiendo una herramienta en nuestras vidas. Por esto, y aunque en ocasiones lo olvidemos y incluso consideremos que es mejor evitarlo, la comunicación entre todos los miembros es un elemento fundamental. 

En la línea de lo introducido, en primer lugar debemos tener en cuenta que “es imposible no comunicar”. Es decir, incluso cuando no tenemos ganas y nos encerramos en nuestra habitación, o evitamos la mirada, o incluso cuando nos vamos a dar una vuelta, ¡estamos comunicando! En este caso podríamos transmitir enfado, disgusto, desinterés, miedo…Emociones que habitualmente nos alejan de aquello que nos genera malestar. Ya simplemente con esto nos podemos hacer una idea de la relevancia de este proceso (la comunicación), pudiendo considerarlo casi todo inherente a él. Junto a esto, los errores o dificultades en la comunicación se pueden dar de dos formas: cuando no se comunica o cuando se hace de manera errónea o problemática. En el primero de los casos, hablamos de aquellas personas en las que predomina un estilo evitador de conflictos, en las que cada acostumbramos a querer solucionar el problema por nuestra parte, y dónde se transmite un clima de desconfianza hacia los demás, generando una tensión que acostumbra a perpetuarse y acentuarse con el tiempo. Esto puede predisponer y es característico de problemas como la depresión o la ansiedad, donde la represión de emociones es un aspecto característico. En la segunda opción, tenemos diferentes posibilidades; podemos encontrarnos con interacciones agresivas, dominantes o autoritarias, frías o distantes, o incluso vacías (se deja de lado el conflicto y se tocan temas banales). Evidentemente, la edad y rol que se tenga nos puede facilitar comprender el tipo de relación. Pero no por ello debemos justificar y mucho menos fortalecer ciertos comportamientos. 

En este sentido, la edad no debe ser un impedimento ni una excusa para mejorar la manera de relacionarnos. Tanto un niño pequeño como una persona mayor necesitan escuchar y ser escuchados. Pero eso sí, deberemos adaptar nuestros mensajes al momento evolutivo y al nivel de comprensión. A pesar de ello, existen unas pautas comunes que es importante conocer, recordar, y respetar: 

  • Escucha activa: Aunque pueda sonar sencillo, cuando estamos inmersos en nuestro día a día a veces se nos olvida. La predisposición y actitud de escucha, sin juzgar, puede favorecer un clima de confianza, de comodidad. Es cierto que todos lo echamos de menos en muchas situaciones, pero tener el recordatorio puede ayudarnos a priorizarlo en nosotros mismos, favoreciendo que también salga de los demás. 

  • Empatía y respeto: Comprender y respetar la opinión y las inquietudes del otro puede ser una de las tareas más arduas, y más cuando creemos que tenemos razón. Aunque esto sea así, ser flexibles y procurar entender cómo se siente el otro en todo momento, nos puede ayudar a enfrentarnos a la situación con más garantías de éxito, resolviendola de manera más eficiente. 

  • Asertividad: Podría decirse que las dos habilidades anteriores quedan englobadas aquí. Ser asertivo significa comunicar nuestros derechos y necesidades respetando y sin vulnerar las del otro. Requiere tomar conciencia de la importancia de exteriorizar nuestros pensamientos y emociones, por perjudiciales que nos parezcan. El poner sobre la mesa lo que nos preocupa o nos hace sentir mal facilita que los demás se hagan una idea de la situación, y además puede servirnos para sacar cierto malestar.

Existen diferentes pautas a tener en cuenta a la hora de comunicarnos. Debemos trabajarlo tanto a nivel verbal como no verbal. Los aquí expuestos son tres principios generales que es importante recordar. Si deseas complementar la información, o tienes alguna pregunta sobre este u otro tema, los psicólogos y psiquiatras de nuestro centro te proporcionarán todo lo que necesites. No lo dudes y llámanos!

El consumo de sustancias es uno de los problemas más importantes y prevalentes en nuestra sociedad. Decimos sustancias porque en éstas se incluyen aquellas consideradas legales, como el tabaco o el alcohol, como no legales (cocaína, cannabis, heroína…). De entrada, es importante no confundir legalidad con peligrosidad, tendiéndose a considerar como más inofensivas a las legales. El alcohol es la droga legal más consumida en nuestro país; observándose además un aumento progresivo e iniciándose cada vez a edades más tempranas. 

Aunque existen diferentes concepciones, a grandes rasgos podemos definir el alcoholismo como la enfermedad caracterizada por la intensa necesidad de ingerir alcohol, existiendo por tanto dependencia física, y manifestándose a través de diferentes síntomas de abstinencia cuando no es posible ingerirlo. Además, conforme más se consume, más dosis se necesita para conseguir el mismo estado de embriaguez, desarrollándose así la tolerancia. Es considerado por la Asociación Médica Estadounidense como una patología crónica, progresiva y mortal. Entre sus causas, se han propuesto diferentes explicaciones: por un lado, se ha indicado que quien tiene padres alcohólicos, posee una mayor probabilidad de desarrollar esta problemática, y especialmente cuando es el padre (25-50%). Por otro lado, existen diferentes factores psicosociales, como la ansiedad o la depresión, los cuales pueden favorecer que la persona acuda a estrategias como el consumo para mitigar el malestar. Junto a estos, se ha indicado que la adolescencia supone un periodo crítico y de vulnerabilidad. Cada vez son más los jóvenes que se inician a edades tempranas, y lo que empieza siendo por diversión puede acabar transformándose en un problema grave. 

En la línea de lo último comentado, a continuación se citan algunos de los problemas, y especialmente trastornos mentales producidos por el consumo de alcohol. 

  • Trastornos Agudos: Aquí se enmarcan aquellas problemáticas que se producen ante un consumo a corto o medio plazo. Entre ellas están la intoxicación alcohólica, el síndrome de abstinencia no complicado, el delirium tremens, la alucinosis aguda, los blackouts y los trastornos del sueño. Todos ellos aparecen de manera brusca, pero algunos se asocian a la toma de alcohol (intoxicación, alucinosis…) y otros a su abstinencia (delirium tremens, o síndrome de abstinencia no complicado). 

  • Trastornos crónicos: En este caso, hablamos de alteraciones que aparecen tras un consumo más continuado, haciéndolo de forma lenta e insidiosa, y considerándose además irreversibles. Entre ellas están las alteraciones cognitivas (principalmente trastornos intelectuales y pérdidas de memoria), la demencia alcohólica, la Encefalopatía de Wernicke y el Síndrome de Korsakoff. La mayoría, como vemos, se relacionan con problemas cognitivos. 

Existen dos problemáticas que conviene remarcar, ya que pueden aparecer en cualquier momento o fase. La primera de ellas se refiera a las alteraciones de la personalidad, donde se observa una clara tendencia a la irritabilidad, conductas agresivas, pérdida de control y deshinibición. La otra, y no menos importante, se refiere a las disfunciones sexuales. Así, el alcohol produce atrofia en las gónadas de ambos sexos (testículos y ovarios), generando trastornos eréctiles y disminución de la espermatogénesis en el hombre, y menor fertilidad en la mujer. Finalmente, además de todo lo comentado, indicar que el alcohol es la principal causa evitable de anomalías congénitas mentales y físicas. En este sentido, cuando una mujer lo consumo durante el embarazo, hay mucho riesgo de que el bebé sufra sus consecuencias, como por ejemplo el Síndrome de Alcoholismo Fatal, un trastorno crónico caracterizado por diferentes anomalías físicas y cerebrales. 

Se ha intentado proporcionar una aproximación a las principales alteraciones asociadas al alcoholismo, citando aquellas más significativas. Todo lo citado evidencia la importancia de su prevención, ya que como se ha indicado al inicio, tendemos a normalizarlo y a infravalorar sus importantes consecuencias. A pesar de esto, si deseas conocer algunas de las alteraciones de forma más específica, o quieres resolver cualquier otra duda, ponte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Te ayudaremos y facilitaremos toda la información que necesites. 

Los humanos somos seres complejos, quizás la especie más compleja que existe. No solo presentamos diferencias entre nosotros, sino que incluso podemos variar nosotros mismos en el transcurso del tiempo, en diferentes ambientes, e incluso ante diferentes personas.  Esto nos tiene que hacer ver la relevancia de tener en cuenta todas y cada una de nuestras características a la hora de comprender tanto nuestras conductas como nuestro estado emocional. Así, a nivel patológico sucede lo mismo; conviene considerar un gran número de variables, seleccionar aquellas más relevantes y trabajar para mejorar tanto el diagnóstico como la intervención aplicada. En este sentido, son diferentes los sistemas usados para clasificar los diferentes trastornos mentales, todos ellos buscando ofrecer un sistema exhaustivo y representativo de las diferentes problemáticas que sirva para potenciar lo comentado. A pesar de ello, no son pocos los casos que comparten características para más de una categoría, siendo uno de los principales los Trastornos de la Conducta Alimentaria.

Dentro de esta amplia problemática, se ha visto que las personas, y en especial los niños, no sólo pueden cumplir criterios para más de una categoría, sino que en ocasiones presentan características de muchos pero sin llegar a tener todas los necesarios para definir una, por lo que se acostumbran a englobar dentro de el subtipo llamado “Trastorno alimentario no especificado”. Ante esta situación, nacen propuestas como la del Great Osmond Street, en Inglaterra. Este grupo de trabajo recoge los problemas alimentarios que, a su juicio, se dan en niños y adolescentes con mayor frecuencia. Para ello, tienen en cuenta que únicamente el 50% de los niños de entre 7 y 15 años exhiben criterios según los métodos de clasificación tradicionales. Así, a parte de la Anorexia y la Bulímia Nerviosa, proponen las siguientes categorías:

  • Ingesta Selectiva: Este trastorno tiene como característica principal la restricción del repertorio de alimentos durante un periodo prolongado (como mínimo 2 años). Además, se acompaña de una falta de deseo por probar nuevos alimentos. Conviene recordar, que en ciertas etapas, especialmente en la etapa preescolar, el niño puede rechazar diferentes alimentos y centrarse en unos pocos, pero sólo deberá preocuparnos si persiste en el tiempo y si le deficiencia nutritiva es significativa. Junto a esto, esta alteración se acostumbra a presentar con otros problemas como el Autismo o la Discapacidad Intelectual. 

  • Trastorno Emocional de Evitación Alimentaria: Se define, paradójicamente, como el trastorno que implica evitación de la alimentación, en ausencia de un trastorno afectivo primario. Se añade, además, que debe existir una pérdida de peso. Esto no sorprende considerando que la persona rechaza activamente el hecho de comer. 

  • Disfagia funcional: En este caso, aparte de presentar una clara evitación de alimentos, la persona experimenta un gran miedo a atragantarse o vomitar, lo cual acostumbra a ser la causa del rechazo alimentario. Por ello, procuran no ingerir principalmente alimentos sólidos, aunque los casos más graves pueden tener dificultades incluso con los líquidos. 

  • Síndrome de Rechazo Alimentario: Podría considerarse uno de los más graves, de los aquí especificados. Esto es así debido a que no solamente existe un profundo rechazo a comer y beber, sino también a andar, hablar e incluso a cuidar de sí mismo. Un aspecto importante además, reside en el hecho de que los niños y niñas que sufren esta patología se resisten a los esfuerzos que se realizan para cuidarlos, lo cual dificulta no solamente que sigan las pautas de padres o cuidadores, sino también que se adhieran a una intervención terapéutica.

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria no son los únicos en los que se han propuesto alternativas. Poco a poco la comunidad científica considera en mayor medida que las patologías muestran una gran heterogeneidad en función de la persona que las sufre, y procura definir criterios más dimensionales, que permitan una mayor flexibilidad a la hora de diagnosticar, y consecuentemente de intervenir. 

En nuestro centro de psicología podrás encontrar profesionales que te ayudarán a profundizar sobre este o cualquier otro tema, proporcionándote una atención individual y personalizada. Si tienes cualquier pregunta, no dudes en ponerte en contacto con nosotros.  

Los seres humanos estamos compuestos de un entramado de sensaciones, pensamientos y emociones increíblemente amplios, y en ocasiones complejos. Entre ellos, el echar de menos, nostalgia o melancolía, resulta uno de los más frecuentes, y sin ser para nada patológico, en ocasiones puede resultarnos difícil de gestionar y ocasionarnos cierto malestar. Por ello, conviene recordar de dónde viene este fenómeno, por qué y cuándo se produce, y cómo gestionarlo en caso de suponer una limitación para nuestro día a día. 

Así pues, hablamos de un sentimiento que surge cuando recordamos algún aspecto positivo del pasado, siendo este reciente o lejano. Se trata de una sensación universal que todos nosotros experimentamos. Refleja el vacío que en ocasiones sentimos, habitualmente asociado a personas, rememorando ciertos momentos agradables con ella/s. A pesar de ello, no solamente se asocia a éstas, sino que habitualmente aparece vinculado a momentos, lugares e incluso a objetos. De esta forma, por simple o insignificante que parezca, si hemos disfrutado de algo en concreto, y sobretodo si hemos establecido un fuerte vínculo, su recuerdo puede evocarnos esta emoción. Además, resulta interesante tener en cuenta que puede ocurrir tanto de manera consciente como inconsciente, de tal forma que tengamos la sensación de no estar gozando de igual manera de algo que en alguna otra ocasión sí lo hizo. En este sentido, es importante preguntarnos qué es lo que nos está haciendo sentir de esta forma, lo cual puede permitirnos identificar aquello que realmente añoramos. 

En cuanto a las explicaciones que se han manejado para justificar la aparición de este fenómeno, encontramos diferentes propuestas; por ejemplo, cuando hemos pasado por un momento muy positivo o agradable y volvemos a la rutina, sea esta trabajo o simplemente al día a día, el contraste puede producir que queramos por un tiempo, sentirnos como antes. Por otro lado, el pasar por ciertos momentos negativos también puede precipitar que vayamos al pasado a recoger sensaciones positivas. En este sentido, el duelo puede jugar aquí un papel importante; el hecho de perder a alguien o algo automáticamente desemboca ciertas imágenes relacionadas. Todo ello pero, vinculado a la inversión emocional que hemos hecho por aquello que estamos recordando ahora, entendiendo que cuanto más acentuada y prolongada haya sido, más probable es que aparezca este sentimiento. Por último, también se ha relacionado con el hecho de estar descontento o infeliz con la vida actual, provocando que nos anclemos en algún punto del pasado.

Este último aspecto es de los más peligrosos, pudiendo precipitar la aparición de patologías como depresión. Así, en esta y otras patologías, una de las principales características es la preocupación constante por hechos del pasado, con sentimientos de culpa y tristeza por cosas que aparentemente deberían haberse hecho de otra manera, o que no deberían haber pasado. Por todo ello, algunas de las estrategias que pueden resultar útiles para manejar la añoranza son: 

  • Normalizar: A veces se nos puede olvidar, pero echar de menos es un sentimiento universal y más que común. Si no interfiere con nuestro día a día se considera incluso sano, ya que supone una muestra del vínculo que creamos con un estímulo específico.

  • Potenciar el presente: Si somos capaces de disfrutar, vivir y exprimir nuestros días como si fuera el último, podemos conseguir que los sentimientos que se basan más en el antes que en el ahora, se vayan reduciendo. Dentro de nuestras rutinas debemos intentar fortalecer todo aquello que vamos experimentando.

  • Aceptar los momentos: Cada etapa, cada situación tiene su momento. No es fácil aceptar que esto sea así, por lo que es importante mentalizarnos de que las cosas pasan, y de que es más que probable que incluso hayan momentos mejores. Algo así como “lo mejor está por venir”, sin menospreciar lo que ya hemos conseguido y vivido.

Junto a estas, existen diferentes mecanismos que pueden ayudarnos a comprender y manejar mejor esta emoción. Si te ha interesado el tema, o quieres recibir información sobre algún otro asunto que consideres importante para ti o para cualquier otra persona, ponte en contacto con nuestro centro, situado en Mataró. Nuestros profesionales de Psicología estarán encantados de atenderte. 

La mente humana es uno de los elementos más complejos que existen. Aunque se conoce mucho acerca de su funcionamiento, habiéndose descrito una multiplicidad increíblemente variada de fenómenos y alteraciones, algunos no pueden dejar de sorprendernos. Entre los más estudiados, están los problemas de memoria y de diferentes habilidades cognitivas. Lo más curioso, y como a continuación se verá, es que algunos de ellos parecen asociados a ciertos procesos o acontecimientos emocionales, por lo que tienen interés tanto desde la neurociencia, como desde la psicología y psiquiatría

La disociación se define como la división o desconexión entre elementos que habitualmente se encuentran vinculados o asociados entre sí. En este sentido, los Trastornos Disociativos representan un grupo de psicopatologías caracterizadas por alteraciones o fallos en la memoria, la identidad, la conciencia y/o la percepción. Así, conllevan una desconexión entre pensamientos, recuerdos y acciones que pueden provocar que la persona salga de la realidad de forma involuntaria, causando problemas graves en su funcionamiento diario, y pudiendo tener una duración de minutos a años. Además, aunque su prevalencia en la población general es relativamente baja (2-3%), frecuentemente aparecen ante sucesos potencialmente estresantes, y especialmente ante los traumáticos. Para comprender esto último se ha propuesto la idea de que, cuando sufrimos o estamos delante de un acontecimiento grave/extremo, nuestra mente necesita escapar o evadirse de eso, por su potente impacto emocional. Es decir, la disociación actuaría como un mecanismo de defensa. 

Es importante tener en cuenta, que la disociación en sí misma es dimensional, es decir, que no es cuestión de todo o nada sino que existe un continuo de gravedad. Por ejemplo, en su forma leve, podría ocurrir que estemos conduciendo y no seamos conscientes de haber recorrida los últimos 2 kilómetros. O justo acabar de dejar un objeto en algún sitio y no recordar dónde lo hemos puesto. En estos casos no hablaríamos de patología. En cambio, los cuadros que ahora expondremos, todos englobados dentro de la categoría de Trastornos Disociativos, sí suponen una alteración significativa, y principalmente por la limitación que suponen en la vida de la persona:

  • Amnesia disociativa: Supone la incapacidad para recordar información personal importante, no debida al olvido ordinario por el hecho de ser más extensa de lo normal. Habitualmente consiste en olvidar acontecimientos importantes. En esta, actualmente se puede especificar una alteración denominada fuga disociativa, fenómeno en el cual la persona recorre largas distancias y de repente se da cuenta de que no reconoce dónde está ni cómo ha llegado hasta allí.

  • Trastorno de identidad disociativo/Trastorno de Personalidad Múltiple: En este caso, hablamos de una perturbación en la cual se muestran en la persona 2 o más personalidades claramente definidas. Se acompaña de alteraciones en la afectividad, el comportamiento, la percepción, la memoria y el conocimiento. Así, podríamos decir que conviven en un mismo cuerpo, dos o más personas con sus respectivas realidades. 

  •  Despersonalización/Desrealización: Se caracteriza por la presencia de experiencias persistentes o recurrentes de irrealidad, distanciamiento o ser observador externo respecto uno mismo (despersonalización), o experiencias de irrealidad o distanciamiento respecto al entorno (desrealización). Acostumbra a aparecer en las crisis de pánico, las cuales principalmente se dan en los trastornos de ansiedad. Además, el sentido de realidad cuando se produce esta alteración suele estar intacto.  

Estas problemáticas, en su formato leve son bastante frecuentes. Como alteración, su prevalencia va progresivamente en aumento, lo cual evidencia la importancia de conocerlas y diseñar estrategias de intervención adecuadas. Si deseas conocer más, o te interesa algún otro tema, no dudes en ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos situado en Mataró. Estaremos encantados de ayudarte. 

 

Nos encontramos inmersos en un mundo en constante movimiento, donde los días pasan como horas, y las horas como segundos. La rutina, las responsabilidades y sobretodo las preocupaciones (como seguidamente veremos), nos mantienen entretenidos la mayor parte del tiempo, y cuando miramos para atrás, en ocasiones nos damos cuenta que hemos ido viviendo de una forma casi ausente, con el modo automático permanentemente conectado. Por ello, merece la pena recordarnos ciertos aspectos de la importancia de vivir y mejorar nuestro momento actual, de tal forma que sintamos que nos adueñamos y conectamos con nuestro día a día. 

Así pues, son diversos los factores que explican nuestra dificultad mantenernos anclados en el “ahora”; entre ellos, como hemos dicho la cantidad de actividades facilitan que tengamos la sensación de que todo sucede muy rápido. Hoy en día es difícil no llevar un ritmo frenético, ya que tenemos muchas cosas que hacer y en diferentes ámbitos: objetivos en el trabajo, vida familiar, encuentros sociales, ocio…Pero si tomamos conciencia, y sobretodo valorando nuestras posibilidades, es posible que nos demos cuenta de que quizás hay ciertas cosas que podemos permitirnos flexibilizar e incluso dejar de hacer. Tener en cuenta algo así “como quién mucho abarca poco aprieta”. Es cierto pero, que existen ciertos impedimentos, pero es importante valorar aquello que es imprescindible o prácticamente imposible de abandonar, y aquello otro más accesorio. En este sentido, si nos adentramos en nuestra forma de afrontar las diferentes situaciones, es posible que podamos identificar que estamos dedicando demasiado tiempo tanto física como mentalmente a ciertas cosas, lo cual únicamente hace que rindamos peor en aquellas que requieren más atención ahora mismo. 

Uno de los casos más extremos y a la vez más recurrentes en todos nosotros, es nuestra tendencia a focalizarnos mucho más en el pasado o en el futuro en comparación con el presente. Nos pasamos gran parte de la vida intentando solucionar o controlar cosas que ya han pasado (p.ej., a través del recuerdo, el remordimiento o la culpa), o que todavía están por suceder, como por ejemplo una reunión de trabajo, un examen, e incluso en no pocas ocasiones, cosas que es muy poco probable que sucedan. Esto es especialmente característico de ciertos problemas psicológicos como la depresión o la ansiedad. Además, habitualmente se relaciona con la supervivencia, argumentándose que nos aporta cierta seguridad situarnos en el peor de los escenarios para así tener la sensación de estar más preparados por si sucede. Pero todo lo contrario, lo único que estamos consiguiendo preocupándonos es aumentar nuestro malestar diario, fatigándonos, y por lo tanto repercutiendo negativamente en la realización de todo lo que vamos haciendo. 

Por ello, algunas de las estrategias para potenciar centrarnos en el presente son: normalizar y minimizar nuestras preocupaciones, procurar atender y valorar cada momento, hacer un repaso al finalizar el día, identificar cuándo conectamos más con el antes y el después que con el ahora, utilizar un mensaje o señal para volver “aquí”. Estas y otras alternativas facilitan que regresemos al momento actual, y sintamos que exprimimos más nuestras vidas. Aun así, requieren continuidad y práctica para que se automaticen. Por ello, es importante concienciarnos y empezar cuanto antes a aplicarlo. 

Intervenciones como el Mindfulness trabajan especialmente esta habilidad, suponiendo el principal de sus objetivos. Si deseas recibir información o te gustaría empezar una intervención específica, ponte en contacto con nuestro equipo de psicólogos de Mataró. Te facilitaremos todo lo que necesites. 

Este síndrome se puede producir cuando se han acabado las vacaciones y tenemos que volver al trabajo o incluso, puede empezar a afectar los últimos días de las vacaciones, cuando la persona empieza a ser consciente que las vacaciones que han estado tan anheladas durante todo el año están llegando a su fin.

Este síndrome está caracterizado por una sensación de tristeza, apatía, fatiga o sensación de falta de energía e incluso irritabilidad y sentimientos de angustia. 

Este síndrome no es una enfermedad mental, sino que se trata más bien de un proceso adaptativo que puede ser más o menos costoso para la persona que lo sufre.

Por norma general no acostumbra a durar más de dos semanas, y son realmente muy pocas las personas que piden ayuda profesional por esta cuestión. Si los síntomas agudos duran más de un mes hay que consultar con un psicólogo, puesto que podríamos estar ante un trastorno de ansiedad generalizada o desembocar en un estrés crónico.

QUIÉN ES MÁS VULNERABLE A SUFRIR EL SÍNDROME POSTVACACIONAL?


Hay varias características que hacen que una persona tenga mayor probabilidad de desarrollar este síndrome y son los siguientes:


– Personas con una baja tolerancia a la frustración, es decir, personas que ante situaciones que no son las deseadas o no son cómo querrían, reaccionan con sentimientos de impotencia y se “desajustan” emocionalmente”.

– Personas que tienen un entorno de trabajo muy negativo.

– Personas a quienes no les gusta el trabajo que desarrollan, bien por el exceso de trabajo o la falta de este, porque son trabajos repetitivos o cualquier otro motivo que genere desagrado al trabajo.

– Personas que tienen mala relación con su jefe inmediato y se sienten poco valorados y reconocidos en el trabajo.

– Aquellos que disfrutan de vacaciones muy largas.

– Personas vulnerables al estrés y/o a los cambios.



ALGUNOS CONSEJOS PARA COMBATIR EL SÍNDROME POSTVACACIONAL


Lo mejor, como siempre, es la prevención. A continuación os damos algunos consejos para afrontar de la mejor manera posible el retorno al trabajo después de las vacaciones:


– Es muy importante no volver de las vacaciones el día anterior al retorno al trabajo, si no, no tendremos suficiente tiempo para prepararnos física y psicológicamente para la vuelta al trabajo.

– Hay que dedicar los días previos al retorno de las vacaciones para hacer una adaptación gradual, haciendo especial énfasis en los horarios. Hacer una adaptación gradual de la hora de ir a dormir y de levantarnos nos facilitará enormemente que el retorno sea más fácil.

– Lo ideal sería poder incorporarnos al trabajo a media semana (entre miércoles y viernes), de forma que en pocos días vengan de nuevo los dos días de descanso del fin de semana para favorecer este retorno gradual.

– No romper completamente con lo que hacíamos en las vacaciones y que nos hacía sentir tan bien. Que volvemos al trabajo, no significa que no podamos ir a la playa a las 8 de la tarde a hacer un baño y volver bien fresquitos a casa para preparar la cena y prepararnos para el día siguiente.

– Graduar la intensidad de las tareas a desarrollar en el trabajo. Si es posible, dedicarnos en primer lugar a las tareas más agradables.

– Puede ayudar planificar alguna pequeña escapada el primer fin de semana después de volver al trabajo.

– La actitud es la clave: ser agradecido de tener trabajo y focalizarnos en los aspectos positivos del lugar de trabajo es clave. Hay que tener en cuenta que los pensamientos negativos sobre el trabajo son los responsables de las emociones negativas como el desánimo y el mal humor, por lo tanto, hay que generar pensamientos positivos sobre el trabajo como por ejemplo “no todo el mundo es tan afortunado de tener trabajo como yo” “me reencontraré con los compañeros y haciendo el café podremos compartir las experiencias de las vacaciones” “si las vacaciones duraran para siempre, no se disfrutarían tanto” “es importante que vuelva al trabajo, las tareas que desarrollo son importantes”. 


LO MÁS IMPORTANTE ES RECORDAR QUE LAS VACACIONES NO EXISTIRÍAN SIN EL TRABAJO, ASÍ QUE AL TRABAJO HAY QUE VALORARLO TANTO COMO A LAS VACACIONES.

La Psicooncología es la rama de la psicología que se encarga de la evaluación, el tratamiento y el soporte tanto de las personas afectadas de cáncer, como de sus familiares y del equipo terapéutico involucrado. Por ello, esta especialidad se situaría en un punto medio entre la Psicología y la Medicina. Así, a diferencia del psicólogo clínico, el psicooncólogo posee conocimientos concretos sobre el proceso del cáncer, conoce sus características y los tratamientos, y además tiene formación en las diferentes intervenciones psicológicas eficaces para posibilitar el manejo de las dificultades y los cambios que se producen por la enfermedad.

El profesional, junto a los demás especialistas, realizarán un trabajo integrativo y en colaboración, en el que se aborden diferentes aspectos: el componente emocional, el comportamental, la comunicación constante y adecuada, y de las estrategias de afrontamiento de la enfermedad tanto del propio paciente como de la familia y de su entorno. El proceso de intervención que se llevará a cabo depende del curso y la evolución que siga la enfermedad. A pesar de ello, podemos distinguir diferentes momentos en los que este tipo de tratamiento puede ser más necesario:

Evaluación/Diagnóstico: Es uno de los momentos que genera más incertidumbre, y donde además tanto la família como el paciente pueden experimentar un impacto psicológico y emocional muy significativo, lo cual provoca que aparezcan sentimientos de miedo, culpa, rabia, entre otros. Aquí la intervención sobre todo se centrará en identificar las necesidades emocionales y psicosociales, orientando en el correcto manejo de éstas, y en potenciar diferentes estrategias de afrontamiento para facilitar la sensación de control.

Tratamiento: La intervención médica de la propia enfermedad no es un proceso fácil. La continuidad y el compromiso son aspectos claves. Además, los efectos secundarios de éste pueden alterar la calidad de vida de la persona. El psicooncólogo buscará profundizar en adoptar un afrontamiento eficaz y adecuado para permitir la adaptación. Aquí existen diferentes alternativas como la Reestructuración Cognitiva, los grupos de apoyo, la relajación o el Counseling.

Fase libre de enfermedad: En esta etapa debemos centrarnos en el miedo. Este puede traducirse en preocupaciones por la posible reaparición de la enfermedad, entre otros motivos debido a la frecuente supervisión y control médico que implica. En un primer momento es necesario normalizar esta experiencia emocional, para proseguir con un acompañamiento continuo y en estrategias para mejorar y vivir el presente. En esta fase también se habla de otro momento, la supervivencia; en este sentido, aunque la enfermedad no esté presente, pueden aparecer dificultades de adaptación por las secuelas del proceso. Por lo tanto, aquí deberemos mejorar la resiliencia tanto de la persona como de la família.

Recidiva: Hablamos aquí de la posibilidad de que regrese la enfermedad. En este momento el impacto emocional puede ser muy acentuado, apareciendo incluso sintomatología ansiosa o depresiva. Aquí se deberá intervenir específicamente sobre estos síntomas, recordando algunas de las habilidades y estrategias que se abordaron en un inicio.

Final de vida: Es una etapa donde los miedos se intensifican, y con ellos otras emociones como la agresividad o la tristeza. Afrontar la muerte no resulta fácil, por lo que se debe contar con un apoyo emocional continuo, tanto a la familia como a la propia persona, centrándonos en sus necesidades y en acompañarlo a lo largo del camino.

Por todo lo comentado, el papel del psicooncólogo es cada vez más importante, y sobre todo teniendo en cuenta la prevalencia de esta enfermedad. Los cambios producidos por esta evidencian la importancia de una tratamiento multidisciplinar e integrativo, en el que el equipo terapéutico y la familia colaboren para afrontar de la mejor manera este árduo proceso. Si deseas recibir más información al respecto, contacta con nosotros. Los profesionales de nuestro centro, en Mataró, te atenderán y te resolverán las dudas que tengas.

El término que proponemos se define como la ausencia de conciencia, por parte de la persona, de su propia enfermedad o incapacidad. En un primer momento se vinculó especialmente a pacientes neurológicos, proponiendo que consistía en una situación patológica que sufrían algunos de ellos al no tener percepción de sus déficits cognitivos. Así, es cierto que aparece de manera más prominente o clara en patologías como la Enfermedad del Alzheimer, el Síndrome de Korsakoff, y en diferentes trastornos cognitivos. Aun así, y como a continuación veremos, cada vez son más las patologías (especialmente psicológicas) en las que aparece esta problemática, por lo que conviene conocer sus características y especialmente su repercusión.

En la línea de la último comentado, aunque hablamos de una problemática que puede aparecer en mayor o menor medida en muchas complicaciones, los trastornos psicológicos en los que se ve reflajada de manera más prominente son la Esquizofrenia, los Trastornos de Personalidad, el Autismo (Trastorno del Espectro Autista) e incluso en ciertos problemas de conducta. En este sentido, los manuales de clasificación diagnóstica han empezado a añadir especificadores para indicar el grado de conciencia de enfermedad de la persona. También hay que tener en cuenta, y como aspecto mucho más común, que en la mayoría de ocasiones, dentro de las problemáticas puede haber ciertos aspectos de los cuales la persona no es consciente, pero que pueden tener consecuencias tanto para ella como para los demás. De este modo, la anosognosia puede aparecer en problemas muy diversos, en población adulta e infantil, y tanto en casos graves como leves, asociándose más a los primeros.

Como se habrá podido intuir, uno de los rasgos más prominentes y a la vez constituyendo casi la principal dificultad, es la falta de sufrimiento por parte de la persona. Si no me pasa nada, ¿para qué tratarme?. Esto debemos diferenciarlo de la negación, en la cual existe conciencia de enfermedad, pero la persona no admite la situación. Es decir, en este caso nos enfrentamos a una total ausencia tanto de conocimiento, como de sufrimiento. Por ello, es importante tener en cuenta la repercusión que esto tiene tanto a nivel individual, como familiar. En el primero de los casos, al no ser consciente de la gravedad, la persona puede llevar a cabo conductas de riesgo que pongan en peligro su salud. Junto a esto, son numerosos los casos que no se vinculan e incluso que no acuden a tratamiento, y que cuando lo hacen, no cumplen con las recomendaciones del terapeuta debido a la creencia de que “ya están bien como están”. Por otro lado, es clara la repercusión que posee a nivel familiar y social. Así, son estos los que acostumbran a sufrir el problema, procurando (muchas veces en vano), ayudar en la medida de lo posible; muchas veces tratando de convencer de que existe un problema o una patología, otras remarcando cómo se sienten, etc. Todo ello genera tensiones y a menudo discusiones por la difícil gestión de la situación.

Por todo lo comentado, ante estos casos conviene intervenir lo más pronto posible, procurando vincular al paciente a un seguimiento terapéutico específico y trabajando mucho con las familias y personas cercanas con tal de dotar estrategias para afrontar posibles situaciones problemáticas. Los psicólogos y psiquiatras de nuestro centro, en Mataró, pueden darte más información acerca de este o cualquier otro tema que te preocupe o interese. No dudes en ponerte en contacto con nosotros, te ayudaremos a resolver tus dudas.

Vivimos en un mundo social. Nos encontramos inmersos en un entorno donde las relaciones e interacciones con los demás son constantes, y éstas nos permiten crearnos una imagen tanto de la gente y contexto que nos rodea, como de nosotros mismos y de nuestra competencia en relación a ellos. En ocasiones pero, aparecen situaciones que nos pueden dificultar mucho iniciar y/o mantener estos vínculos, siendo uno de los casos más frecuentes, el miedo al rechazo. Este pero, como a continuación se verá, puede aparecer “camuflado” en forma de muchos otros miedos, preocupaciones o problemáticas.

Este temor aparece cuando nos sentimos evaluados o juzgados por los demás. Así, algunas de las situaciones donde puede surgir son por ejemplo, al pedir un favor a alguien, al declarar nuestro amor a una persona, al solicitar un aumento de sueldo, etc. Entre las situaciones más prototípicas conviene resaltar el miedo a hablar en público. Esto provoca diferentes tipos de respuesta, pudiendo hacer que la persona sacrifique sus deseos y necesidades con tal de ser aceptada, o bien que opte por evitar exponerse a situaciones en las que perciba o sienta que la puedan juzgar o evaluar. En base a esto, es posible que nos haya venido alguna experiencia personal en la que esto haya sucedido, lo cual refleja que en cierta manera, y en menor o mayor intensidad, casi todos hemos podido experimentarlo, por lo que podemos concluir que todos poseemos una cierta necesidad de aprobación. Pero se transforma en problemática cuando supone una limitación importante para la persona, generando malestar y preocupación constante.

Pero ¿de dónde proviene este temor? ¿por qué aparece? Existen diferentes hipótesis al respecto, las cuales podríamos englobar en dos principales: la innata (o evolutiva), y la adquirida (o aprendida). En el primero de los casos, se sugiere que poseemos una cierta tendencia innata a querer ser aceptados por los demás, ya que en el pasado, estar solo podía tener graves consecuencias. Desde esta perspectiva, también se habla de rasgos temperamentales y de personalidad que puede predisponer a sufrir este problema, como pueden ser la elevada sensibilidad, o la introversión. En el segundo planteamiento (más aceptado hoy en día), se habla de de aprendizaje, es decir, se propone que la vivencia de ciertas experiencias sociales pueden provocar que desarrollemos este miedo. En este sentido, si hemos recibido un feedback negativo (malas caras, comentarios negativos, abandonos…), es posible que nos hayamos formado una imagen de la interacción social. Junto a esto, además, este miedo también se relaciona con nuestro autoconcepto y con nuestra autoestima. A todos nos gusta sentirnos aprobados y, en cierta manera, admirados. Si nos rechazan, esto choca con nuestros esquemas, generando cierto conflicto interno, el cual podemos evitar dejando de exponernos socialmente.

Todo ello repercute en nuestro bienestar físico y emocional, pudiendo generar diferentes problemáticas, siendo la ansiedad una de las más características. Debemos adoptar y aprender ciertos mecanismos para evitar engrandecerlo e incluso su cronificación. En este sentido, a continuación se exponen algunas de las estrategias que pueden servir para superar este miedo:

Comprensión y normalización: Este puede ser útil de por sí, y conviene utilizarlo como primer paso. El miedo es una emoción como cualquier otra, y aunque en ciertos momentos desagradable, posee un sentido adaptativo, pudiendo prevenirnos en ocasiones de algún daño o peligro real. Así, uno de los errores más comunes es considerar que la persona que definimos como valiente, no tiene miedo. Todo lo contrario, posiblemente también lo tiene pero la diferencia es que actúa para combatirlo.

Exposición progresiva: Es uno de los componentes más importantes. Seguramente habremos oído la importancia de afrontar nuestros miedos. En el caso del miedo al rechazo es particularmente importante, ya que supone una de las formas más efectivas para desconfirmar las creencias de la persona (ej., no gustaré, se reirán de mí, me ignorarán…). Conviene hacerlo, pero, gradualmente y siempre en función de las dificultades presentes.

Interpretaciones alternativas: Es importante considerar otras “hipótesis” o “alternativas” cuando vayamos a interaccionar, o cuando hayamos terminado. El pensamiento, cuando está dominado por el miedo, puede ser muy catastrófico, por lo que el entrenamiento regular en considerar diferentes hipótesis, aunque a priori sean difíciles de creer, nos puede permitir combatirlo de manera más efectiva poco a poco.

Aunque estos son los componentes que se consideran claves, existen otras herramientas útiles para ayudarnos a superar este y otros muchos miedos. Se trabajan desde diferentes perspectivas y de forma cada vez más eficiente. Puedes solicitar información en nuestro centro de psicología, en Mataró. Nuestro equipo de psicólogos te proporcionará todo aquello que necesites.