Los trastornos del estado de ánimo abarcan una serie de alteraciones, con especial afectación en el ámbito afectivo, y en los que existe además una limitación a nivel no solo personal, sino también familiar, laboral y social. Entre ellos, encontramos la depresión y los trastornos bipolares y relacionados. Estos últimos abarcan problemáticas en las que la característica principal es la inestabilidad o los cambios, más o menos frecuentes, en el estado de ánimo del individuo, pasando por periodos de euforia o energía intensa, a otros de tristeza y apatía acentuada, entre otras características. Dentro de estos últimos, se encuentra el trastorno ciclotímico o ciclotimia. 

 

Esta patología se caracteriza por una periodo de al menos 2 años (1 en niños y adolescentes), de numerosos períodos con síntomas hipomaníacos, y períodos con síntomas depresivos. En ambos, desde los diferentes manuales de clasificación diagnóstica se exige que no se cumplan los criterios para un episodio hipomaníaco o para un episodio depresivo completamente desarrollados. Además, estos síntomas deben estar presentes la mayor parte del tiempo, generar un malestar y/o limitación en los diferentes ámbitos de la vida de la persona, y no haber un periodo de más de 2 meses en el que la persona haya estado libre de ellos.

 

Los síntomas hipomaníacos se caracterizan por una elevación del estado de ánimo, en forma de aumento de la autoestima y grandilocuencia, disminución de la necesidad de dormir, mayor necesidad de hablar, fuga de ideas o la experiencia subjetiva de que los pensamientos se desencadenan rápidamente, y aumento de la actividad o involucramiento en actividades peligrosas. Por contra, los síntomas depresivos engloban dificultades como la tristeza, la apatía, la disminución de la autoestima, la anhedonia, o la pérdida de energía y cansancio, entre otros. 

 

Algunos datos interesantes respecto a esta alteración son que habitualmente aparece primero en adolescentes y adultos jóvenes, y existe un riesgo del 15 al 50% de que la persona desarrolle un trastorno bipolar I o II. Además, se ha evidenciado un componente genético que aumenta el riesgo de desarrollar la patología, y especialmente en familiares de primer grado de personas con trastornos del estado de ánimo. Junto a esto, el abuso de sustancias y las dificultades relacionadas con el sueño son frecuentes, y los niños acostumbran a ser más propensos a tener un TDAH concurrente. Finalmente, cabe mencionar que los intentos e ideas de suicidio también aparecen con más frecuencia en este tipo de alteración.

 

Por último, en cuanto al tratamiento, se trata de una alteración que normalmente requiere la pauta conjunta de medicación junto con intervenciones psicológicas. Así, los estabilizadores del estado de ánimo como el Litio o el Valproato, o los antidepresivos, son alternativas eficaces. Y por otro lado, la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), la psicoeducación, o las intervenciones familiares centradas en potenciar la comprensión y los recursos para allegados, también han resultado útiles.

 

Si deseas obtener más información al respecto, o tienes cualquier pregunta, no dudes en contactar con nosotros. Nuestro equipo de psicólogos y psiquiatras de Mataró, te facilitará todo lo que necesites.

La Enfermedad de Parkinson (EP) nace de la mano del neurólogo británico James Parkinson, en el año 1817. Desde entonces, su incidencia, al igual que muchas otras enfermedades neurológicas, ha ido progresivamente a más, y actualmente según la Organización Mundial de la Salud (OMS), afecta a 1 de cada 100 personas mayores de 60 años. Esto la convierte en la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente, por detrás del Alzheimer. Además, se estima que en 2030 esta patología afectará a más de 12 millones de personas. Por lo tanto, estamos ante una problemática real, y significativa, tanto por su frecuencia de aparición como por las alteraciones que provoca. 

 

De esta forma, la EP se considera un trastorno neurodegenerativo en el que aparecen síntomas principalmente motores, como rigidez, temblor en reposo, y lentitud, y una alteración del equilibrio, los reflejos posturales e incluso del habla. Es interesante tener presente que, a pesar de la idea generalizada de que todas las personas con EP presentan temblor, curiosamente cerca de la mitad de casos cursan sin manifestarlo. Junto a esto, también se vincula con un compendio de características no motoras, tales como deterioro cognitivo progresivo, con un marcado déficit de memoria, conductas compulsivas, alucinaciones, y síntomas depresivos, entre otros. Este último aspecto es especialmente relevante, ya que entre el 20 y el 40% de pacientes presentan depresión como síntoma precoz de la enfermedad. En cuanto a sus causas, se asocia a una pérdida progresiva de ciertas poblaciones neuronales, siendo aquellas vinculadas con la producción de dopamina, las más afectadas. Además, se evidencia que en el sistema nervioso de las personas afectadas, existen agregados de tipos de proteína relacionados con el daño neuronal, conocidos como cuerpos de Lewy.

 

Aunque típicamente se acostumbra a diagnosticar entre los 55 y 60 años, en un 10% de los casos aparece en personas menores de 40 años de edad, lo cual representa la EP de inicio temprano. Esto, junto a los síntomas iniciales comentados, evidencia la importancia de atender y realizar una observación precoz, con tal de intervenir lo más tempranamente posible, y disminuir el impacto del desarrollo de la enfermedad. Para ello, especialidades como la neuropsicología se muestran como especialmente útiles para conseguir estos objetivos. 

 

En nuestro centro de psicología, situado en Mataró, encontrarás a profesionales especializados en este y en muchos otros temas. Si hay algo que te gustaría trabajar, o tienes cualquier pregunta, no dudes en ponerte en contacto con nosotros, estaremos encantados de atenderte.

El consumo de drogas y los trastornos adictivos suponen uno de los problemas más significativos a los que se enfrenta nuestra sociedad. Entre ellas, el cannabis se sitúa como la droga ilegal más consumida en España y a nivel europeo, donde se estima que aproximadamente más de 40 millones de personas lo han usado, y al menos 12 millones lo han hecho en el último año. Además, es especialmente prevalente entre la población adolescente, donde el 20% de las personas entre 15 y 16 años han consumido alguna vez en su vida, estimándose que este porcentaje aumentará a un 30% cuando alcancen los 25 años. 

 

El cannabis procede de la familia de los cannabinoles, entre los que se encuentra la marihuana, o el hachís. Este segundo posee un mayor poder adictivo, y suele combinarse con alcohol o cocaína. Entre sus efectos fisiológicos más significativos se encuentran la taquicardia, el dolor abdominal, los espasmos y temblores, la sudoración, la fiebre, los escalofríos y las cefaleas, especialmente cuando hablamos de abstinencia. Junto a estos, existen riesgos cardiovasculares y de cáncer (principalmente de pulmón). Pero sus consecuencias negativas van mucho más allá de la parte puramente física, y es que a pesar de sus efectos a corto plazo relacionados con el bienestar, la relajación o la euforia, existen alteraciones psicoemocionales y cognitivas muy significativas:

 

  • Letargo
  • Anhedonia
  • Problemas de atención y memoria
  • Disminución de la concentración
  • Reacciones paranoides y síntomas psicóticos
  • Crisis de ansiedad
  • Pérdida de energía
  • Alteraciones del sueño
  • Disminución del rendimiento

 

Junto a este compendio de alteraciones, se ha descrito una problemática especialmente importante, denominada síndrome amotivacional. Este se caracteriza por un estado de pasividad e indiferencia acentuados, junto a una disfunción generalizada de las capacidades cognitivas, interpersonales y sociales, y el cual persiste una vez interrumpido el consumo. Además, existe un elevado riesgo de desarrollar depresión y esquizofrenia, siendo esta segunda patología una de las que más se ha vinculado con el cannabis. 

 

La edad de inicio se considera un factor muy determinante para la gravedad, y se evidencia un claro peligro si se empieza antes de los 16 años. Considerando esto, junto a que la mitad de pacientes que demandan tratamiento tiene menos de 25 años, evidencia la importancia de actuar precozmente, educando sobre el uso y consecuencias del consumo, y diseñando intervenciones preventivas y terapéuticas eficaces y útiles.

Pasamos la mayor parte del tiempo sintiendo, y principalmente lo hacemos cuando interactuamos con los demás. Aunque en ocasiones estas emociones y sensaciones pueden pasar desapercibidas, puede resultarnos relativamente fácil identificar las principales emociones que hemos experimentado durante un día, y especialmente cuando éstas han sido intensas. 

 

La responsabilidad afectiva se refiere a ser conscientes, procesar y aceptar nuestras emociones y sentimientos, y responsabilizarnos de ello. Junto a esto, también implica establecer relaciones con los demás desde el respeto, la reciprocidad y la empatía mutuas. De esta forma, este proceso implica observar y comprender nuestro estado de ánimo y el de los otros, procurando delimitar adecuadamente ambas partes, minimizando el solapamiento. Con ello, preservamos nuestra homeostasis, nuestra salud mental y física, y respetamos y fomentamos que así sea en los otros.

 

Así, este mecanismo se consideraria contrario o alejado de aspectos como la dependencia emocional, el síndrome del salvador, o la evitación emocional. Estos, implican en muchas ocasiones un desconocimiento acerca de los límites de la repercusión de nuestro estado anímico, o mecanismos disfuncionales a la hora de relacionarnos. En la depresión, o en trastornos de personalidad como el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) o el Trastorno Dependiente de la Personalidad, son claros ejemplos de patologías donde se muestran estas dificultades. 

 

La educación recibida, o el entorno en el que hemos crecido, pueden explicar en parte que desarrollemos estos patrones. Es importante tomar conciencia de ellos, y solicitar ayuda lo antes posible para mejorar y flexibilizar, aprendiendo otros mecanismos de relación y de comprensión de nuestras emociones. Intervenciones como la Terapia Sistémica, la Terapia Cognitivo-Conductual, o la Terapia Humanista, resultan útiles y eficaces para trabajar aspectos como éste, desde diferentes herramientas y estrategias. 

 

En nuestro centro de psicología, psiquiatría y neuropsicología, en Mataró, encontrarás profesionales formados en estas y otras orientaciones, que te ayudarán a resolver tus dudas y/o a trabajar las dificultades que tengas. No lo dudes y ponte en contacto con nosotros. 

Las emociones forman parte inherente e inevitable de nuestras vidas, de toda persona. En un mismo día, podemos experimentar un sinfín de ellas, siendo algunas más accesibles a la consciencia, que otras, dependiendo sobre todo de la intensidad con la que aparezcan. Además, algunas pueden desencadenarse por estímulos externos (p.ej., encontrarnos a alguien querido a quien hace mucho que no vemos) y otras por mecanismos internos (p.ej., anticipar o imaginar que el examen será muy complicado). De esta forma, en función de su intensidad, y de la connotación que les demos, unas serán aceptadas y vividas de forma agradable, y otras las rechazaremos reiterada y categóricamente.

 

Este rechazo o evitación emocional, puede deberse a diferentes factores: a veces, escapamos de ciertas emociones por miedo. En este sentido, sensaciones desconocidas, o percibirlas como incontrolables pueden explicar buena parte. También podemos evitarlas por vergüenza a experimentarlas, o incluso por no saber detectarlas. En otras ocasiones, existen mecanismos racionales tan acentuados que interfieren en el cómo experimentamos nuestro mundo emocional. Todo ello, precipita que vayamos creando lo que denominamos “Mochila emocional”, en la que vamos poniendo todas aquellas experiencias, sin procesarlas ni experimentarlas, acumulando un peso cada vez más grande a nuestras espaldas, y pudiendo repercutir de diferentes maneras, siendo el malestar con nosotros mismos y con los demás, el factor principal.

 

¿Cómo podemos combatirlo? 

 

  • Observar e identificar: El primer paso es observar. Las emociones pueden pasarnos desapercibidas por el simple hecho de no atenderlas. Permítete autobservarte de vez en cuando, y chequea cómo estás, cómo te has sentido hoy, y dónde lo has sentido. Esto te facilitará darles un color a tus sentimientos.

 

  • Exprimir: Una vez hecho eso, y sean agradables o no, son emociones, y son igual de legítimas y válidas que las demás. El siguiente paso es exprimirlas, adentrándonos en ellas para enriquecernos, y para vivirlas como lo que son. Para ello, podemos utilizar música, un libro, un baño relajante, un sitio el qual sabemos que tiene un significado especial…

 

  • Exteriorizar: Finalmente, no hay mejor manera de darles sentido y voz, que exteriorizarlas. Lo podemos hacer de muchas formas, tanto por hablado, como por escrito, y en soledad, o en compañía. Cierto es, que cuando lo compartimos, muchas veces nos percatamos de la potencia que tienen para establecer lazos, y mejorar aspectos como la confianza. 

La evitación o el rechazo emocional es muy común, y se presenta tanto en personas con patologías (depresión, trastornos disociativos…en estos últimos como mecanismo inconsciente de defensa), como sin ellas. Afrontarlas y encararlas no resulta sencillo, e implica romper con ciertos tabúes y dejar de lado algunos miedos e inseguridades. Si deseas recibir ayuda especializada en este o cualquier otro tema, ponte en contacto con nosotros. En nuestro equipo de psicólogos de adultos e infantojuvenil, de Mataró, te ofreceremos toda la información y ayuda que necesites.

Las relaciones son una parte inevitable de nuestras vidas. Nos ayudan a tener una imagen del mundo que nos rodea, y a conformarnos a nosotros mismos. Inicialmente las establecemos con nuestros seres más cercanos, para posteriormente hacerlo con amigos, compañeros y/o con nuestra pareja. La proximidad y la intensidad con la que las creemos y vivamos, vendrán determinadas principalmente por la importancia que le demos al otro y a la relación, y por el beneficio que consideremos que nos aportan. En ocasiones, pero, estas características pueden llevar a afrontar nuestros vínculos de una forma poco adaptativa. 

 

De esta forma, aunque idealmente los vínculos se basan en la reciprocidad, a través de la ayuda, apoyo y cuidado mútuo de una manera más o menos equilibrada, en ocasiones esta balanza se encuentra claramente en desequilibrio, existiendo personas totalmente volcadas hacia los demás, impidiendo que estos sean autosuficientes e independientes, a la vez que ellos mismos se sacrifican tanto que descuidan sus propios deseos, intereses y voluntades. Esto conforma el síndrome del salvador. El ansia por ser salvadores de los demás llega a tener consecuencias psicológicas y emocionales. Así, esta condición se manifiesta en forma de relaciones de excesiva dependencia, de apoyo y de altruismo unidireccional, que perjudica tanto al que lo recibe, como al que lo proporciona. Junto a esto, son frecuentes la responsabilidad excesiva, la falsa percepción de control, y la sobreprotección. De esta forma, la persona procura solventar y llegar a todos los problemas de los demás, asumiendo que es ella quien debe solventarlos, y teniendo la falsa sensación de que puede hacerlo. Además, esto se traduce en una excesiva dependencia o protección hacia el otro, argumentando que son muestras de amor o de afecto, y no percibiendo que se trata más de un proceso de invalidación y anulación. 

 

En cuanto a sus causas, el síndrome puede deberse a diferentes factores, estando entre ellos algunas características de personalidad (altruismo o tendencia al otro, sensibilidad a los demás, necesidad de aprobación y de control, neuroticismo…), la educación recibida (estilo parental sobreprotector, exigencia, autoritarismo…), las influencias y exigencias de la sociedad, y las relaciones que establecemos y el tipo de personas con las que nos vinculamos. En este último sentido, es común que las personas “salvadas”, posean un perfil más pasivo, dependiente, o sumiso, y sean “detectadas” y “objeto de atracción”, de las personas “salvadoras”. 

 

Otra de las causas que se mencionan en la literatura son los déficits de autoestima y de habilidades sociales. Así, el volcarse casi exclusivamente en los otros, puede estar enmascarando dificultades emocionales, que procuran verse cubiertas por la aprobación y el posible beneficio que se aporta a los demás. Por ello, se ha vinculado también a patologías como la depresión, o los problemas de ansiedad (p.ej., trastorno de ansiedad por separación).

Si te sientes identificado con lo aquí expuesto, o crees que puede serte útil nuestra ayuda, contacta con nuestro equipo de psicólogos y psiquiatras, situados en Mataró, te proporcionaremos toda la información que necesites.

Saliendo de una pandemia de más de dos años donde todas las emociones están a flor de piel y la sociedad se resiente, cada cual a su manera y en varios ámbitos, la nueva noticia devastadora que nos llega es la guerra entre Rusia y Ucrania.

A menudo, gestionar estas temáticas con los niños, que comprenden y ven el mundo con una mirada diferente de los adultos, es complicado.

Desde el GPM os queremos dar algunos consejos sobre cómo afrontarlo:

  1. Hay que escucharlos con atención y paciencia, investigar qué saben sobre el conflicto.
  2. Hay que saber filtrar muy bien la información y solo dotarlos de aquella que sea verdadera para no generar más angustia de la cuenta.
  3. Hay que adaptar muy bien nuestras palabras para explicar las situaciones conflictivas y darle la importancia de que es una situación real.
  4. Hay que esmerar el contexto donde hay el conflicto explicando que nuestro país no está en peligro por no fomentar todavía más miedo.
  5. Hace falta estar informado del presente sin estar expuesto en exceso a las noticias.
  6. Hay que preservarlos de imágenes o videos impactantes en temas bélicos.
  7. Hay que poder hablar del tema para fomentar un pensamiento crítico y fomentar valores como la paz y la solidaridad.
  8. Hay que concienciar a los niños en la posibilidad de implicarse en acciones solidarias como recogida de alimentos, ropa, medicamentos porque lleguen a los países que lo necesitan.
  9. Hay que dar respuesta a sus preguntas o dudas con un lenguaje sencillo y adaptado a su edad, con paciencia y empatía.
  10. Hay que tener en cuenta una buena gestión emocional como adultos y ofrecer un espacio para que los niños puedan expresarse libremente, normalizando y validando sus emociones.
  11. Hay que tener cura de no transmitir miedo, sino tranquilidad y sosiego. Es importante remarcar la seguridad que tienen con la familia, lejos del conflicto.
  12.  Se pueden trabajar estos aspectos a través del cuento, una buena herramienta para hacer llegar información a los niños.

Esperamos que estos consejos os sean útiles.

Si necesitas asesoramiento personalizado sobre esta cuestión o cualquier otra, no dudes en ponerte en contacto con nosotros en el teléfono 93 790 85 96.

Este documento ha sido elaborado por el equipo de Psicología Infantil y Juvenil de Gabinet Psicològic Mataró.

Expresiones como esta son muy comunes en nuestro día a día, y especialmente en nuestras relaciones sociales, familiares y de pareja. Con ello, asumimos de alguna forma que el otro sabe perfectamente lo que necesitamos o pensamos, y cuando no nos lo proporciona, incluso nos enfurecemos o frustramos, volviéndonos progresivamente más exigentes, y alimentando un malestar que puede plasmarse tanto a nivel personal, como en la propia relación a través de diferentes conflictos y discusiones.  

 

Difícilmente nos planteamos que el problema o la dificultad, reside posiblemente en nosotros, en quizás una falta de habilidades para comunicar lo que pensamos, sentimos o queremos, adoptando una postura generalmente pasiva, en la que no nos dirigimos a los otros por miedo a molestar, a generar un conflicto, o que nos juzguen de alguna manera. Olvidamos que la otra persona no tiene por qué pensar de la misma manera o necesitar lo mismo, y si nos enfadamos porque no nos dan lo que queremos o creemos merecer sin expresarnos antes, el otro no tiene por qué entenderlo ni intuirlo. A este sesgo, también se le llama inferencia arbitraria, lector de mentes, o error del adivino, los cuales consisten en sacar conclusiones en ausencia de evidencia empírica que las respalden.

 

¿Cómo podemos remediarlo o mejorarlo? Pues precisamente expresándonos. La comunicación es una de las mejores herramientas, y si se cuida y se trabaja, puede ser en sí terapéutica. Comunicando lo que queremos, pensamos y necesitamos, de una forma empática y educada, la otra persona conocerá y podrá entendernos mejor, y será ella la que elija cómo quiere o puede actuar. Nosotros podemos saber lo que queremos pero, si no lo expresamos, los demás no tienen por qué saberlo. El Entrenamiento en Habilidades Sociales, apoyado y validado empíricamente para patologías como la Esquizofrenia o la Depresión, es una alternativa útil para trabajar la asertividad. El beneficio de su puesta práctica va mucho más allá de cuidar y mantener nuestras relaciones, teniendo una repercusión clara en nuestro estado de ánimo y autoestima

 

Todos tenemos nuestros deseos y necesidades, y aunque en cierta parte, puede ser legítimo esperar ciertas muestras de los demás, debemos facilitarles el camino, ser asertivos, y comunicar lo que queremos. De esta forma daremos la oportunidad de ofrecer aquello que esperamos, y facilitaremos que haya una comunicación fluida, y por tanto una relación sana. 

 

Si quieres conocer más acerca de este o cualquier otro tema, ponte en contacto con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Los profesionales de nuestro centro te ayudarán a afrontar las dificultades que tengas y a resolver todas tus dudas. Llámanos, te atenderemos encantados.

Acostumbramos a ser conscientes de lo que comunicamos a los demás, y aunque a veces puede resultar complicado, podemos incluso detectar el cómo lo hemos hecho, y por qué. En contraste, nos resulta mucho más complejo tomar conciencia de cómo nos hablamos a nosotros/as mismos/as, y solemos obviarlo o pasarlo por alto, ya que a menudo son mensajes automáticos que hemos aprendido a decirnos a lo largo de nuestra vida, y que pueden volverse automáticos e inconscientes. 

 

Nuestro lenguaje interno tiene un impacto enorme en cómo nos sentimos, y especialmente en la conformación y estabilidad de nuestra autoestima y personalidad. Además, se encuentra estrechamente vinculado con la forma en que afrontamos nuestra día a día, y con las situaciones a las que nos exponemos. Así, si nos hablamos con desprecio, enfado, disgusto o incluso con insultos, nuestro estado de ánimo se verá afectado de manera clara y directa, y además, reducirá las posibilidades de que nos acerquemos a diferentes situaciones, especialmente cuando estas sean novedosas o exigentes. Existen diferentes formas de hablarnos de forma negativa, siendo algunas de ellas las siguientes:

 

  • Personalización: Consiste en atribuirnos constantemente a nosotros mismos los sucesos externos, aumentando la sensación de responsabilidad y los sentimientos de culpa. Por ejemplo: “Si mi pareja no ha aprobado el examen, es porque no soy lo suficientemente bueno/a para ella”. O “Cuando el jefe indica que hay que mejorar la calidad del trabajo, se que lo dice exclusivamente por mí”. 

 

  • Generalización: Aparece cuando sacamos una conclusión general de un hecho particular, sin base suficiente. Por ejemplo, cuando una persona está buscando trabajo y no lo encuentra, y concluye “nunca conseguiré un empleo”. O cuando una persona está triste y piensa “siempre estaré así”. Esto genera un sentimiento de indefensión, impotencia e ineficacia.

 

  • Minimización y descalificación de lo positivo: Como el propio nombre indica, este mecanismo se evidencia cuando infravaloramos aquello que hemos conseguido o a nosotros/as mismos/as, o nuestra aportación en ciertas situaciones. Por ejemplo: “No hay para tanto”, “es más importante el error que he cometido que todos mis aciertos”. Con ello, provocamos que difícilmente valoremos nuestros éxitos, y, por lo tanto, deteriorando nuestra autoconfianza. 

 

Una forma de procurar cambiar nuestro lenguaje interno, además de hacerlo consciente y observarlo, es, por ejemplo, procurando pensar en alguien a quien queremos mucho, y preguntarnos si le hablaríamos mal, y añadiendo un por qué. La respuesta seguramente será no, ya que le haríamos daño. Una vez hecho esto, debemos preguntarnos cómo nos sentimos nosotros cuando nos hablamos mal, ya que posiblemente identificaremos que también nos hacemos daño. 

 

Tratémonos con el mismo cariño y empatía, comprensión y compasión con el que tratamos a quienes queremos. Nadie merece que le quieras más que tu mism@.

La terapia psicológica resulta de especial ayuda y utilidad para trabajar aspectos como el comentado, tanto en personas con patologías concretas (ansiedad, depresión, problemas de adaptación…), como con dificultades específicas. Nuestro equipo está formado por profesionales de diferentes orientaciones que te ayudarán a potenciar y a mejorar tus recursos personales. No lo dudes y ponte en contacto con nosotros.

Los seres humanos somos una especie compleja como tal. Tenemos diferentes formas de gestionar nuestras emociones, y especialmente cuando estas son intensas y nos generan malestar, adoptamos mecanismos que pueden protegernos a corto plazo, pero que pueden ser contraproducentes o negativos a largo plazo. Uno de ellos es el aquí expuesto, el escudo o muro, el cual nos da la sensación que nos protege de lo malo y nos aporta una falsa seguridad momentánea.

 

Tal vez lo construimos porque nos hicieron daño, y sentíamos que de esa forma, evitaríamos sufrir. Y aunque sea totalmente legítimo y comprensible en un primer momento, ya que buscamos protegernos, cuando pasa el tiempo esa muralla ya no tiene la misma utilidad, y nos va encerrando más y más en nosotros mismos, alejándonos de los demás e incluso de nosotros. Junto a eso, además, facilita que vayamos acumulando malestar, pudiendo tener la sensación de que no nos pasa nada, ni lo malo lo cual estamos evitando activamente, ni lo bueno, lo cual nuestro muro no deja pasar, privándonos de gratificación. De esta forma, lo que en un primer momento concebimos como algo positivo, va transformándose progresivamente en un problema en sí, ya que provoca que nos recluyamos, disminuyendo la interacción con los otros, nos impide experimentar y dar color a nuestras emociones, y facilita que cada vez carguemos con una mochila de malestar más pesada. 

 

Como tal, esta estrategia sería equivalente a la evitación emocional. Este es un mecanismo que podemos ver en diferentes problemáticas como los trastornos de ansiedad (p.ej., fobias donde la persona evita enfrentarse al estímulo temido), en los trastornos depresivos (p.ej., la persona disminuye el contacto con los demás, para protegerse de posibles críticas), o en los trastornos de personalidad (p.ej., trastorno de personalidad evitativo). 

 

Por muchas murallas que construyamos, no podremos protegernos siempre de todo, ¡ni tenemos que hacerlo! Pasarán cosas buenas y no tan buenas…y, aunque duelan, resulta mucho más útil y enriquecedor, gestionarlas de la mejor manera que podamos, aceptando y transitando esas emociones. Intentando evitarlas solo nos hacemos más daño, y además, podemos sentirnos impotentes, frustrados y culpables, especialmente cuando no podamos evitarlo. Salgamos de esa muralla y vivamos. Después de haber salido (puede que en más de una ocasión), veremos que el miedo o las consecuencias o bien no se cumplen, o no son tan importantes como anticipamos, y podremos vivir y procesar lo bueno y lo no tan bueno.

 

En nuestro centro de psicología, psiquiatría y neuropsicología, situado en el centro de Mataró, encontrarás profesionales que te ayudarán a resolver tus dudas y a gestionar tus preocupaciones. Ponte en contacto con nosotros, te facilitaremos toda la información que necesites.