Factores de riesgo asociados al estrés y la ansiedad

Actualmente, la ansiedad se define como una respuesta de carácter más o menos inmediato al peligro o amenaza. En términos científicos es denominada como la reacción de lucha o huida que permite a la persona enfrentarse a la situación o escapar. Ésta, habitualmente va acompañada de una serie de sensaciones como sudoración, mareo, palpitaciones, visión borrosa, entre otras., los cuales a pesar de no ser nocivas, en ocasiones producen un gran malestar.  Por otro lado, el estrés es considerado como el proceso mediante el cual la persona realiza una infravaloración de sus recursos personales para afrontar una demanda externa. Dicho de otra manera, este fenómeno aparece cuando percibimos un acontecimiento o situación específica como desbordante y que excede a nuestros propios recursos. Comúnmente aparece ante ciertos cambios, los cuales pueden exigir un sobresfuerzo y poner en peligro nuestro bienestar.
Así, tal y como puede derivarse de ambas definiciones existen diferencias sutiles tanto a nivel cualitativo como cuantitativo entre ambos términos; principalmente, se habla de que el estrés es un estado más o menos prolongado el cual tiende a desaparecer cuando la demanda externa se soluciona o termina. La ansiedad, en cambio, acostumbra a ser un estado emocional más repentino asociado a un peligro real o imaginario, y sus reacciones fisiológicas suelen ser más intensas, pudiendo confluir en un ataque de pánico. A pesar de ello, los términos suelen utilizarse como sinónimos, ya que producen síntomas muy similares y pueden llegar a limitar mucho a la persona que los sufre. Además, afectan tanto a población adulta como infanto-juvenil, y aunque es inevitable experimentarlos, es importante aprender a gestionarlos para que no nos impidan llevar un estilo de vida adecuado y óptimo.
En cuanto a los posibles factores que pueden contribuir y precipitar estos estados, resulta útil distinguir entre variables personales y variables externas o ambientales:
Factores personales
Entre ellos, pueden encontrarse evidentemente el sufrir ciertos problemas de salud que conlleven síntomas de estrés o ansiedad, los cuales son los primeros que deben descartarse de cara a determinar la adecuación de un tipo de tratamiento u otro (farmacológico o psicológico). Además pero, ciertos rasgos y características de personalidad como la obsesividad, la rigidez, la sensibilidad, la mala regulación emocional o la irritabilidad pueden favorecer un estado de ánimo primordialmente ansioso. Junto a estos, el poseer un locus de control primordialmente interno (tendencia a atribuir tanto los éxitos como los fracasos a uno mismo) puede llevar consigo, en ocasiones, este tipo de sintomatología.
Relacionado con el último aspecto, de entre las principales características individuales, merece la pena destacar el estilo cognitivo. En este se encuentran inmiscuidos nuestros pensamientos, creencias e interpretaciones acerca de nosotros mismos y el mundo. Así, el adoptar un punto de vista poco objetivo, a través de una visión sobre las cosas principalmente dicotómica (blanco o negro), absolutista o generalista puede resultar especialmente negativo.
También es importante remarcar el establecimiento de hábitos inadecuados, como dedicar poco tiempo al ocio o a uno mismo, lo cual confluye poco a poco en un ritmo de vida progresivamente más acelerado.
Del análisis de este tipo de variables se deriva la importancia que juega nuestras características, siendo especialmente relevante la manera en que afrontamos las diferentes situaciones. Además, de ello se deduce que los diferentes acontecimientos que expondremos a continuación pueden afectar en mayor o menor grado en función de los factores comentados anteriormente.
Factores externos
En este apartado se incluyen todas aquellas situaciones o circunstancias que habitualmente, de por sí, poseen un carácter potencialmente negativo y amenazante para el bienestar de la persona. Así, principalmente hablamos de aspectos relacionados con cambios bruscos y/o repentinos que vulneran el estado de salud, como pueden ser el fallecimiento de un ser querido, la pérdida o el cambio de trabajo, el embarazo, la detección de una enfermedad, etc.
Junto a estos, que habitualmente generan un estado inicial de gran malestar, también es importante resaltar aquellos eventos “menores” que contribuyen a perpetuar este estado. Algunos posibles son: discusiones o conflictos familiares, laborales o sociales, el llegar tarde, conducir bajo condiciones ambientales complicadas, exceso de obligaciones, entre otros.

Así pues, es importante detectar aquellas fuentes que nos están generando estos y otros síntomas, procurando además, analizar si nuestra interpretación está siendo la adecuada teniendo en cuenta la situación y sus características. El estrés y la ansiedad forman parte de nuestro día a día, y existe evidencia de que no solo son dos de los problemas más prevalentes, sino que con el tiempo parece que su incidencia está incrementando.
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