El Mindfulness ha ido ganando terreno e importancia en el mundo de la psicología y en la salud mental en general. En sí, ha sido traducido de diferentes maneras, las cuales buscan encontrar, en una palabra, abarcar su totalidad: plena conciencia, presencia plena o abierta…siendo “Atención plena” la más aceptada y generalizada. Se define como aquella experiencia que nos permite anclarnos y conectar con el presente, procesando y reconociendo lo que está sucediendo mientras está sucediendo, y aceptando activamente el flujo de la experiencia en su esencia, tal cual está transcurriendo, sin juzgarla. Así, puede considerarse como un fin en sí mismo, un estilo de vida que implica practicar, en nuestras actividades diarias y rutinarias, el ser conscientes de lo que estamos haciendo en su totalidad.

De esta forma, son diferentes las propuestas que se basan o que usan el Mindfullness para trabajar diferentes problemáticas (ansiedad, depresión, estrés…), las cuales nos proponen estrategias para alimentarlo y desarrollarlo. Sin embargo, para aprenderlo debemos detectar y reducir aquello que no nos permite acceder a ello. Mantener la atención totalmente en el presente, en lo que está ocurriendo aceptándolo sin pretender cambiarlo puede resultar complicado. Llegar a la conciencia plena exige esfuerzo, cambiar hábitos de “desatender” y “distraernos”, los cuales hemos ido desarrollando a lo largo de nuestras vidas. Además de ello, es difícil sentir y detenerse en el momento actual, el ahora en toda su plenitud, y especialmente cuando queremos abrirnos para acoger algo doloroso o indeseable, utilizando lo que algunos autores denominan como Mindlessness. Este mecanismo se refiere al estado en el que  no prestamos atención a nuestro día a día, a las actividades que realizamos, no percibimos las sensaciones que nos ocurren y estamos más conectados con preocupaciones sobre el futuro o el pasado, que con el presente. Esta actitud “distraída” podríamos decir que es la que acostumbramos a adoptar la mayoría de las personas, ya sea por restarle importancia al presente, por estar demasiado ocupados, por tener preocupaciones de cierta importancia…etc.

Así, algunos ejemplos de Mindlessness son:

  • Estar más preocupados o preocupadas por el futuro o por el pasado.
  • Pasar rápidamente de una actividad a otra sin ser conscientes de ello, sin prestar atención.
  • Romper o derramar algo por falta de cuidado, por no estar atendiendo o por estar pensando en otra cosa.
  • Olvidar donde hemos dejado algo que acabábamos de tener en la mano, u olvidar el nombre de una persona casi en el mismo momento en el que lo oímos.
  • No ser conscientes de sensaciones sutiles de tensión física o incomodidad..
  • Actuar de forma autónoma, olvidando lo que hemos estado haciendo en los últimos minutos.

 

Como podemos ver, todas las situaciones anteriores se relacionan con una falta de atención al ahora, o por un exceso de atención o concentración en aspectos distintos a lo que estamos haciendo o sintiendo. La práctica del Mindfullness como contrario al Mindlessness puede permitirnos escucharnos y entendernos mejor, conectar con todo aquello que hagamos y que nos rodea, y mejorar nuestro bienestar y calidad de vida. 

 

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