Debido a la alteración en las áreas cerebrales que regulan el control de la conducta y de la atención, es frecuente que el TDAH vaya asociado con problemas de conducta que varían en intensidad y frecuencia en función de otros factores, uno de ellos nuestros estilos educativos. Por ello, es interesante “entrenarnos” como padres para aplicar consecuencias de forma efectiva, así como para adaptar el entorno y las rutinas para poder ayudar a nuestro/a hijo/a a funcionar de forma más efectiva y, consecuentemente, a sentirse mejor consigo mismo y con su entorno.

Pautas educativas generales:

        Proporcionaremos a nuestro/a  hijo/a una vida ordenada organizando sus horarios y estableciendo momentos de pausas, descanso y actividad física.        Actuaremos (y nos referimos a aplicar consecuencias) cuando se dé una conducta no deseable más que quejarse o criticarla.        Anticiparemos y planificaremos cómo vamos a actuar ante posibles situaciones problemáticas (qué consecuencias aplicaremos), eso nos ayudará a mantenernos serenos, no perder el control y aplicar consecuencias de forma más efectiva y razonable.        Reforzaremos/castigaremos la conducta deseada o a eliminar de forma inmediata; no hay que demorarse en el tiempo para felicitar ni para aplicar consecuencias.        Seremos coherentes y consecuentes en los pactos sobre los reforzadores y en las conductas que se premian y las que no son aceptables o se deben corregir. En este punto es importante señalar que ambos padres deben ponerse de acuerdo en qué conductas son permitidas o no y como premiarlas o castigarlas.        Le proporcionaremos un feedback frecuente; lo quiere decir que le haremos comentarios continuos y de forma positiva sobre lo que está haciendo bien o lo que aún tiene que mejorar y cómo hacerlo (siempre en tono positivo y sin caer en la crítica, hay que tener en cuenta que son niños con riesgo de presentar una baja autoestima); de esta forma, le serviremos de guía externa sobre cómo actuar o resolver las diferentes situaciones y tareas que se le plantean.        Dedicaremos un tiempo estipulado y que servirá como reforzador para compartir con él/ella alguna actividad que le guste con nosotros. Si son mayores, podemos dedicar un tiempo del día a hablar con él/ella sobre cómo se siente, qué le preocupa…Debe ser un rato exclusivo para él/ella, en el que podamos centrar nuestra atención sin interrupciones.        Reforzaremos el contacto ocular durante la comunicación y esperaremos a que esté receptivo para escucharnos con atención (que no esté distraído con algo que le guste ni enfadado/a).        Nuestras normas deben ser pocas y claras. Los niños a veces no las cumplen porque no las recuerdan o no las comprenden.        Las órdenes o instrucciones deben ser sencillas, directas y concisas. Evitaremos que vayan cargadas de emociones negativas y fomentaremos el tono emocional neutro.        No prestaremos atención a cuando interrumpa y haremos evidente el momento en el que puede intervenir; acto seguido, le felicitaremos por intervenir en el momento adecuado (a pesar de que antes haya interrumpido).        Especificaremos porqué lo estamos felicitando: “muy bien, estoy muy contento/a porque has conseguido vestirte mucho más rápido que ayer y te he tenido que ayudar menos”.        Estableceremos rutinas en aquellas tareas que menos le motiven (por ejemplo, los deberes o recoger su habitación) y las dividiremos en subtareas que impliquen poco tiempo,  estableciendo descansos y recompensándole verbal y/o afectivamente (con  elogios, abrazos, besos…).        Es conveniente hacer referencias temporales ya que suelen perder la noción del tiempo con facilidad. Por ejemplo, avisar de cuánto tiempo queda para jugar y para empezar a hacer los deberes e ir anticipando la siguiente tarea.        Le recordaremos la consecuencia positiva que tendrá el realizar la tarea (el reforzador).        Les serviremos como guías verbales para que presten atención a los detalles importantes de la tarea. Por ejemplo “¿qué tenemos que hacer? Tenemos que conseguir recoger el cuarto…¿pero cómo lo vamos a hacer?, primero recogeremos la ropa que está en la silla (dejarle tiempo para que lo haga y reforzarle), ahora los juguetes del suelo…fíjate que no haya alguno debajo de la cama…”.        Nos esforzaremos en encontrar continuamente virtudes (aunque sean pequeños detalles o mejoras), se las señalaremos verbalmente y evitaremos criticar continuamente lo que hace mal.        Salvo en situaciones límite, evitaremos el castigo; los niños/as con TDAH funcionan mejor reforzándolos que castigándolos. Evitaremos perder el control emocional y caer en la confrontación.
 
En el próximo artículo detallaremos diferentes técnicas a aplicar tanto cuando se den situaciones no aceptables o límite, como para reforzar las conductas que deseamos instaurar en niños con TDAH.

¿En qué consiste la terapia de grupo o tratamiento grupal? ¿Qué beneficios puede aportar? ¿Puede realizarse junto a la intervención individual?

La terapia de grupo es un tipo de intervención psicológica donde, mediante la creación de un espacio de interacción y colaboración, se busca dotar, potenciar o modificar los recursos personales y las estrategias de afrontamiento con el principal objetivo de mejorar la calidad de vida de cada uno de sus miembros. Un aspecto clave a tener en cuenta es que, aunque sea guiado por un profesional el cual aplica diferentes técnicas y estrategias, el grupo en sí es considerado un instrumento de cambio, ya que posee en esencia, un importante potencial terapéutico.

En esta misma línea, la interacción y la retroalimentación son aspectos clave que ayudan a comprender el beneficio de este tratamiento. Inmiscuidos en estos, algunos de los aspectos a favor son: descubrir que hay otras personas experimentando dificultades similares, y que por lo tanto, los problemas no son únicos y exclusivos de uno mismo; poner a prueba ciertas creencias sobre las percepciones de los demás, lo cual favorece romper con algunos prejuicios y reducir los miedos asociados a estos; favorecer la motivación y la adherencia al tratamiento mediante la aprobación, el refuerzo y la observación de los progresos conseguidos; facilitar la generalización debido a la variedad de miembros que participan y a las situaciones que pueden trabajarse con estos, permitiendo encontrar además, diferentes soluciones alternativas.  En definitiva, el crear un espacio donde compartir experiencias, emociones y conflictos internos fomenta una elevada cohesión grupal, la cual conduce a cambios en el estado emocional y psicológico más estables a largo plazo.

Por otro lado, cabe remarcar que la terapia de grupo puede utilizarse tanto de manera única, como de forma complementaria a la intervención individual. Como hemos visto, existen ciertos aspectos cuya aparición puede ser limitada en las sesiones individuales. Así, algunos estudios han remarcado que el tratamiento grupal puede potenciar los efectos terapéuticos conseguidos mediante la terapia individual, ya que permite exponer y trabajar las diferentes dificultades presentadas desde una perspectiva interactiva y dinámica donde la escucha activa, la empatía y el reforzamiento configuran mecanismos clave para facilitar la mejora de la persona. Además, en aquellos casos en los que se determine, también puede resultar beneficiosa en combinación con otros tipos de intervención como puede ser la psiquiátrica.

Junto a todo lo expuesto, es importante tener en cuenta que la terapia grupal está indicada para una gran variedad de problemáticas. En este sentido, existen grupos diseñados para aprender a manejar dificultades muy diversas como pueden ser estrategias de manejo de la ansiedad, depresión, adicciones, gestión de conflictos, talleres para padres, autoestima, habilidades sociales, entre muchos otros. Además, puede emplearse con diferentes tipos de población, pudiendo intervenir desde la psicología de adultos o infantojuvenil.

Finalmente destacar que es comprensible que inicialmente algunos sean reticentes a inmiscuirse en este proceso. Las dudas y los miedos respecto a involucrarse emocionalmente con los demás y a descubrir ciertos aspectos de nuestra identidad son totalmente legítimos. Aun así, debemos tener en cuenta que esto forma parte del proceso, y que aunque al principio podamos encontrar dificultades, poco a poco vamos a conseguir aumentar la confianza en nosotros mismos y vamos a poder beneficiarnos y ayudar a los demás mediante nuestras propias vivencias. Además, debemos tener en cuenta que las personas somos seres sociables, y nuestros problemas en la mayoría de ocasiones no pueden entenderse sin tener en cuenta su repercusión a nivel interpersonal.

Nuestro centro de psicología de Mataró ofrece diferentes talleres grupales. Si deseas recibir más información o crees que puedes beneficiarte de alguno de ellos no dudes en contactar con nosotros. Te ayudaremos.

¿Siente que es responsable de sus actos?, ¿Considera que son sus esfuerzos los que determinan el resultado final? O por ejemplo, ¿Piensa que posee poca influencia sobre los diferentes acontecimientos? ¿Son fuerzas externas las que acaban determinando el transcurso de las cosas? ¿Es todo cuestión de suerte o azar?

Al observar las diferentes preguntas, aparte de haberse sentido más o menos identificado, habrá podido observar algunas diferencias significativas. Bien, este tipo de preguntas están inmiscuidas y nos ayudan a comprender el concepto de locus de control. A grandes rasgos, puede definirse como la percepción o atribución de responsabilidad que realiza la persona sobre los diferentes eventos que transcurren a lo largo de su vida. En otras palabras, se refiere al grado de control percibido sobre los resultados obtenidos, sean estos negativos o positivos. Rotter (1966) fue el primero en introducir este término, definiéndolo como un rasgo de personalidad relativamente estable, que representa la atribución que una persona lleva a cabo sobre si el esfuerzo que realiza es o no contingente a su conducta.

Junto a esto, actualmente se conciben dos subtipos; si percibimos que el acontecimiento es contingente con nuestra conducta o nuestras características personales, se entiende que poseemos un locus de control interno. En cambio, cuando percibimos un refuerzo como poco contingente con nuestras acciones, atribuyéndolo en ocasiones como resultado del azar o la suerte, nos acercamos más a lo que se entiende como locus de control externo. Es importante tener en cuenta, que aunque existan claras diferencias entre ambos, estos deben percibirse como un continuo. Así, aunque en cada uno de nosotros exista una tendencia, en muchas ocasiones habremos adoptado una postura u otra.

Algunos autores coinciden en que adoptar un sistema de atribución interno, puede ser lo más beneficioso, sea de éxitos o de fracasos. Las personas en las que predomina este sistema, acostumbran a ser más propensos a asumir la responsabilidad de sus actos, tienden a dejarse influenciar menos por los demás, poseen un sentido más fortalecido de la autoeficacia y se esfuerzan para conseguir sus objetivos. En cambio, aquellos en los que se manifiesta mayoritariamente el subtipo externo, suelen culpabilizar a aspectos externos sus resultados, atribuyen a la suerte o casualidad los éxitos obtenidos, poseen unas bajas expectativas de modificar las situaciones a través de sus esfuerzos, y son más propensos a experimentar emociones negativas.

A pesar de ello, en ocasiones puede resultar perjudicial (sobre todo cuando es extremista) ya que existen ciertas variables del entorno que no podemos controlar, y de las cuales no debemos responsabilizarnos. Por ejemplo, ante situaciones como una catástrofe natural, la muerte repentina de un ser querido, la detección de alguna enfermedad grave; atribuir las causas de estos sucesos a variables internas lo único que generará son sentimientos de culpabilidad, frustración, rabia, o ansiedad.

Comprender este concepto y realizar autocrítica en base a este es clave para fomentar un estilo de afrontamiento adecuado. Un método sencillo para mejorar y detectar qué locus de control predomina en nosotros, consiste en plasmar los hechos que nos ocurren, juntamente con nuestras reacciones y pensamientos, y procurar adoptar un punto de vista objetivo al realizar este análisis. A partir de aquí, debemos asumir la responsabilidad de la parte que nos corresponda y aceptar qué parte no depende de nosotros. La finalidad es tomar las riendas de aquello que podemos controlar para modificar aquello que deseemos mejorar.

¿Cuántas veces hemos sentido la necesidad de decir algo y no lo hemos hecho por miedo? ¿En cuáles de estas ocasiones nos hemos conformado y resignado? ¿Habré actuado de forma demasiado directa e incuso agresiva? O por lo contrario, ¿He sido quizás demasiado pasivo? Esto es una fuente principal de malestar, ya que repercute en nuestro estado de ánimo y en nuestra vida social, familiar y laboral. En la mayoría de ocasiones aceptamos pasivamente estas situaciones, aunque a veces podemos llegar al límite y estallar de ira. Todo esto simplemente por el hecho de no haber sabido gestionar y formular de manera correcta lo que sentíamos y esperábamos de esa situación o persona. Hoy en día la asertividad se define como la capacidad o habilidad de expresar nuestras opiniones y deseos, defender nuestros derechos y realizar sugerencias sin vulnerar las de los demás, haciéndolo de forma respetuosa, educada y honesta. De esta forma, se sugiere encontrar un punto medio entre la pasividad y la agresividad que permita obtener un resultado, en principio, mucho más beneficioso y gratificante. Dicho así puede parecer sencillo, pero en la práctica sabemos que resulta más complicado. Nuestras experiencias ante ciertas situaciones y personas dictan nuestra forma de afrontar los siguientes encuentros, e incluso llegamos a generalizar en base a características que consideramos comunes. Por ello, te proponemos una serie de pautas para que no te dejes llevar ni por el miedo ni por la ira, y seas capaz de manifestar lo que crees y piensas de la mejor manera: –        Los demás no pueden leer tu mente: Puede parecer un aspecto banal pero debes comprender que los otros no saben lo que piensas ni lo que quieres a menos que se lo digas. Para ello ¡no sirve enfadarnos y recriminarles que deberían saberlo! Sino que debemos especificar cuáles son nuestros intereses. –        Reformula tus pensamientos negativos: No te dejes llevar por tus prejuicios, y procura positivizar aquello que te susciten los demás. ¡A veces podemos estar muy convencidos de algo y cuando ponemos a prueba nuestras creencias nos damos cuenta de que no era para nada así! –        Justifica tus peticiones: Dar motivos es la mejor forma de reducir las probabilidades de que nos rechacen, ya que la otra persona se percatará de que existe una razón real que sustenta tus intereses. –        Entiende el punto de vista de los demás: En muchas ocasiones, la mejor manera de conseguir nuestros objetivos o simplemente que nos comprendan, es empezando por escuchar a los demás y demostrarles que tenemos en cuenta su opinión. ¡No seamos egoístas! Ellos también necesitan sentirse comprendidos. En nuestro centro de psicología de Mataró te proporcionamos una atención individualizada para que potencies y mejores esta crucial habilidad interpersonal. Para ello te pondremos en mano de nuestros mejores especialistas en habilidades sociales.

El Bullying es un anglicismo utilizado en nuestra sociedad para designar el acoso, hostigamiento o maltrato físico, verbal y/o psicológico, que ejercen de forma continuada una o más personas sobre otra. El término es principalmente utilizado en ámbito escolar, y se estima que afecta aproximadamente a uno de cada diez alumnos, cuyo rango de edad se sitúa primordialmente entre los 12 y los 15 años. Además, aunque el grado de afectación es más elevado en aquellos casos que sufren una conducta agresiva de carácter físico, en función principalmente de las características personales podemos encontrar alumnos en los que la afectación de otras modalidades de acoso sea igual o incluso más elevada.
Debemos distinguir una serie de perfiles o roles que se encuentran inmiscuidos en esta problemática. Por un lado podemos distinguir al agresor: este puede estar representado por una única persona, aunque habitualmente se trata de un grupo, habitualmente de chicos, que ejercen diferentes modalidades de hostigamiento. Así, siendo una de las características principales la falta de empatía y la minimización o incluso la justificación de sus actos, pueden mostrar principalmente desprecio, ridiculización, restricción de la comunicación, agresiones, coacción, intimidación, amenazas, bloqueo social y exclusión, y robos. Además, en cuanto a variables personales, acostumbran a mostrar problemas de conducta, déficit en el control de impulsos, dificultades familiares, buscar reconocimiento y poder los cuales concuerdan en ocasiones con déficits de autoestima, además de una marcada falta de empatía. En segundo lugar, podemos distinguir a la víctima: en este caso nos encontramos con perfiles muy heterogéneos, los cuales acostumbran a ser seleccionados o “elegidos” por los agresores por alguna característica personal concreta que puede ser física, psicológica o incluso referente a ciertas preferencias personales. A pesar de ello, muchas víctimas comparten la falta de recursos para afrontar situaciones primordialmente sociales. Esta falta de estrategias se manifiesta principalmente a través del conformismo, la vergüenza o el miedo a afrontar la situación de una manera determinada, lo cual es aprovechado por el agresor para recrearse y alimentar su ego. Finalmente podemos identificar al espectador: este constituye un rol clave para entender el bullying. La mayoría no actúa por miedo a que su rol pase a ser el de víctima, aunque en otras ocasiones se alejan del conflicto formando parte del grupo de agresores, o incluso del profesorado, los cuales en ocasiones tienen dificultades para identificar o detectar este tipo de problemáticas. Este hecho provoca que le problemática se extienda y progrese, pudiendo ocasionar problemas psicológicos graves como trastornos depresivos y de ansiedad, retraimiento y evitación social, problemas alimentarios, déficits significativos de autoestima, entre muchos otros.
Por ello, es importante tener presentes una serie de señales que nos pueden ayudar a prevenir o actuar de manera temprana en esta problemática. En este sentido, podemos observar ciertos indicios pertenecientes a la víctima:
–    Evitación: Esta es una característica esencial de algunas víctimas. Así, principalmente por miedo, en ocasiones evitan ir a la escuela, o incluso cuando acuden, procuran no coincidir con el agresor/es rechazando espacios comunes. Una forma clara de evitación se manifiesta a través del fingimiento de enfermedades para quedarse en casa, como dolores de cabeza o estómago.

–    Posesiones “perdidas” y lesiones “inexplicables”: Muchos son víctimas de robos constantes a la entrada, salida o durante la escuela. Además, en muchas ocasiones estos se acompañan de agresiones físicas. Los niños pueden llegar a casa y por miedo o vergüenza minimizar los hechos o inventarse un argumento que se aleje significativamente de la realidad.

–    Sintomatología diversa: Los problemas de ansiedad son muy frecuentes, los cuales se manifiestan principalmente en dificultades para dormir y en una actitud irritable constante. En otras ocasiones se refleja un estado de ánimo deprimido que cursa con dificultades de autoestima. En algunos casos graves, pueden aparecer intentos autolíticos encarados a mitigar el malestar que produce recordar ciertos episodios.

–    Retraimiento social: Relacionado con el primer punto, muchos chicos y chicas rehúyen el contacto social principalmente por vergüenza a exponer su situación o que les juzguen negativamente. Algunos, además, pueden mostrar una generalización de su miedo, pudiendo considerar que el rechazo y las actitudes hostiles pueden caracterizar a muchos más grupos sociales.
No solamente existen variables de la víctima, sino que también podemos fijarnos en características y comportamientos propios del agresor que pueden ayudarnos a prevenir el acoso: La involucración constante en peleas o discusiones, la intimidación como forma de comportamiento habitual, los castigos frecuentes por parte de los diferentes profesores, la falta de empatía y atribución interna de responsabilidad, o el carácter competitivo y la preocupación por su popularidad son algunos de los aspectos principales.  
En conclusión, es necesario, tanto a nivel familiar como escolar, establecer un trabajo colaborativo y multidisciplinar constante y frecuente, el cual se encare a detectar tanto las necesidades como las dificultades de los jóvenes. Junto a esto, es importante no minimizar la problemática expuesta, ya que su repercusión puede ser muy grave, y principalmente cuando su detección es tardía.
Puedes obtener la información y/o la ayuda que necesites contactando con nuestro equipo de psicólogos, en Mataró. Si tienes cualquier pregunta no dudes en llamarnos.
 

QUÉ SON LOS TRAUMAS Y COMO SUPERARLOS
Generalmente se denomina trauma psíquico o trauma psicológico tanto a un evento que amenaza profundamente el bienestar o la vida de un individuo, como a la consecuencia de ese evento en el aparato o estructura mental o vida emocional del mismo.
En los términos de la psiquiatría un trauma es definido, indirectamente, como «exposición personal directa a un suceso que envuelve amenaza real o potencial de muerte o grave daño u otras amenazas a la integridad física personal, o ser testigo de un suceso que envuelve muerte, daño o amenaza a la integridad física de otra persona, o enterarse de la muerte no esperada o violenta, daño serio, amenaza de muerte o daño experimentados por un miembro de la familia u otra relación cercana. La respuesta de la persona al suceso debe envolver miedo intenso, sentido de incapacidad de ejercer control u horror. En niños, la reacción debe envolver comportamientos agitados o desorganizados.
Lo que hace el trauma es desequilibrar el sistema mental del sujeto y su existencia desde el punto de vista de las emociones.El trauma surge a causa de un miedo de gran intensidad (terror) o la falta de capacidad para controlar un peligro real o potencial. Es habitual que aparezca cuando el paciente es testigo de un hecho vinculado al daño o la muerte de otro ser humano, o cuando recibe una noticia inesperada y trágica relacionada con un ser querido. Cuando ocurre un suceso traumático, puede afectarte a nivel mental, emocional e incluso físico. A largo plazo, puede convertirse en problemas como ansiedad, depresión o trastorno de estrés postraumático (TEPT). Pero con las estrategias adecuadas, el tiempo y un buen sistema de apoyo, podrás superar con éxito un suceso traumático.
El problema de los traumas es que a pesar de haber ocurrido muchos años atrás, tienen tal impacto emocional y causan tal perturbación emocional, que se siguen manifestando sus secuelas el resto de nuestras vidas. Por eso es tan importante abordar y superar los traumas de nuestro pasado, para liberarnos de las secuelas que nos han provocado.
La terapia de elección para superar los traumas es el EMDR, de las siglas del inglés eye movement desensitization and reprocessing. La terapia EMDR está avalada por la Organización Mundial de la Salud y las Guías Clínicas Internacionales para el tratamiento del trauma. Se basa en la comprensión del efecto de las experiencias vitales adversas y traumáticas sobre la patología y en el procesamiento de dichas experiencias a través de procedimientos estructurados que incluyen movimientos oculares u otras formas de estimulación bilateral. Su aplicación se ha extendido a un amplio rango de problemas clínicos
En el proceso con EMDR, el terapeuta trabaja con el paciente para identificar un problema específico que será el foco del tratamiento. El paciente describe el incidente traumático, a partir del cual es ayudado por el terapeuta para que seleccione los aspectos más importantes y que más lo angustian de dicho incidente. Mientras el paciente hace movimientos oculares (o cualquier otra estimulación bilateral) le vienen a la mente otras partes del recuerdo traumático u otros recuerdos. El terapeuta interrumpe los movimientos oculares cada tanto para asegurarse que el paciente esté procesando adecuadamente.
El tratamiento con EMDR puede ser desde 3 sesiones para un trauma simple hasta más de un año para problemas complejos.
En nuestro centro de psicología de Mataró estamos ampliamente formados en la terapia EMDR, tanto en adultos como en niños. Si has sufrido un trauma no dudes en contactar con nuestros psicólogos expertos en trauma para liberarte del dolor que dicho trauma te ha producido.

El tratamiento de un problema psicológico específico incluye la evaluación, el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de recaídas. Estas fases son comunes a cualquier modalidad de intervención. Aun así, en función de las necesidades del paciente, deberá concretarse el tipo de intervención a utilizar; nos referimos a la realización de un seguimiento psicoterapéutico y/o psiquiátrico (farmacológico).

Para ello, tanto en una modalidad como en otra (y cuando sea posible, estableciendo lazos de comunicación entre ambas) es imprescindible realizar una valoración detallada de los síntomas presentados por la persona. En esta, algunos de los principales criterios a tener en cuenta son el nivel de gravedad de la sintomatología presentada, el grado de evidencia científica y empírica, y la cantidad de alternativas (estrategias terapéuticas) existentes a utilizar. De esta forma, en cualquier trastorno, habitualmente cuando existen síntomas cuya gravedad es elevada es común complementar el tratamiento psicológico con otro de tipo médico a través de la colaboración del psiquiatra. Este, mediante la prescripción de medicación específica procurará aminorar o paliar los síntomas. Así pues, será el médico (en este caso el psiquiatra) el que establecerá una pauta para la toma de una medicación específica, concretando una cantidad y unos horarios específicos. A partir de aquí, la persona deberá administrarse y estructurarse el día a día para seguir las recomendaciones del profesional.

Cuando hablamos de automedicación nos referimos al consumo/uso de medicamentos sin prescripción médica, es decir, sin la recomendación y pauta de los profesionales de la salud. Aunque existe medicación cuyo consumo no necesita prescripción, la inmensa mayoría relacionada con la salud mental debe ser prescrita. Por otro lado, son muchos los motivos que pueden llevar a una persona a regular ella misma la toma de medicamentos, entre ellos están los posibles efectos beneficiosos o perjudiciales atribuidos a la sustancia, la falta de eficacia, la búsqueda de soluciones rápidas, el olvidar tomarla, dificultades económicas, creencias erróneas en relación a esta, etc. Así, aunque las consecuencias de la automedicación pueden ser muy distintas no solo en función del fármaco, sino también de la persona, es importante tener en cuenta algunas de ellas:

–    Sintomatología diversa: Tal y como se ha remarcado, esta variará en función del fármaco y de la reacción de este en un organismo concreto. Aun así, la retirada brusca de la medicación o el consumo excesivo pueden producir síntomas psíquicos y físicos muy diversos como cefaleas, insomnio, ataques de pánico, mareos, náuseas, fatiga, irritabilidad…entre otros, así como precipitar la reaparición de problemas previos.
 
–    Adicción o dependencia: La administración repetida y sin prescripción puede provocar un hábito de consumo inadecuado encarado a paliar con ciertos síntomas, y del cual puede ser muy difícil prescindir tras un cierto periodo de tiempo.

–    Tolerancia: Este fenómeno se produce cuando, tras un consumo repetido de cierta substancia, el cuerpo se habitúa a ella. Por ello, para conseguir los mismos efectos o resultados la persona debe incrementar la dosis progresivamente.

–    Reducción de la efectividad: Cuando la medicación se utiliza para afrontar o reducir el malestar ante situaciones donde no está prescrita, sus efectos pueden reducirse. Además, en relación al anterior punto, el consumo repetido sin prescripción y la consecuente habituación, provoca la disminución progresiva de la potencialidad del fármaco.

–    Toxicidad: La intoxicación y las reacciones secundarias asociadas son comunes en casos de automedicación, y más específicamente, cuando existe sobremedicación. Ello puede generar problemas físicos y psicológicos diversos.

–    Interacción: La interacción de la medicación con otros fármacos o substancias (desde medicamentos hasta alcohol u otras drogas) que se pueden estar consumiendo, o incluso con alimentos específicos, puede disminuir o aumentar el efecto de la substancia. Además, existen efectos muy contraproducentes.

Junto a los efectos descritos anteriormente, existen otros muchos cuya repercusión no únicamente personal, sino familiar, social y laboral, es muy significativa. Es necesario establecer una relación de confianza entre profesional y cliente que permita a este exponer todas las dudas y comentarios con respecto a la intervención. En este sentido, la comunicación continua entre ambos debe ser una prioridad, lo cual permitirá prevenir posibles complicaciones. Junto a esto, es necesario emplear la autobservación procurando exponer de forma específica las reacciones físicas y psicológicas que nos está produciendo el fármaco o fármacos administrados.

Es crucial exteriorizar y comunicar todas las preguntas que tengamos. Si necesitas asesoramiento sobre tu caso o sobre cualquier tema que consideres relevante, nuestro equipo de psicólogos situado en Mataró te ayudará a resolverlos. No dudes en llamarnos.

El miedo, definido en su esencia, es una alteración emocional caracterizada principalmente por angustia generada por la presencia o anticipación de un peligro real o imaginario. Aunque resulta desagradable, al igual que todas las emociones que experimentamos posee un carácter adaptativo básico, ya que funciona como método de supervivencia al ponernos en alerta y prepararnos para combatir una posible amenaza.

Son muchas las situaciones que nos pueden generar este tipo de respuesta, y en la gran mayoría la encontramos acompañada de lo que hoy en día se conoce como ansiedad. Esta se caracteriza por provocar agitación, inquietud, nerviosismo, preocupación e ir acompañada de una serie de síntomas físicos que pueden experimentarse en mayor o menor grado: sudoración, temblores, mareo, visión borrosa, dolor torácico y/o estomacal, entre otros. Habitualmente, en la mayor parte de las problemáticas donde la ansiedad juega un papel importante, aparte de los síntomas expuestos los cuales pueden confluir en un ataque de pánico, podemos distinguir diferentes componentes: evitación de las situaciones temidas, conductas defensivas (p.ej: tomar medicación, ir acompañado), ansiedad anticipatoria (preocupación o inquietud al anticipar posibles consecuencias), e interferencia en la vida de la persona.

Además de estos, en algunos casos puede aparecer otro componente, el miedo al miedo. Cuando además de existir miedo a las situaciones específicas (ansiedad fóbica), aparece el miedo a las reacciones somáticas asociadas con la ansiedad junto a pensamientos catastróficos, hablamos de miedo al miedo. Así, por ejemplo, en algunos trastornos de ansiedad como la agorafobia, el trastorno de pánico, o la fobia social las personas tienen miedo de las situaciones en las que consideran que pueden aparecer ciertas sensaciones físicas o en las que creen que puede ocurrir algo perjudicial o catastrófico. Dentro de este elemento, existen dos componentes importantes:

–    El miedo a las reacciones somáticas (síntomas físicos) asociadas con la ansiedad: Aunque generalmente surge en las situaciones externas que se temen, puede aparecer como consecuencia del calor, la fatiga, la falta de sueño, el estrés u otros factores que produzcan activación.  Las respuestas fisiológicas que acostumbran a temerse son el dolor o malestar en el estómago, la visión borrosa o distorsionada, la rigidez y la tensión. Además de esto, cabe tener en cuenta que las sensaciones pueden variar en función de la situación. Por ejemplo sentir mareo al estar conduciendo, o tener la sensación de atragantarse en un restaurante.  

–    Pensamientos acerca de que experimentar ciertas sensaciones físicas de ansiedad tendrá consecuencias catastróficas o perjudiciales de tipo físico (sufrir un ataque al corazón, muerte, desmayo, ahogo…), social (que los demás piensen que estamos locos o que somos incompetentes, que se rían de nosotros, ser incapaz de actuar de forma competente…), o mental (volverse loco, perder el control, quedarse paralizado…).

Por otro lado, debajo de las anticipaciones negativas temidas, en ocasiones subyacen otros miedos. Por ejemplo, el miedo a desmayarse puede incluir a darse un golpe en la cabeza, caer en coma y no recuperarse o quedar expuesto al posible daño de los demás.

Cuando existe un malestar importante, mayoritariamente asociado con la ansiedad, las personas acostumbran a creer fuertemente en las consecuencias temidas, sobreestimando la probabilidad de ocurrencia de estas y adoptan un punto de vista catastrofista, magnificando los posibles resultados negativos. De esta forma, algunas de las estrategias aconsejables para manejar este malestar son:

–    Reconocer y aceptar el malestar y la ansiedad: Debemos aprender a identificar las situaciones que realmente nos generan estos síntomas, procurando adoptar una visión realista de la situación. A parte, siendo conscientes de que existe cierto grado de ansiedad adaptativo, puede ser útil aprender a tolerar su presencia en situaciones que lo requieran.

–    Detectar y reinterpretar los pensamientos desadaptativos: Una componente clave para potenciar la mejora recae en el análisis e invalidación de los pensamientos que refuerzan la aparición de ansiedad. Habitualmente emitimos juicios de lo que nos pasa, por lo que debemos identificar estos sesgos y cambiarlos por argumentos más objetivos sobre lo que experimentamos en ese momento.

–    Respiración y/o relajación: Las técnicas de respiración y relajación ayudan a reducir la activación fisiológica, y por lo tanto, las sensaciones físicas asociadas a ciertas situaciones. Establecer una rutina donde se trabajen estos componentes puede facilitar un mejor estado físico y emocional.

Existen otras estrategias encaminadas a reducir y gestionar el malestar que genera la ansiedad y otras emociones, que experimentadas intensamente, limitan nuestras vidas. Por otra parte, hay que tener en cuenta, que este miedo puede aparecer en todo tipo de población, pudiendo ser necesario trabajar desde la psicología de adultos o infanto-juvenil. Además, si el malestar es muy acentuado puede requerir una intervención paralela desde el ámbito de la psiquiatría para potenciar la reducción de la sintomatología.

Si quieres recibir más información, nuestro equipo de profesionales situado en Mataró posee la formación y experiencia necesarias para ayudarte en esta, o cualquier otra demanda que consideres importante para mejorar tu bienestar.

La esquizofrenia, además de ser el trastorno psicótico más frecuente, constituye hoy en día uno de los problemas psicológicos más deshabilitantes, afectando aproximadamente a un 1% de la población mundial según la OMS. Esta patología se caracteriza principalmente por dificultar los procesos mentales provocando alucinaciones, delirios, pensamientos desordenados y un lenguaje y una conducta inusuales (conocidos como “síntomas psicóticos”). Además de ello pero, existen una serie de alteraciones a nivel cognitivo que repercuten significativamente en la gravedad de la problemática.

 

En este sentido, desde la neuropsicología se han realizado avances notorios en relación con esta temática, identificando algunas de las funciones cognitivas que se muestran alteradas en esta patología. Estas alteraciones acostumbran a poder observarse al inicio de la enfermedad, e incluso en fases previas a esta, permitiendo actuar de forma rápida y precoz para procurar mejorar su evolución. Así pues, los principales déficits cognitivos se encuentran en:

 

–          Funciones ejecutivas: Estas, a grandes rasgos, están relacionadas con la planificación y el establecimiento de metas, la iniciación de actividades y de operaciones mentales, la monitorización y autorregulación de tareas, y la selección de comportamientos. Así, algunas personas con esquizofrenia tienden a mostrar un déficit en la organización, la monitorización y el control de la conducta. Cabe señalar además, que aparecen diferencias en el tipo de déficit en esta área a medida que avanza la patología, aspecto que puede ser crucial para planificar el tipo de intervención.

 

–          Atención y velocidad de procesamiento: La atención es un concepto amplio que abarca procesos como la detección de estímulos, la capacidad para atender selectivamente a uno de ellos, y el poder mantenerla durante un periodo prolongado de tiempo. Además, este subproceso está directamente vinculado con la velocidad en que procesamos la información del exterior. Así, se ha comprobado que las alteraciones en estas funciones cognitivas están presentes antes, durante y después de los episodios psicóticos. En cuanto a la velocidad de procesamiento, algunos estudios han señalado que el déficit en esta función se ve significativamente afectado por las dosis de medicamento antipsicótico.

 

–          Memoria: Esta función abarca muchos subprocesos, existiendo además diferentes tipos. A grandes rasgos pero, este mecanismo se encarga del almacenamiento, la recuperación y la codificación de información transmitida a partir de diferentes estímulos (visuales, verbales, auditivos, etc). En la esquizofrenia, existe un déficit específico en esta área, lo cual repercute de manera significativa en el rendimiento en las diferentes áreas vitales.

 

–          Cognición social: Esta se ha definido como la habilidad de entender la conducta y las intenciones de los otros en términos de su estado mental. Se refiere pues, a la capacidad de percibir y reaccionar ante las propias experiencias emocionales y de interpretar las actuaciones emocionales de los demás. Además, incluye el reconocimiento facial de emociones, la empatía y la denominada teoría de la mente, la cual puede definirse como la habilidad psíquica que permite representar mentalmente los deseos, creencias, pensamientos e intenciones de los demás, para explicar y predecir sus conductas. Así, se ha visto que esta patología cursa con un rendimiento social significativamente bajo relacionado con los conceptos expuestos, mostrándose además, muy resistente al tratamiento.

 

Por último, a pesar de lo remarcado, es importante destacar que los déficits cognitivos de la esquizofrenia no parecen ser producto de los síntomas de la enfermedad. En este sentido, no se han encontrado correlaciones entre la severidad de las alucinaciones o delirios y la severidad de los déficits cognitivos. De hecho, tal y como hemos destacado anteriormente, estos últimos se detectan a menudo antes de que se inicie la psicosis o ya son severos durante el primer episodio de la enfermedad. Así, por ejemplo, los trastornos de la atención y de la memoria de trabajo pueden observarse antes de la aparición de la psicosis y permanecen estables después que ésta se haya resuelto, lo cual permite ver su independencia de los síntomas positivos.

Junto a estos, existen muchas otras problemáticas que cursan con un deterioro cognitivo significativo. Por ejemplo, algunos trastornos de ansiedad como el Trastorno Obsesivo Compulsivo, o las adicciones tóxicas pueden reflejar déficits cognitivos importantes. El aspecto clave aquí recae en comprender la importancia de detectar y tratar estos déficits cognitivos, ya que estos repercuten significativamente y de manera directa en el funcionamiento de la vida diaria de las personas.

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El término enuresis se refiere a la micción involuntaria o emisión repetida de orina en la cama o en la ropa, y cuya edad cronológica es, por lo menos, a los 5 años (o en un grado de desarrollo equivalente). Es decir, representa la persistencia incontrolada de orinar más allá de la edad en la se supone que se alcanza el control de esfínteres. Los manuales de psicología y psiquiatría especifican la necesidad de presentarse dos veces por semana durante un mínimo de tres meses, o que se muestre un malestar clínicamente significativo con deterioro en la esfera social, académica o laboral, u otras áreas importantes de funcionamiento. Además, no debe poder ser atribuida a los efectos fisiológicos de alguna sustancia u otra alteración médica.
Tal y como se habrá podido deducir, la afectación incluye población tanto adulta como infantojuvenil. Así, aunque su incidencia es mucho más prevalente en niños, y su remisión espontánea se observa aproximadamente en un 15% de personas, puede persistir hasta la adultez hasta en el 2% de los casos. Para poder realizar hipótesis más o menos certeras en cuanto a su curso, es importante diferenciar los diferentes subtipos, y realizar un diagnóstico diferencial adecuado. En este sentido, se distingue entre nocturna y diurna según se presente en horas de sueño (la más frecuente) o durante el día, y en cada uno de estos dos, entre primaria y secundaria. La Enuresis primaria se diagnostica cuando el niño nunca ha podido controlar la micción durante un período de al menos seis meses. En cambio, en la secundaria ha existido un control voluntario previo a la aparición del problema. Por lo que respecta a la etiología, habitualmente cuando la dificultad siempre ha estado presente, ésta se relaciona con una alteración relacionada normalmente con factores genéticos, alteraciones neurológicas o del sueño, malformaciones anatómicas de la uretra y/o la vejiga, o infecciones urinarias. Por otro lado, cuando la enuresis aparece más tarde (secundaria), es decir como síntoma de otro problema previo, la causa habitualmente se atribuye a trastornos psicológicos o desórdenes emocionales.
No debe confundirse con otros trastornos como la poliuria (emisión de cantidad de orina superior al esperado pero con control voluntario), nicturia (necesidad excesiva de orinar durante la noche, con control voluntario), o la encopresis (incontinencia fecal involuntaria). Todos ellos provocan un malestar en mayor o menor grado en la persona que lo sufre, pero presentan diferencias significativas principalmente a nivel cualitativo.
Es habitual descartar la presencia de una enuresis primaria cuando el tratamiento farmacológico no consigue los resultados esperados. De esta forma, en cuanto al abordaje médico o psiquiátrico, se han venido utilizando los anticolinérgicos, la imipramina y en algunas personas la desmopresina por vía nasal. Todos ellos son fármacos que procuran reducir la sintomatología asociada al problema (principalmente ansiedad y bajo estado de ánimo), y a la correcta dilatación de la vejiga, ya que se encuentra estrechamente relacionada con la capacidad de contenerla y vaciarla. En muchos caso pero, este no es suficiente, requiriéndose una intervención psicológica paralela.
Existen muchos métodos utilizados para facilitar y potenciar el control voluntario de la micción, y reducir los síntomas asociados. Entre ellos se encuentran los siguientes, siendo el método de la alarma o pipi-stop el que ha demostrado mayores porcentajes de eficacia:
–    Entrenamiento en cama seca: Se construye en torno a la teoría de que el problema se mantiene porque no existen refuerzos suficientes para que la conducta sea inhibida. El procedimiento utilizado es la programación de una alarma (considerada un estímulo aversivo para el niño, el cual intentará evitarlo), añadiendo además una frecuencia de despertares en escala (se aumenta progresivamente el tiempo requerido para despertarse). Cuando el niño se despierta, se procura no estimularlo demasiado para procurar que no pierda el sueño, pero debe indicarse que vaya a orinar, a una hora determinada, tras haber ingerido una cantidad elevada de agua. Posteriormente debe aparecer refuerzo positivo (elogios) tras los logros conseguidos por este. También es importante que se responsabilice de los obstáculos o dificultades (orinarse antes de tiempo), cambiándose él mismo el pijama o la cama.

–    Método de la alarma o pipi-stop: Es un aparato electrónico que se conecta a un tejido el cual, al dormir, se coloca debajo del niño. Cuando este tejido se moja o se humedece, emite un sonido que hace que la persona despierte. Seguidamente el niño debe apagarlo e ir al baño, con lo cual progresivamente se asocia la sensación previa a orinarse, con el despertar, lo que debe confluir en despertarse antes de orinar. Su eficacia se sitúa entre el 70 y el 90% de casos, y acostumbra a tener una duración de entre uno y tres meses.

Junto a estos procedimientos, son importantes habilidades personales (por parte de los padres) y terapéuticas (profesionales de la salud), como comprensión, empatía, no desesperación, colaboración, refuerzo positivo, evitar los sentimientos de culpabilidad, entre otras; las cuales permitirán a la persona afectada precipitar los avances y lograr un control voluntario adecuado de la micción. Además, las técnicas de reducción de estrés y ansiedad pueden repercutir de manera muy positiva en la evolución del niño. Finalmente, la utilización de horarios y rutinas como ir a dormir siempre aproximadamente a la misma hora u orinar antes de ir a la cama también puede resultar muy útil.

Esta es una dificultad muy prevalente en nuestra sociedad, que además acarrea habitualmente otros problemas relacionados sobre todo con el malestar que provoca tanto al niño como a los familiares implicados. Si necesitas recibir más información al respecto, en Mataró, nuestro equipo de psicólogos te proporcionará toda la ayuda que necesites. No lo dudes y contacta con nosotros.