El término dolor, en sí mismo, alude a la sensación o percepción sensorial de malestar más o menos intenso que experimentamos en alguna parte del cuerpo y que se encuentra asociado con alguna alteración del sistema nervioso. Puede estar localizado en un punto o puntos concretos, o poseer un carácter más generalizado, pudiendo manifestarse de maneras muy diversas: hormigueos, pinchazos, picaduras, molestia
Y siendo en ocasiones, difícil de definir y determinar. Frecuentemente también se utiliza la distinción entre agudo o crónico. Normalmente el primero se asocia a una lesión específica o a una causa más o menos objetivable. Por el contrario, el segundo subtipo es utilizado para designar a aquellas sensaciones físicas dolorosas que persisten más allá del tiempo de curación estimado o esperado.
En población infantojuvenil se habla concretamente de dolor crónico cuando este persiste más allá de los tres meses. Habitualmente se manifiesta de manera continua y recurrente, y su abordaje y tratamiento resultan especialmente complicados. A esto se le une el desconocimiento e infravaloración social existente en relación a esta problemática, ya que se tiende a pensar que los niños experimentan menos dolor, y que este suele ser menos acentuado. Por el contrario, los datos epidemiológicos existentes indican que afecta a entre un 20 y 30% de esta población. Así, aunque esta sensación sea el resultado de un complejo sistema de protección del organismo que acostumbra a remitir, en ocasiones puede mantenerse a pesar de que el daño o la alteración que la causó se hayan resuelto, siendo los factores psicológicos y sociales claves para explicar su mantenimiento.
Este particular problema no sólo afecta al niño en un sentido físico, sino que repercute en todas y cada una de las áreas involucradas en su desarrollo. Así, afecta al estado de salud general, genera importantes restricciones en sus actividades habituales, alteraciones del sueño, malestar psicológico, menor rendimiento académico, deterioro del apoyo y del círculo social, y suele ser habitual el absentismo escolar. Junto a esto, si esta problemática convive con un trastorno psicológico específico (lo cual suele ser recurrente), los síntomas pueden verse agravados por la sintomatología. En este sentido, los trastornos de ansiedad y depresión son los más frecuentes, aunque por las conductas reflejadas, algunos síntomas pueden confundirse con un trastorno de conducta específico. Junto a esto, podemos cometer el error de considerarlo una llamada de atención o una excusa (forma de evitación) para no ir a la escuela o no involucrarse en actividades sociales.
Además de la clara afectación que tiene en la persona que lo sufre, existe una repercusión que va más allá de esta. En efecto, cuidar a un niño con dolor crónico también posee un impacto para la familia; los padres y los hermanos suelen informar de malestar psicológico y de sentimientos de carga, así como de limitaciones en el área social, siendo también un problema a nivel económico. A todo esto se le unen las limitaciones y escasez de recursos para hacer frente a esta situación, lo cual genera sentimientos de frustración y desesperanza en las personas que están a cargo del niño.
En esta línea, a pesar de la falta de consenso y evidencia en relación a los tratamientos que pueden ser útiles y eficaces, se han venido utilizando algunos que han demostrado cierta utilidad. Entre ellos se encuentran la Terapia Cognitivo-Conductual, la cual se ha utilizado para trabajar los pensamientos, conductas y emociones desadaptativas asociadas a la problemática, y para facilitar al paciente una mayor comprensión de esta (principalmente la interrelación entre dolor y malestar emocional). La Relajación y Meditación se han mostrado parcialmente útiles para aminorar las sensaciones asociadas al dolor. Y también el Biofeedback (técnica utilizada para facilitar el aprendizaje de ciertas funciones del cuerpo) ha reflejado resultados interesantes. Junto a esto, existe un claro consenso a favor de adoptar una mirada multidisciplinar, esto es, un trabajo en colaboración entre familiares, tutores y profesionales de la salud que promueva el bienestar y adaptación del niño a su entorno, favoreciendo así el desarrollo vital y la calidad de vida.
Finalmente pues, a pesar de ser necesarios más recursos e investigación al respecto, lo cual favorezca la creación de protocolos específicos para el dolor crónico, es importante no desviar la atención ni infravalorar los síntomas que reflejan los niños. A pesar de las complicaciones existentes, debemos atender (a poder ser prematuramente) las necesidades de estos, lo cual puede facilitar que la situación no se vea agravada.
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Podemos definir el duelo como el conjunto de respuestas físicas, emocionales y conductuales que aparecen tras una pérdida. Este abanico de elementos, surge en el individuo para restaurar su equilibrio o bienestar psicológico. De esta manera, también lo podríamos entender como un proceso de adaptación. Por lo que respecta a la pérdida en sí, aunque comúnmente se habla de las relacionadas con los seres queridos, también pueden concernir a elementos u objetos significativos para la persona. En este sentido, y a pesar de que existen situaciones universales en las que surge el duelo con una elevada probabilidad (p.ej., la muerte de una persona próxima), cada uno de nosotros podremos experimentarlo en diferentes situaciones y de diferente manera, en función del significado emocional que atribuyamos a los elementos de nuestro entorno.
¿QUÉ TIPOS DE DUELO EXISTEN?
Aunque una amplia variedad de clasificaciones para delimitar este concepto, es importante establecer una diferenciación comprensiva, principalmente en función del malestar o deterioro personal asociado. En base a este criterio, a nivel general podemos hablar de los siguientes:
Duelo normal o no complicado: Resulta crucial tener en cuenta este subtipo. Como la propia palabra indica, se trata de la reacción psicológica normal tras la pérdida de alguien o de algo con lo que manteníamos un vínculo emocional significativo. El hecho de sentirnos mal, estar tristes, nerviosos o con menos ganas de hacer cosas, no indican de por sí la presencia de una enfermedad o patología en concreto. Todos sufrimos ante una pérdida importante para nosotros, y el conjunto de reacciones o síntomas que aparecen posteriormente pueden formar parte de un proceso de adaptación normal. Como a continuación veremos, deberá tenerse en cuenta el grado o nivel de malestar que supone para la persona y las limitaciones que esto supone en su día a día.
Duelo patológico o complicado: Cuando existe un sufrimiento acusado a través de la intensificación de los síntomas como la ansiedad, el estrés o la depresión que llegan a repercutir de manera significativa en la vida de la persona, podemos estar delante de un duelo patológico. La persona puede experimentar sentimientos de desesperación y acudir a conductas desadaptativas para afrontar el malestar. Un criterio también utilizado es el temporal, según el cual un duelo puede considerarse normal si dura entre 6 meses y un año. Aun así, deberemos siempre considerar el grado de malestar y deterioro que produce. Dentro de este subtipo, se han propuesto otras categorías como el duelo retrasado (aparece después de un tiempo tras la pérdida), enmascarado (la persona niega que las reacciones tengan que ver con la pérdida) o el exagerado (intensificación acusada de los síntomas). Todos ellos reflejarían una complicación en el proceso. En algunas ocasiones, es posible que el problema derive en algún trastorno específico, como puede ser el Trastorno Depresivo Mayor o el Trastorno de Pánico, los cuales estarían reflejando un empeoramiento de la sintomatología mostrada.
¿CUÁLES SON LAS FASES DEL DUELO?
A parte de los diferentes subtipos, existe un cierto acuerdo en cuanto a las fases que aparecen en este proceso:
Negación: En esta primera fase la persona puede intentar negar la pérdida ignorando la información al respecto o evitando pensar en ello. Así pues, evitará y negará las pruebas o evidencias que confirmen que ha sucedido.
Enfado: También llamada de ira o indiferencia. La persona, al empezar a ser consciente de lo sucedido, puede reflejar malestar por no poder evitar la pérdida. Esta fase se caracteriza además por la tendencia a buscar posibles explicaciones, causas e incluso culpables que ayuden a comprender lo que ha pasado.
Negociación: La persona busca recuperar el control, y por ello intenta negociar consigo mismo o el entorno a través de procurar entender los pros y los contras de lo sucedido. Básicamente buscamos una solución a la pérdida a pesar de ser conscientes de la imposibilidad de hacerlo. Son típicas las frases como si hubiéramos acudido antes al médico o si hubiera estado allí .
Dolor emocional o Depresión: Se experimentan sentimientos de tristeza y dolor con más o menos intensidad y recurrencia. En esta fase la reacción emocional se relaciona principalmente con una disminución del estado de ánimo.
Aceptación: Es la última fase del proceso, donde tras la resistencia empleada en las fases anteriores la persona asume que lo sucedido es inevitable. La visión sobre la situación cambia y la aceptación emocional suele ser más protagonista. A pesar de ello, esta fase no significa olvidar.
La presencia de estas fases no se da en todas las personas, y mucho menos con el orden expuesto. Además, aunque este proceso es el común, podemos saltar de una a otra o incluso situarnos al final o al principio del proceso en distintos momentos a lo largo del duelo. Estos saltos pueden tener que ver con el contexto que nos esté envolviendo en ese momento. De esta manera, si a este proceso le sumamos por ejemplo una situación estresante en el trabajo, podemos quedarnos anclados por más tiempo en alguna de sus fases, y mostrar un malestar más acentuado.
El duelo es un mecanismo o proceso que todos vivimos a lo largo de nuestras vidas. Afecta a todo tipo de población por lo que su abordaje desde los diferentes campos de la psicología resulta especialmente atractivo y relevante. Existen muchas alternativas a la hora de tratar este tema, las cuales han demostrado ser útiles para disminuir el malestar que genera.
Si quieres recibir más información o tienes alguna pregunta, nuestro equipo de psicólogos te proporcionará toda la atención que necesites.
Actualmente, la ansiedad se define como una respuesta de carácter más o menos inmediato al peligro o amenaza. En términos científicos es denominada como la reacción de lucha o huida que permite a la persona enfrentarse a la situación o escapar. Ésta, habitualmente va acompañada de una serie de sensaciones como sudoración, mareo, palpitaciones, visión borrosa, entre otras., los cuales a pesar de no ser nocivas, en ocasiones producen un gran malestar. Por otro lado, el estrés es considerado como el proceso mediante el cual la persona realiza una infravaloración de sus recursos personales para afrontar una demanda externa. Dicho de otra manera, este fenómeno aparece cuando percibimos un acontecimiento o situación específica como desbordante y que excede a nuestros propios recursos. Comúnmente aparece ante ciertos cambios, los cuales pueden exigir un sobresfuerzo y poner en peligro nuestro bienestar.
Así, tal y como puede derivarse de ambas definiciones existen diferencias sutiles tanto a nivel cualitativo como cuantitativo entre ambos términos; principalmente, se habla de que el estrés es un estado más o menos prolongado el cual tiende a desaparecer cuando la demanda externa se soluciona o termina. La ansiedad, en cambio, acostumbra a ser un estado emocional más repentino asociado a un peligro real o imaginario, y sus reacciones fisiológicas suelen ser más intensas, pudiendo confluir en un ataque de pánico. A pesar de ello, los términos suelen utilizarse como sinónimos, ya que producen síntomas muy similares y pueden llegar a limitar mucho a la persona que los sufre. Además, afectan tanto a población adulta como infanto-juvenil, y aunque es inevitable experimentarlos, es importante aprender a gestionarlos para que no nos impidan llevar un estilo de vida adecuado y óptimo.
En cuanto a los posibles factores que pueden contribuir y precipitar estos estados, resulta útil distinguir entre variables personales y variables externas o ambientales:
Factores personales
Entre ellos, pueden encontrarse evidentemente el sufrir ciertos problemas de salud que conlleven síntomas de estrés o ansiedad, los cuales son los primeros que deben descartarse de cara a determinar la adecuación de un tipo de tratamiento u otro (farmacológico o psicológico). Además pero, ciertos rasgos y características de personalidad como la obsesividad, la rigidez, la sensibilidad, la mala regulación emocional o la irritabilidad pueden favorecer un estado de ánimo primordialmente ansioso. Junto a estos, el poseer un locus de control primordialmente interno (tendencia a atribuir tanto los éxitos como los fracasos a uno mismo) puede llevar consigo, en ocasiones, este tipo de sintomatología.
Relacionado con el último aspecto, de entre las principales características individuales, merece la pena destacar el estilo cognitivo. En este se encuentran inmiscuidos nuestros pensamientos, creencias e interpretaciones acerca de nosotros mismos y el mundo. Así, el adoptar un punto de vista poco objetivo, a través de una visión sobre las cosas principalmente dicotómica (blanco o negro), absolutista o generalista puede resultar especialmente negativo.
También es importante remarcar el establecimiento de hábitos inadecuados, como dedicar poco tiempo al ocio o a uno mismo, lo cual confluye poco a poco en un ritmo de vida progresivamente más acelerado.
Del análisis de este tipo de variables se deriva la importancia que juega nuestras características, siendo especialmente relevante la manera en que afrontamos las diferentes situaciones. Además, de ello se deduce que los diferentes acontecimientos que expondremos a continuación pueden afectar en mayor o menor grado en función de los factores comentados anteriormente.
Factores externos
En este apartado se incluyen todas aquellas situaciones o circunstancias que habitualmente, de por sí, poseen un carácter potencialmente negativo y amenazante para el bienestar de la persona. Así, principalmente hablamos de aspectos relacionados con cambios bruscos y/o repentinos que vulneran el estado de salud, como pueden ser el fallecimiento de un ser querido, la pérdida o el cambio de trabajo, el embarazo, la detección de una enfermedad, etc.
Junto a estos, que habitualmente generan un estado inicial de gran malestar, también es importante resaltar aquellos eventos menores que contribuyen a perpetuar este estado. Algunos posibles son: discusiones o conflictos familiares, laborales o sociales, el llegar tarde, conducir bajo condiciones ambientales complicadas, exceso de obligaciones, entre otros.
Así pues, es importante detectar aquellas fuentes que nos están generando estos y otros síntomas, procurando además, analizar si nuestra interpretación está siendo la adecuada teniendo en cuenta la situación y sus características. El estrés y la ansiedad forman parte de nuestro día a día, y existe evidencia de que no solo son dos de los problemas más prevalentes, sino que con el tiempo parece que su incidencia está incrementando.
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Los problemas relacionales, y especialmente aquellos que tienen que ver con la pareja, son un continuo en nuestra sociedad. Estos pueden estar vinculados a múltiples aspectos; como es la sinceridad, el afecto, el acercamiento, la comunicación, la intimidad, la dependencia… En ocasiones, y muy frecuentemente, se encuentran interrelacionados dos o más componentes, pero todos y cada uno de ellos tienen en común, en mayor o menor grado, la generación de malestar y el distanciamiento paulatino entre ambos miembros, lo cual puede agravar todavía más la situación.
Por lo que respecta al Coaching, este representa uno de los métodos de intervención más sobresalientes en la actualidad. A nivel general, procura principalmente guiar, instruir, acompañar o entrenar a la persona (o en este caso personas), centrándose en potenciar sus recursos personales para lograr la consecución de objetivos, metas y/o habilidades específicas. Además, posee la ventaja de poder ser aplicado en un rango muy amplio de situaciones o áreas: personal, empresarial, ejecutivo, etc. Entre estos, su aplicación en el ámbito de las relaciones íntimas resulta cada vez más atractivo y eficaz.
Así, el coaching de pareja se encara en ayudar a ambos miembros, a corto y largo plazo, en su esfuerzo mutuo para solventar sus problemas de interacción. Para ello, mediante estrategias de liderazgo personal y potenciando el autodescubrimiento, busca evaluar y profundizar acerca de los roles, objetivos y creencias de cada uno. De esta forma, promueve el descubrimiento y la utilización de los recursos individuales adentrándose en el análisis de aquellos aspectos que faciliten la aproximación y la búsqueda de objetivos comunes. Junto a estos, y aunque deberán adaptarse a las demandas presentadas, a continuación se exponen algunos de sus objetivos:
– Facilitar recursos y herramientas para aprender a exponer y solventar los conflictos.
– Actuar como acompañante del cambio. El coach busca potenciar la maduración de la relación y el carácter interdependiente de ésta.
– Obtener una visión más profunda y sensible de la relación. En este sentido, se trata de identificar aquellos aspectos que generan conflicto en cada uno de los participantes, teniendo en cuenta características individuales y del propio vínculo.
– Valorar y modificar las creencias, pensamientos y comportamientos disruptivos que limitan y frenan el progreso de la relación. Este aspecto es particularmente importante, ya que ambos miembros deberán adoptar un papel activo y ayudarse a descubrir y reconocer ciertos componentes mediante una actitud de colaboración activa.
– Explorar y realzar aquellos aspectos que dejan entrever lo mejor de la relación y de cada uno de los miembros. Desde esta orientación se considera clave potenciar y remarcar tanto aquellos comportamientos, actitudes y creencias limitantes como aquellos que promueven una mejor relación.
Con estos y otros recursos, esta intervención puede ayudar a mejorar la calidad de vida en pareja mediante sesiones dinámicas, reflexivas y principalmente fortalecedoras de los recursos, estrategias y competencias individuales y relacionales. Además, procura que los cambios producidos sean profundos y que se mantengan el mayor tiempo posible. La escucha, la empatía, la confianza, la comprensión y el respeto son algunas de los componentes protagonistas en las diferentes sesiones.
Aunque como se ha remarcado, los problemas de pareja son muy variados, métodos como el aquí expuesto pueden ayudar a mejorar substancialmente este u otras dificultades. Entre ellas, el estrés, la ansiedad o los problemas del estado de ánimo pueden verse fortalecidos mediante el uso de estas y otras técnicas. Los profesionales de nuestro centro, situado en Mataró, están especializados en esta y otras orientaciones cuya eficacia y utilidad ha sido probada en un amplio espectro de situaciones.
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La detección y delimitación de los trastornos psicológicos casi nunca se encuentra exenta de complicaciones. En este sentido, existen muy pocas categorías (por no decir ninguna) que gocen de límites claros entre sus características y definiciones. Por ello, la mayoría de ellos muestra lo que se denomina comorbilidad, es decir, la ocurrencia de dos o más problemáticas en una misma persona. Este término también se utiliza cuando se detectan características comunes sobresalientes entre diferentes diagnósticos. Así pues, en los Trastornos de la Conducta Alimentaria, y especialmente en la Anorexia y la Bulimia (dos de los más prevalentes), aparecen síntomas y características que nos pueden hacer dudar en el proceso diagnóstico de uno u otro problema.
La Anorexia se define como la restricción de la ingesta energética en relación con las necesidades, que lleva a un peso corporal significativamente bajo con relación a la edad, el sexo, el curso de desarrollo y la salud física. Esta restricción se asocia con un miedo intenso a ganar peso o a engordar, o comportamientos que interfieren con su aumento aunque ya se tenga un bajo peso. Además, acostumbra a aparecer una alteración en la forma en que uno se percibe en relación a la forma y al peso, y una clara falta de reconocimiento de la gravedad del bajo peso actual. Según los diferentes sistemas de clasificación, se diferencian dos subtipos, el restrictivo y el purgativo. En el primero de ellos la pérdida de peso se asocia a la realización de dieta, al ayuno o al ejercicio físico excesivo. En el segundo (purgativo), aparecen episodios recurrentes de atracones o purgas es decir, autoinducción del vómito o utilización de diuréticos o laxantes.
Por otro lado, la Bulimia se entiende como episodios recurrentes de atracones (al menos una vez a la semana durante 3 meses), seguidos de comportamientos compensatorios inapropiados recurrentes para evitar el aumento de peso; como el vomito autoinducido, el uso de laxantes, diuréticos u otros medicamentos, el ayuno o el ejercicio físico excesivo. El atracón tiene dos características básicas: la ingestión de una cantidad de alimentos claramente superior a la que la mayoría de personas ingerirían, en un periodo determinado. Y la sensación de falta de control sobre lo que se ingiere durante el episodio. Junto a estos, existe también miedo al aumento de peso corporal que aparece mediante una autoevaluación negativa influida por este y por la constitución.
Tras exponer las principales características de ambos, aunque cada uno se encuentra relacionado con unos síntomas específicos que facilitan el diagnóstico diferencial, podemos observar como aparecen elementos significativos muy parecidos, por no decir casi idénticos. El aspecto quizás más importante se sitúa en el miedo intenso a ganar peso y, por lo tanto, a la idea sobrevalorada que ambos poseen sobre la delgadez. Este miedo se puede observar mediante la valoración negativa que realizan sobre su figura y por las creencias erróneas asociadas al peso corporal.
En cuanto a las estrategias empleadas para afrontar el malestar que suponen las ideas y pensamientos asociados con la alimentación y el peso, podemos ver como en ambos se pueden utilizar mecanismos muy parecidos, tanto es así que hasta hace poco la distinción entre restrictivo y purgativo también se empleaba para diferenciar los tipos de Bulimia. De esta forma, la realización de atracones, el ayuno, la realización de ejercicio físico exagerado, la ingestión de laxantes o diuréticos, y la autoinducción del vómito pueden relacionarse con las dos categorías expuestas. En relación a los atracones, inicialmente se consideraba que eran exclusivos de la Bulimia, y aunque es más prototípico de esta, esto ha sido corregido, ya que como hemos visto también aparece en personas con Anorexia.
Es importante destacar también la presencia de síntomas específicos del estado de ánimo. En ambas problemáticas acostumbran a aparecer síntomas de ansiedad, tristeza y humor deprimido e irritabilidad, pérdida de apetito sexual, retraimiento social, problemas de concentración, y síntomas obsesivos. Algunos de estos (especialmente la preocupación por la comida, los episodios de comer en exceso, la irritabilidad y el retraimiento social), en el caso de la Anorexia se ha observado que remiten cuando se recupera el peso, es decir que se encuentran asociados al estado de desnutrición. Por otra parte, el retraimiento social, las dificultades de concentración y la sintomatología ansiosa y depresiva asociados a la Bulimia y a la Anorexia purgativa suelen ser más secundarios al malestar asociado con la pérdida de control sobre el comer. Por ello, estos síntomas mejoran cuando se emplean estrategias encaradas a restablecer este control.
Como podemos ver, ambos diagnósticos poseen casi más cosas en común que exclusivas o excepcionales. Una de las claves utilizadas en la práctica clínica para diferenciar ambas problemáticas reside en el peso y en la presencia de atracones. Cuando este es significativamente bajo (como se ha destacado, muy por debajo de lo esperado en relación a la edad, sexo y desarrollo), muy posiblemente nos encontramos con un caso de Anorexia. Y cuando existen episodios de ingesta voraz recurrentes, es más probable que estemos delante de un caso de Bulimia. A pesar de ello, tal y como se ha remarcado, esto no significa que ambas características no puedan estar presentes en una u otra patología.
Los profesionales de nuestro centro te proporcionarán toda la información que necesites en relación a este tema. Si deseas conocer más al respecto, o tienes preguntas sobre cualquier otra cuestión, puedes ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos situados en Mataró. Llámanos, te ayudaremos.
El tratamiento de los diferentes problemas psicológicos abarca un amplio abanico de estrategias, orientaciones y recursos encarados a mejorar el estado anímico y la adaptación del individuo a su entorno. Entre estos, la psicofarmacología resulta especialmente útil en aquellos casos en los que se considere importante reducir algunos de los síntomas mostrados por la persona mediante el uso de medicación. De esta intervención se encarga la psiquiatría, y aunque habitualmente (y preferentemente en la mayoría de trastornos) se utiliza de forma paralela al tratamiento psicológico, también puede llevarse a cabo en solitario.
Actualmente, existe un aumento progresivo de problemas relacionados con la ansiedad y la depresión. Los problemas económicos, familiares y sociales cada vez son más frecuentes, y especialmente los primeros fruto de los cuales acostumbran a aparecer todos los demás. Ante esto, el consumo y prescripción de fármacos muestra un patrón claramente ascendente. Entre estos, son particularmente los ansiolíticos y antidepresivos los más utilizados y demandados. Pero, ¿cómo actúan en nuestro cuerpo estas sustancias? ¿De qué se encargan exactamente?
Ansiolíticos
En el caso de los medicamentos ansiolíticos, tal y como su nombre indica, buscan paliar o disminuir los síntomas de ansiedad del paciente. Esta sintomatología se encuentra asociada principalmente con un déficit del neurotransmisor GABA (ácido gamma-aminobutírico). Este, al igual que la serotonina o la dopamina, actúa enviando mensajes químicos por el sistema nervioso y el cerebro. En este caso, hablamos de uno de los neurotransmisores inhibitorios más importantes de nuestro organismo. Cuando este falla, y substancias como la noradrenalina, adrenalina o el glutamato (componentes excitatorios) siguen su curso, o muestran una actividad elevada debido a factores como el estrés, pueden crearse cuadros de miedo y ansiedad.
A partir de aquí, los fármacos ansiolíticos procurarán recuperar el equilibrio actuando sobre los receptores GABA y potenciando que estos sigan trabajando de manera adecuada e inhiban la activación fisiológica. De entre los más utilizados están las benzodiacepinas (Alprazolam, Loracepam, Diacepam ), las cuales actúan reduciendo los síntomas de ansiedad normalmente en corto periodo de tiempo, y disminuyendo la intensidad y frecuencia de los episodios de angustia. Aun así, y motivo por el cual es importante seguir las pautas del profesional, algunos de sus principales efectos adversos son: la somnolencia y las alteraciones de la memoria, concentración y atención. Junto a estos, si el consumo es prolongado pueden aparecer fenómenos como la dependencia (adicción) y la tolerancia (pérdida paulatina de efectividad de la medicación).
Antidepresivos
En la depresión, los principales déficits neuroquímicos se asocian con desequilibrios en la segregación y actuación de diferentes neurotransmisores. Especialmente, se ha remarcado que existe un desequilibrio de serotonina, dopamina y noradrenalina. El primer componente se relaciona con el mantenimiento del equilibrio en relación a nuestro estado de ánimo, el deseo sexual, y la regulación de los ciclos de sueño-vigilia. La dopamina es considerada la substancia o el neurotransmisor del placer. Así, juega un papel clave en la motivación, la recompensa, la cognición, la actividad motora y el aprendizaje. La noradrenalina se encarga de la activación y preparación del organismo ante situaciones de estrés real o percibido. En la depresión se ha indicado que existe un déficit de ésta, lo cual puede producir cansancio, fatiga, desinterés o apatía.
De entre los fármacos más utilizados para esta problemática, y siguiendo las líneas expuestas, se encuentran los ISRS (Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina), los cuales constituyen el tratamiento de elección primaria. Entre estos se encuentran la Fluoxetina, la Paroxetina, la Sertranlina o el Citalopram, entre otros. De forma específica actúan sobre la regulación de Serotonina, incrementándola. Además de estos, también se utilizan los antidepresivos tricíclicos, los cuales procuran aumentar la segregación de serotonina y noradrenalina. Algunos de sus efectos secundarios pero, se asocian con náuseas, ganancia de peso, cefaleas, pérdida de apetito o deseo sexual, etc.
La eficacia del tratamiento farmacológico dependerá tanto de la sintomatología presentada por el paciente, como de la adecuación por parte del profesional de la intervención seleccionada. Como podemos apreciar, existe un claro solapamiento entre los síntomas de ansiedad y depresión, lo cual se traduce en la elaboración de medicamentos que pueden poseer efectos combinados destinados a atacar ambos síntomas. De esta forma, existen antidepresivos con componentes específicos para paliar la ansiedad y ansiolíticos que disminuyen cierta sintomatología depresiva. Además, debido a esta interacción constante entre ambos tipos de sintomatología, el efecto de los fármacos puede variar en función de la persona.
Es importante adecuar los tratamientos, tanto psicológicos como psiquiátricos a las necesidades presentadas por la persona, procurando individualizar al máximo el tipo de intervención y las estrategias empleadas con tal de aumentar su eficacia. Junto a esto, además, debemos tener en cuenta que es información imprescindible tanto para la psicología y psiquiatría de adultos como infantojuvenil.
Si tienes dudas o simplemente quieres ampliar tu información en relación a este u otros temas, puedes contactar con el equipo de psicólogos de nuestro centro, situado en Mataró.
Actualmente nos encontramos inmersos en una sociedad donde las relaciones sociales, y especialmente las relaciones de pareja, constituyen un ámbito recurrente y esencial de los seres humanos. Los vínculos afectivos que establecemos con los demás poseen componentes únicos que nos ayudan a crecer y a desarrollarnos como personas, llegando incluso a complementar ciertos aspectos individuales. En este proceso interactivo pero, nos encontraremos con dificultades cuya superación puede fortalecer todavía más nuestras vidas. Así, uno de los aspectos que se consideran esenciales en toda relación y cuyo déficit parece estar implicado en la inmensa mayoría de problemáticas, es la comunicación.
Cabe resaltar que las dificultades en este ámbito se contemplan desde diferentes puntos de vista. Es decir, existen problemas de comunicación basados en el qué se dice, en el cómo se dice, y también se podría incluir el cuánto se transmite. Más específicamente, las parejas que se quejan de falta de comunicación, aunque en la mayoría de ocasiones se refieren a un déficit o defecto de esta, también pueden estar indicando un exceso de reproches y de información poco significativa o dudosa que pone en duda a la otra persona o a sus sentimientos. Así pues, la comunicación asertiva o asertividad se refiere a la habilidad de defender nuestros derechos de una manera empática, educada y sobre todo sin vulnerar los derechos del otro. Concretamente se trataría principalmente de saber manifestar nuestras opiniones o deseos, solicitar un favor, pedir un cambio de actitud, saber decir no, admitir y expresar críticas o quejas, etc. En definitiva, saber expresar nuestros pensamientos, sentimientos y necesidades procurando no agredir a los demás y que estos no sean agresivos con nosotros.
Es cierto pero, que en función de la relación, de los conflictos que acostumbran a aparecer y de su forma de resolución hasta el momento, de las diferencias individuales de cada uno de los miembros de la pareja (carácter, habilidades de afrontamiento, educación ), y de variables contextuales como el exceso de trabajo, o las dificultades económicas o familiares, pueden favorecer o dificultar mucho la puesta en práctica de esta importante habilidad. Por ello, es crucial analizar la situación en perspectiva y procurar atender a todos aquellos elementos clave que puedan potenciar este aprendizaje. En este sentido, a continuación se exponen algunos recursos que pueden ayudarnos a mejorar la comunicación con nuestras respectivas parejas:
– Exteriorización/Expresión emocional: En la línea de lo comentado anteriormente, es importante que exterioricemos información significativa. Normalmente cuando ésta posee un grado elevado de contenido emocional sincero, resulta especialmente beneficioso para la relación. Debemos especificar pero, que en momentos de gran enfado o rabia acostumbramos a ser congruentes con el estado de ánimo momentáneo, pero no nos centramos en lo que realmente sentimos, y lo que es peor, en lo que verdaderamente queremos conseguir.
– Comprender la realidad del otro: Procurar observar y analizar los elementos que están generando o pueden provocar malestar o desestabilidad en el otro es una estrategia muy importante para poder comunicarnos eficientemente. Junto a esto, empatizar, es decir, transmitir la comprensión de esta realidad paralela a la nuestra puede ser de gran ayuda para que nos escuche y atienda a nuestras peticiones.
– Autonomía y autoestima: No debemos olvidarnos de nosotros mismos. Potenciar nuestras habilidades y características propias también pasa por valorar nuestros esfuerzos y los aspectos positivos, respetar nuestro espacio y priorizar aquello que nos ayude a sentirnos mejor en nuestro día a día. Esto nos permitirá ganar confianza y fuerza para comunicar con mayor frecuencia nuestros intereses. De esta forma, aunque en las relaciones de pareja existe un claro juego de equilibrios en el que debemos aprender, entre otras cosas, a ceder, también debemos respetarnos a nosotros mismos.
– Renunciar a la lectura de pensamiento: Otro de los mecanismos clave, relacionado con el primer punto expuesto, es la tendencia a interpretar o pensar que el otro ya sabe cómo nos sentimos o incluso qué estamos pensando. Tal y como nosotros necesitamos sinceridad y exteriorización, es importante explicitar adecuadamente todo aquello que consideremos relevante, eliminando esta tendencia que lo que promueve a largo plazo es la distancia y el retraimiento por ambas partes.
Existen otras estrategias que pueden ayudar a establecer unos hábitos adecuados en relación a la comunicación. La eficacia de muchas de ellas dependerá en parte de la reacción del otro, lo cual actuará como reforzador o como inhibidor de estos mecanismos. Aun así, su puesta en práctica debe ser un objetivo prioritario en toda relación, ya que muchos de los problemas que aparecen tienen su origen en una disminución en la comunicación asertiva. Cuando este aparece, es fácil recrear una interacción negativa con nuestra pareja, lo cual puede hacer que aparezcan muchos otros problemas.
La terapia de pareja supone una ayuda particularmente útil para trabajar este importante aspecto. En ella, se procura identificar aquellos aspectos más significativos involucrados en la situación problemática por medio de una evaluación minuciosa, y diseñar unos objetivos de tratamiento, consensuados con la pareja, encarados a mejorar tanto la relación como el bienestar psicológico y emocional de ambos miembros.
En nuestro centro de Psicología de Mataró contamos con un equipo de profesionales especializados en este y otros tipos de tratamiento. En caso de querer recibir más información al respecto, no lo dudes y ponte en contacto con nosotros. Te ayudaremos.
En términos generales, podemos definir el miedo como una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable que aparece ante la percepción de un peligro real o imaginario. En esta sensación, entran en juego tanto aspectos cognitivos (pensamientos, ideas, creencias ) como fisiológicos (sudoración, taquicardia, temblores ). Además, el peligro percibido puede ser presente, futuro o incluso referente al pasado. En sí mismo, posee una naturaleza evolutiva tanto desde el punto de vista filogenético, es decir, como predisposición de la especie humana a reaccionar así ante determinados estímulos, como ontogenético, entendido como un fenómeno adaptativo del desarrollo que facilita nuestra supervivencia.
De esta forma, el miedo es una una emoción normal y universal la cual se encuentra presente en numerosas ocasiones dentro de nuestro ciclo vital. A pesar de ello, cuando este es significativamente intenso y persistente, excesivo e irracional, y es además desencadenado por la presencia o anticipación de objetos o situaciones específicos, apareciendo una clara repercusión en el día a día del individuo, podemos estar delante de una fobia. En esta además suelen aparecer conductas de evitación, o los estímulos temidos se soportan con ansiedad o malestar intensos. Es decir, el miedo y la fobia se distinguirían principalmente en términos de intensidad o gravedad, y por tanto, de repercusión en la vida de la persona.
A lo largo de nuestro desarrollo, la experimentación de miedo ante diferentes estímulos no sólo es frecuente, sino que también resulta especialmente necesaria para crear mecanismos de afrontamiento adecuados ante situaciones concretas. Así, siguiendo las líneas de autores como Sandín y Chorot (2003), a continuación se exponen los miedos típicos en función de la edad, cuyo contenido parece reflejar un proceso continuo de maduración cognitiva a medida que vamos avanzando en las diferentes etapas:
– Primer año (0 a 12 meses): En esta etapa predominan los miedos asociados a lo que se denomina medio inmediato, es decir, sonidos fuertes, pérdida de apoyo, a las alturas, a personas y objetos extraños, y a la separación. En esta fase es importante tener en cuenta que se requiere un cierto grado de madurez cognitiva para experimentarlos, y concretamente se enfatiza la capacidad para recordar y/o distinguir lo familiar de lo extraño. En ciertos trastornos, como en el Autismo, esta capacidad puede no estar del todo desarrollada, por lo que el niño puede exhibir un patrón de distanciamiento interpersonal acentuado ya en los primeros meses.
– Inicio de la niñez (1 a 2 años y medio): Los principales miedos se relacionan con la separación de los padres, los extraños, pequeños animales como insectos y fenómenos naturales como las tormentas o el mar. Cabe mencionar que el miedo a la separación de los padres se acostumbra a intensificar a los 2 años, y que en esta fase aparece el miedo a los compañeros extraños.
– Etapa preescolar (2 años y medio a 6 años): Aquí se producen cambios importantes a nivel cognitivo, donde el niño puede experimentar miedo ante estímulos imaginarios globales. Así pues, predominan los miedos a los seres imaginarios y aparecen los miedos a los animales salvajes. En este sentido, la mayor parte de miedos hacia animales se desarrollan en este periodo. Además de estos, también son característicos el miedo a la oscuridad, quedarse solo, fantasmas y monstruos. El anclaje en el miedo a la soledad puede ser un factor de riesgo para desencadenar una personalidad dependiente o incluso problemas psicológicos como el trastorno de ansiedad de separación.
– Niñez media (6 a 11 años): Los miedos son más específicos, y engloban sobre todo el temor al daño físico, la salud o muerte propias o ajenas, los miedos médicos (sangre, inyecciones ), los sucesos sobrenaturales, y aparecen los miedos escolares relacionados con los compañeros, el rendimiento, la crítica o el fracaso.
– Preadolescencia (11 a 13 años): Lo más característico de este periodo es la reducción de los miedos relacionados con animales y el incremento del temor a la crítica y al fracaso. En este sentido, se mantienen e incrementan los miedos sociales y escolares, y se inician miedos sobre temas económicos y políticos. Al aparecer cambios evolutivos en la propia imagen, pueden nacer miedos relacionados con la autoestima.
– Adolescencia (13 a 18 años): Nos encontramos con miedos que, aunque empiezan a desarrollarse en esta etapa, son característicos también de etapas posteriores como la adultez. Así, se relacionan con el área sexual, el autoconcepto, el rendimiento personal, y aspectos sociales, académicos, políticos y económicos. Un aspecto característico es que continúan los miedos de la preadolescencia y adquieren mayor relevancia aquellos relacionados con el rendimiento personal, la autoidentidad y las relaciones interpersonales.
Así pues, los miedos vinculados a cada fase del desarrollo pueden considerarse temores evolutivos, que pueden resultar normales (si estos no son muy intensos y no limitan la vida de la persona), específicos de cada período y, por tanto, transitorios. Todos ellos, a través del aprendizaje, resultan útiles en muchas ocasiones, pues pueden ayudar a afrontar diferentes situaciones de una forma adecuada. Como hemos comentado pero, si estos persisten y se agravan pueden llegar a suponer una limitación muy importante para la persona, provocando alteraciones específicas en el desarrollo.
Si quieres ampliar la información sobre algún tema que consideres relevante, ponte en contacto con nuestro equipo de psicológos de Mataró. Atenderemos encantados todas tus peticiones.
Desde nuestros orígenes, entre muchas de las características, conductas y objetivos que nos definen como seres humanos, existe uno común a todo ser vivo; la supervivencia. Este mecanismo puede ser empleado de múltiples maneras dependiendo tanto del ser o persona, como del contexto en que nos veamos inmersos. Así, con tal de asegurarnos que esto se produzca y seguir manteniendo nuestra estabilidad vital, deberemos afrontar una serie de sucesos, sean estos positivos o negativos. En esta línea, en función de nuestras experiencias ante la misma u otras situaciones similares (es decir, de nuestro aprendizaje), de nuestros rasgos personales (impulsividad, sensibilidad
), de los elementos presentes en el contexto, y de los resultados anticipados, utilizaremos una estrategia u otra para sobrevivir, siendo estas el afrontamiento directo o la evitación.
Lazarus y Folkman (1984) nos ayudan a entender el término afrontamiento definiéndolo como el conjunto de estrategias cognitivas y conductuales que utilizamos para gestionar las demandas externas o internas que son percibidas como una amenaza teniendo en cuenta nuestros recursos personales. A partir de aquí, una de las formas más eficientes (en términos de coste beneficio) y en ocasiones menos útiles para solventar ciertas situaciones, es el escape o la evitación. Este, aunque se trata de un mecanismo de defensa y supervivencia innato y en muchas ocasiones muy eficaz; puede ser perjudicial si se emplea como estrategia principal. Así pues, será útil siempre que la situación o amenaza externa exceda real y objetivamente nuestros recursos personales y contextuales; por ejemplo: si nos encontráramos con un león en medio de la selva sin ningún elemento que nos ayudara, lo mejor y más posible es que saliéramos corriendo (evitáramos/escapáramos) de la situación. De la misma forma, si nos hemos despistado atravesando la calle y un coche se acerca a toda velocidad, emplearemos el mismo formato de afrontamiento. Ahora bien, existen momentos y situaciones cuya evitación no solamente es poco útil, sino que puede ser perjudicial.
Es cierto que su utilización y uso eficaz nos permite relajarnos y ahorrarnos algo anticipado como negativo, pero, ¿y si eso que anticipamos no es realmente tan negativo? El miedo o las consecuencias temidas pueden no ser del todo objetivas, y por lo tanto, la evitación no es útil. Un ejemplo ilustrativo lo encontramos en los problemas de ansiedad, y particularmente en las fobias. En estas, habitualmente existe una evitación persistente de la situación temida. Otro ejemplo lo podemos situar en los trastornos depresivos y en los problemas de autoestima, donde la persona tiende a interpretar negativamente el hecho de inmiscuirse en ciertas actividades, sobre todo cuando éstas son de carácter social, por miedo al rechazo o al posible escrutinio de los demás. Esto, a corto plazo produce relajación y bienestar subjetivo, ya que se ha conseguido ahorrar una situación valorada como embarazosa o peligrosa. Pero a largo plazo, no solamente limita nuestras vidas sino que nuestra mente aprende que esa situación (y en muchas ocasiones, situaciones similares), es peligrosa. Es decir, que por el hecho de habernos relajado al evitar esa situación cuya anticipación nos produce tanto malestar, confirmamos que muy posiblemente esta es perjudicial, y por lo tanto nos sale mucho más a cuenta no afrontarla. Por ello, la evitación se conforma como estrategia principal, y nuestros recursos y habilidades van quedando escondidos y empequeñecidos con el paso de los días. Además de esto, pero, en ocasiones esta constituye uno de los rasgos principales de la propia persona, conformándose el que se conoce como Trastorno de Personalidad Evitativo.
Como se habrá podido observar en los ejemplos citados, aparecen dos claros mecanismos; uno sería el físico o conductual (p.ej., no voy, no hablo, salgo de aquí
), y el otro sería el cognitivo, es decir, el conjunto de pensamientos e interpretaciones que realizamos acerca de lo que puede pasar. De esta forma, no solamente es importante encarar las diferentes situaciones, sino que deberemos entrenar a nuestra mente para que adopte una mirada algo más realista que la utilizada hasta el momento.
Una de las intervenciones más eficaces y con más evidencia empírica es la Terapia Cognitivo-Conductual. El mismo nombre indica los elementos que considera cruciales a trabajar, los cuales coinciden con los comentados. Así, mediante el uso de diferentes estrategias es posible revertir estas y situaciones similares, y por lo tanto salir de la espiral que poco a poco va limitando más nuestra vida.
El equipo de psicólogos de nuestro centro, situado en Mataró, trabaja con esta y otras intervenciones que han demostrado ampliamente su utilidad y eficacia. Si deseas conocer más acerca de estas, o crees que pueden beneficiarte, no lo dudes y contacta con nosotros, te ayudaremos.
La memoria, a pesar de constituir un término muy amplio y general, es un almacén de capacidad limitada. La podemos definir como la función que nos permite almacenar, codificar y recuperar la información del pasado reciente y/o lejano. En esta línea, generalmente se diferencia entre memoria a corto y a largo plazo. La primera, también denominada memoria operativa, nos permite retener durante un periodo de tiempo breve una cantidad de información limitada (como mucho, 7 elementos o ítems durante unos 20 segundos). En el segundo caso, nos encontramos ante un almacenaje permanente cuya capacidad es prácticamente ilimitada. Esta, además, contiene nuestros recuerdos autobiográficos, el conocimiento del mundo, así como el lenguaje, sus reglas y los significados de los conceptos. Junto a esto, es importante remarcar que el mantenimiento de los recuerdos durante un periodo de tiempo prolongado depende del grado de profundidad con que se haya procesado la información, así como de las repetidas recuperaciones que se hagan periódicamente de los contenidos almacenados.
Así, la pérdida de memoria, es una alteración incapacitante que acostumbra a poseer un curso crónico y progresivo. La persona que lo padece puede ser consciente de su problemática o no. En el primer caso el impacto emocional en el propio individuo suele ser estar más patente, y este en el segundo es generalmente más acusado en los familiares. Por otro lado aunque acostumbra observarse en personas de edad avanzada, puede aparecer en diferentes momentos del ciclo vital, siendo sus causas muy diversas:
– Cambios o pérdida de memoria relacionada con la edad: Es el más común, y está relacionado con la disminución fisiológica de las funciones cerebrales. Con el paso de los años los olvidos y las dificultades para recuperar un cierto tipo de información son frecuentes, ya que la eficiencia de la red neuronal disminuye. Aun así, la capacidad para pensar y realizar las distintas actividades diarias no acostumbran a verse afectados.
– El Deterioro Cognitivo Leve (DCL): Distinguir este de la pérdida normal de memoria es una tarea complicada. Suele indicarse, que en este existe una alteración más pronunciada y significativa que en la pérdida normal, pero más leve en comparación con las demencias. Así, aunque la capacidad atencional y de realización de actividades habituales no suelen estar afectadas, puede existir olvido significativo en relación a eventos o información importante y/o situaciones recientes como conversaciones. Se dice que aproximadamente el 50% de las personas con DCL acaba desarrollando una demencia.
– Las Demencias: Estas son trastornos degenerativos del cerebro que producen un declive gradual y pronunciado en la función intelectual. Aquí los problemas de memoria aparecen como primer síntoma, y posteriormente se observa un deterioro significativo a nivel intelectual y emocional. Podemos incluir aquí la Enfermedad de Alzheimer (EA), la enfermedad de Pick, la demencia por cuerpos de Lewy, la Corea de Huntington, entre otras. Las personas que las sufren acostumbran a negar su enfermedad, a pesar de que la repercusión en su vida cotidiana es progresivamente más grave y evidente para los demás.
– Problemas y trastornos psicológicos específicos: Este apartado merece especial atención, ya que cuando se produce una pérdida de memoria la mirada suele centrarse en detectar alguna de las enfermedades neurológicas citadas. Así, existen muchos problemas psicológicos que cursan con la dificultad para recordar y recuperar información, aunque merecen especial atención los cuadros de estrés y ansiedad, y los estados depresivos. En el primer caso suele haber un grado muy elevado de preocupación, el cual puede alterar los subprocesos inmiscuidos en las tareas de memoria (atención, procesamiento, organización, concentración ). En la depresión, resulta difícil definir en ocasiones si es la causa o la consecuencia del deterioro cognitivo. Un aspecto útil es que la persona suele ser consciente de su situación, siendo la pérdida de memoria uno de los justificantes del estado deprimido.
Como vemos, existen causas muy diversas para explicar el deterioro de esta importante función cerebral. Se requiere una evaluación minuciosa a todos los niveles que procure tanto confirmar como descartar hipótesis plausibles. En este sentido, la evaluación neuropsicológica puede ayudar mucho a esclarecer la situación, detectando además el grado de deterioro asociado. A partir de aquí, existen intervenciones para facilitar la mejora cognitiva y emocional de la persona. En el caso de que la alteración memorística sea consecuencia de un problema psicológico concreto, este deberá abordarse como prioridad, ya que muy posiblemente las funciones cognitivas se verán restablecidas con la mejora del estado anímico. Por otro lado, si el deterioro cognitivo es el principal problema, existen intervenciones como la Rehabilitación Cognitiva que poseen una elevada eficacia. En esta trabajan las dificultades específicas del paciente a través de una serie de ejercicios que promueven el entrenamiento, la estimulación y por lo tanto la recuperación o mejora de las funciones cognitivas.
Este es un tema muy amplio y de gran relevancia, si deseas conocer más sobre ello o crees que puede beneficiarte nuestra ayuda, puedes contactar con nuestro centro situado en Mataró. Llámanos y te atenderemos de una forma profesional e individualizada.
