Los humanos somos seres complejos. Estamos conformados por una serie de características y procesos que nos hacen únicos, y nos permiten una mejor adaptación al mundo que nos rodea. Entre este entramado de elementos, tenemos el maravilloso mundo de las emociones. Aunque en ocasiones nos sea difícil identificar, diferenciar e incluso experimentar algunas de ellas, uno de los aspectos más positivos en relación a ellas es que son comunes a la mayoría de nosotros, lo cual nos permite tener una mayor comprensión. 

Son muchos los autores que han investigado sobre estas, procurando determinar la cantidad, la funcionalidad y su carácter primario o secundario. Paul Ekman o Robert Plutchick son algunos de los investigadores con más experiencia en este campo. La mayoría coinciden en considerar 3 funciones básicas de las emociones: la adaptativa (ajustar el organismo a las nuevas condiciones del entorno o prepararlo para la acción), social (como forma de comunicarnos e influenciar en otros), y motivacional (tienen la capacidad de potenciar y dirigir la conducta). En cuanto a la cantidad, el consenso gira entorno a entre 4 y 8 emociones, dependiendo de si algunas se agrupan en una misma o de la terminología utilizada. Finalmente, a continuación diferenciaremos entre aquellas consideradas primarias y las secundarias:

  • Emociones primarias: alegría, enfado, miedo, tristeza, asco, confianza e interés. 
  • Emociones secundarias: vergüenza, culpa, orgullo, entusiasmo, satisfacción, desprecio, complacencia, placer. 

Es importante tener presente que esta clasificación no es exhaustiva, y existe controversia acerca de ella. A pesar de ello, podemos apreciar como las primeras son aquellas que quizás nos vienen más rápidamente a la mente, poseen un carácter más universal, y sobretodo son innatas a todo individuo. Las secundarias, en cambio, se pueden considerar aprendidas ya que las vamos adquiriendo en base a nuestras experiencias, y principalmente en la interacción con los demás. Si nos fijamos, y aunque las primeras también pueden aparecer en estas circunstancias, las segundas son probablemente más fáciles de imaginar en ejemplos con situaciones en las que están involucradas otras personas.  

Un aspecto clave a tener en cuenta es que todas ellas son válidas. Somos nosotros los que con nuestros juicios (p.ej., no puedo sentirme así, estar triste es horrible, no quiero tener miedo…) las etiquetamos e incluso aumentamos su intensidad. En el Trastorno de Pánico o en la Depresión por ejemplo, vemos claramente este proceso. Debemos ser conscientes de ello, y de intentar aceptarlas y gestionarlas para poder convivir con ellas sin que nos causen malestar. Métodos como el diario emocional, el cual nos puede permitir autoobservarnos pueden facilitarnos tener un mayor control sobre ello. 

Si deseas conocer más acerca de esta estrategia o de cualquier otra que consideres que te puede beneficiar, contacta con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró, te facilitaremos todo aquello que necesites. 

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