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Las personas diferimos en el grado con el que comunicamos nuestros pensamientos, emociones e inquietudes internas. Si reflexionamos sobre ello, no profundizamos igual sobre nosotros mismos con un amigo o familiar íntimo con el que nos sentimos confiados, que con alguien desconocido. Además, si lo trasladamos al área de los conflictos, todos diferimos en el nivel de emocionalidad que mostramos ante los demás, pudiendo diferenciar de forma más o menos clara, a aquellos que parecen no tener ningún tipo de pudor a exponer todo lo que sienten y piensan, y a aquellos otros que difícilmente hablan sobre ellos mismos.

El problema surge cuando, o bien nos comunicamos o exteriorizamos de manera inadecuada, y/o lo hacemos en pocas ocasiones. En estos casos, las consecuencias pueden ser diversas, y repercuten tanto a nivel personal como a nuestro entorno. Así, cuando adoptamos la estrategia de guardarnos las cosas, podemos ir acumulando una sensación de malestar interno que puede ir acentuándose con el paso del tiempo. Además, podemos incluso llegar a tener la sensación de que no tenemos derecho a manifestar lo que queremos. Junto a esto, los demás pueden considerar que no les tenemos la suficiente confianza como para abrirnos, e incluso a veces, pueden “utilizarnos” para exponer todo lo que les preocupe a ellos ya que difícilmente reconoceremos que nos afecta o importa. En el otro extremo, si nos acostumbramos a manifestar nuestras inquietudes de forma inadecuada, con agresividad, o de manera excesiva, principalmente podemos provocar que los demás se alejen de nosotros, y esto repercute claramente en nuestra autoestima. Entre las posibles causas que podemos encontrar para decantarnos por una u otra alternativa, podemos encontrar las siguientes:

Dificultades en la identificación: Especialmente en el caso de no exteriorizar, en muchas ocasiones existe una clara dificultad para identificar lo que sentimos y para poner nombre a nuestras emociones. Esto se explica en parte por no haber aprendido a observarlas o haberlas evitado.
Miedo: Este es un mecanismo clave. Diferentes tipos de miedo pueden alejarnos de manifestar lo que nos inquieta. Uno de ellos puede ser el miedo a mostrarnos vulnerables o débiles. Ciertas personas tienen la sensación de que si se abren, reflejan una imagen negativa, y mediante la cual los otros pueden en cierta manera aprovecharse. En segundo lugar, puede existir un miedo a afrontar la emoción, por considerarla a ésta perjudicial o inmanejable. También puede aparecer un tempor a generar conflictos o a dañar a alguien con nuestros comentarios.
Rasgos de personalidad: El principal podríamos decir que se vincula a la introversión. Se trataría de un mecanismo innato que nos impide o limita la expresión de pensamientos y emociones. Este resulta especialmente difícil de modificar, por lo que requerirá un entrenamiento y trabajo intensivo.
Aspectos ambientales: Muchas veces puede no depender tanto de nosotros. Por ejemplo en familias donde se acepta y normaliza la no comunicación emocional, o incluso se censura ésta, puede precipitar que la persona adopte esta tendencia. En contraste con esta situación, hay ambientes que fomentan la expresión disfuncional, provocando el efecto contrario.

Todo ello tendrá mayor o menor peso dependiendo de la persona. Aun así, fácilmente precipitará que aparezcan las estrategias expuestas anteriormente: evitación o retraimiento, o una exteriorización inadecuada. Por ello, si nos concienciamos y además aprendemos estrategias mediante una intervención específica podemos llegar a desarrollar formas alternativas y sobre todo beneficiosas tanto para nosotros como para los demás. Entre los beneficios que podemos encontrar es importante mencionar los siguientes:

Confianza y autoestima: Algo que rápidamente podemos notar es que con un adecuado manejo de nuestros sentimientos y mensajes, ganamos en autoconfianza. Además, como hemos comentado, los demás también pueden agradecer que exterioricemos lo que nos inquieta, ya que se posibilita una relación más sincera y transparente y transmitimos tener confianza en los otros.
Comunicación: Este dato resulta más o menos evidente, pero conviene recordarlo. Con el tiempo posibilitamos que nos expresemos cada vez con más fluidez y de manera más objetiva, lo cual tiene un claro beneficio no solo para nosotros, ayudándonos a aprender de nosotros mismos, sino para los otros, permitiéndoles tener los datos de forma clara y concisa para poder comprendernos y asesorarnos en caso de necesitarlo.
Liberación: Es algo que podemos experimentar a corto plazo, y se refiere a la sensación de alivio que produce sacar cosas que nos perturban. Por ello, se dice que exteriorizar puede ser por sí mismo incluso terapéutico.
Manejo emocional: Por último, externalizar adecuadamente también conlleva un mejor manejo de las emociones tanto propias como ajenas. Favorece que identifiquemos mejor y más rápidamente los estados de ánimo en general, y aumenta nuestra capacidad empática.

Existen muchos otros beneficios, y diferentes alternativas de tratamiento que pueden permitirnos desarrollar las estrategias necesarias para conseguirlos. Otro aspecto a remarcar, es que aunque no es necesario tener una problemática específica para manifestar estas dificultades, existen patologías donde acostumbra a aparecer con mayor frecuencia. Entre ellas están la depresión, la ansiedad, los problemas de autoestima e incluso ciertos trastornos de personalidad.

Si te interesa el tema expuesto, o te gustaría preguntar cualquier cosa que consideres relevante, ponte en contacto con nuestros profesionales. En nuestro centro de Mataró te facilitaremos todo aquello que necesites.

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