El constructo perfeccionismo, ciertamente posee en sí mismo una connotación claramente positiva, según la cual a nivel social entendemos que puede facilitarnos la adaptación y el desempeño en cada una de las áreas que engloban nuestras vidas (personal, familiar, social, laboral, etc.). En este sentido, algunos autores destacan que algunos componentes como la fijación de metas elevadas, el tesón para alcanzarlas, el interés productivo, el deseo de crecimiento y superación, y la necesidad de orden y organización, pueden promover la expansión de conocimientos, el establecimiento de hábitos de trabajo adecuados, un mayor esfuerzo y dedicación, y por consiguiente, una mejor ejecución en nuestras actividades cotidianas. A pesar de ello, esta característica también se concibe como una disfunción cognitiva que puede provocar un profundo impacto sobre la salud psicológica de los individuos. En esta línea, la podemos entender como el conjunto de creencias acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser, y el nivel de estrictez con que intentan cumplirlo. Estas creencias además, suelen ser absolutistas, rígidas e irracionales (p.ej; no debo cometer errores, necesito ser el mejor, si no lo hago perfecto significa que no sirvo
). Según lo expuesto, es posible diferenciar entre perfeccionismo positivo o sano y perfeccionismo negativo o insano. El primer subtipo engloba o incluye a individuos que aunque acostumbran a proponerse metas elevadas y a priori difíciles de alcanzar, estas acostumbran a ser razonables y alcanzables. A pesar de tener elevadas expectativas de sí mismos y de los demás, lo cual los define como exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos. Adoptan una postura más realista, la cual facilita la aceptación y el menor impacto emocional negativo ante posibles frustraciones. Autores como Kottman resaltan que este tipo de personas utilizan su derrota para proseguir y esforzarse nuevamente. Además, no suelen poseer una perfección generalizada, sino que ésta suele manifestarse o ir encarada hacia determinadas tareas, situaciones y/o actividades. El perfeccionismo negativo o insano se caracteriza principalmente por provocar, en aquellas personas que lo poseen, reacciones intensas y perturbadores generalmente asociadas con frustración, tristeza, culpa y enojo, las cuales acostumbran a desencadenarse ante fracasos aparentemente mínimos. Como podemos entender, la interpretación que realiza la propia persona sobre la situación, y sobre los recursos personales que cree poseer para encararla, determinan el tipo y la magnitud de la respuesta que ofrecerá ante un resultado concreto. Así pues, hay que tener claro que el perfeccionismo consiste en una compleja manifestación que puede vincularse tanto a la disfunción psicológica como al funcionamiento adaptativo y normal. Debemos ser conscientes del impacto que puede suponer adoptar una postura demasiado elevada, rígida, extrema y carente de matices hacia nosotros mismos, la cual puede facilitar la aparición y perpetuación de síntomas y problemas como la ansiedad, el estrés y la depresión que a su vez, además de repercutir claramente en el área personal, tienen una influencia directa en todos los demás ámbitos de nuestra vida.
Si te sientes identificado y sientes que tu perfeccionismo te trae importantes problemas en tu vida, en la relación que tienes contigo mismo o con los demás, no dudes en contactar con nuestro equipo de psicólogos de Mataró. Te atenderemos y te daremos las herramientas para que puedas hacer frente a tus problemas causados por tus rasgos de personalidad disfuncionales.
RESILIENCIA Y BIENESTAR CÓMO POTENCIAR NUESTROS RECURSOS PERSONALES Si echamos una mirada atrás en nuestras vidas, muy posiblemente seremos capaces de identificar algún momento en el que hayamos sido capaces de sobreponernos ante un acontecimiento negativo o adverso. Así, la resiliencia se entiende como la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas, favoreciendo la adaptación positiva y el reajuste psicológico y emocional. Es importante tener en cuenta pero, que ser resiliente no significa no sentir dolor, malestar o experimentar ciertas dificultades a la hora de hacer frente a las adversidades. Evidentemente, la muerte de un ser querido, la detección de una enfermedad grave o la vivencia de situaciones estresantes a nivel familiar o laboral, por ejemplo, son sucesos que generan un impacto muy elevado además de legítimo en nuestras vidas, produciendo sentimientos de tristeza, ansiedad, soledad, rabia, etc. A pesar de ello, por lo general, acostumbramos a ser capaces de hacer frente a esos sucesos; reinventándonos, encarando el futuro con optimismo y reencontrando el sentido para seguir luchando por nuestros objetivos vitales. De esta forma pues, debemos tener en cuenta que uno de los componentes clave de la resiliencia, es en sí mismo, el malestar que producen los obstáculos que afectan nuestro estado emocional. Sin embargo, en algunas ocasiones parece que no conseguimos lograr salir del malestar emocional provocado por estas circunstancias, quedándonos estancados en pensamientos y sentimientos perturbadores. Por ello, a continuación se exponen algunas de las estrategias que podemos utilizar para potenciar nuestros recursos personales, cuya combinación puede potenciar y contribuir a desarrollar la resiliencia: – Rememorar episodios de superación: Revisar situaciones en las que hayamos sido capaces de gestionar y positivizar nuestro malestar puede ser un factor clave para encarar los acontecimientos adversos actuales. Aunque ciertamente cada circunstancia es distinta, existen componentes comunes que debemos tener presentes. Preguntas como ¿qué estrategias he utilizado para hacer frente a eventos estresantes? o ¿qué me ha ayudado a sentirme más esperanzado/a respecto a mi futuro? Pueden ayudar a descubrir algunas respuestas útiles para enfrentarnos de forma efectiva a ciertos acontecimientos. – Emplear la introspección: Aunque puede resultar incómodo, llevar la mirada hacia el interior de nosotros mismos puede favorecer la identificación prematura de ciertos pensamientos y sensaciones negativas que precipitan la llegada de malestar emocional. Así, tanto al explorar antiguos episodios como a la hora de hacer frente a eventos actuales, conviene identificar qué estamos sintiendo o pensando en ese momento, y dónde lo estamos experimentando. – Plantear objetivos realistas y alcanzables: Marcarnos metas concretas, específicas y temporales puede ser de gran ayuda para mantener la atención en el presente y concienciarnos de que nuestra vida posee un sentido concreto por el cual debemos seguir luchando. Además, los objetivos deben ser optimistas, es decir, que su consecución lleve en sí misma una mejora en nuestro estado de ánimo. – Adoptar una actitud flexible y tolerante: Debemos aceptar que habrá obstáculos, y junto a esto permitirnos experimentar ciertas emociones que, aunque en un primer momento nos resultarán desagradables, estas forman parte del proceso de aceptación y superación. Junto a esto, debemos permitirnos equivocarnos y reconocer que el malestar es en sí aprendizaje. – Mantener y establecer relaciones: Es importante que no abandonemos y nos mantengamos activos a nivel social. Nuestras relaciones personales pueden proporcionarnos el apoyo que no nos estamos permitiendo darnos a nosotros mismos, por lo que debemos intentar continuar cerca de ellas aunque prefiramos apartarnos y desvincularnos. Además de estas, existen muchas otras estrategias que pueden resultar de mucha utilidad para potenciar la resiliencia. Casi todas ellas pero, buscan favorecer la utilización de recursos personales escondidos tras el malestar que generan los diferentes acontecimientos. Si deseas recibir una atención específica sobre alguno de estos temas, no dudes en ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos en Mataró, te ayudaremos.
El TDAH (o Trastorno con Déficit de Atención y Hiperactividad) es un trastorno del neurodesarrollo y, por lo tanto, de base biológica; sin embargo, con un tratamiento especializado y la colaboración de la familia (entorno cercano) y de la escuela, podemos ayudar a estos niños a desarrollarse con el TDAH y no a pesar de él.
¿QUÉ ACTITUDES PODEMOS TOMAR COMO PADRES?: AFRONTAR EL PROBLEMA DE FORMA EFECTIVA
Evitar la culpa: todos deseamos y proyectamos la idea de los hijos que nos gustaría tener; que no tuvieran que encontrarse con dificultades que les afecten de ningún modo. Sin embargo, cuando aparece un diagnóstico de una enfermedad o trastorno con base genética, aparece también en muchas ocasiones el sentimiento de culpa.
Aunque somos conscientes de lo sencillo que es valorar y relativizar los problemas cuando no son los nuestros, la culpa no nos va a ayudar en nuestro papel de padres; al contrario, generará un clima emocional negativo que afectará a toda la familia y sólo podremos ver las limitaciones de nuestro/a hijo/a, en lugar de todas sus potencialidades.
En lugar de anclarnos en lo que no es o no podrá ser, es más constructivo pensar en lo que es, en lo que sí que puede hacer nuestro/a hijo/a y cómo esas capacidades le pueden ayudar con sus handicaps.
Pensar a corto plazo y de forma positiva: aunque nuestro ritmo de vida a veces no nos permita estar cargados de la paciencia necesaria para tomarnos el tiempo que necesita el niño y adaptarnos a sus ritmos, para un/a niño/a con TDAH es muy importante que le demos la oportunidad de volver a empezar cada día. Que hoy o hasta ahora tarde más de lo convenido en vestirse para ir al colegio no quiere decir que no podamos ayudarlo a gestionar el tiempo de forma más efectiva con el tiempo; que un día se olvide un libro que necesitaba para clase no tira por la borda las veces que se ha acordado de llevar el material.
Hay que tener en cuenta que estos niños no funcionan a largo plazo; al contrario. Por eso, arrastrar castigos y enfados por los problemas de funcionamiento en el día a día no solo va a crear un clima emocional negativo en la familia, también resultará muy frustrante para el niño porque sentirá que nunca podrá hacerlo lo suficientemente bien. Esos castigos y enfados duraderos en tiempo solo conseguirán impactar en su autoestima de forma negativa y, por tanto, la conducta empeorará. Por ello, es importante saber cómo aplicar las consecuencias a una conducta no deseable para que estas consecuencias tengan efecto y den paso a conductas deseables.
Potenciar la individualidad de nuestro/a hijo/a: que un niño/a esté diagnosticado de TDAH no debería definirlo. Nuestro hijo es mucho más que esa etiqueta diagnóstica, tiene un ambiente y una personalidad que modulan la expresión de ese trastorno, lo cual es una buena noticia ya que implica que hay mucho por hacer por él/ella y por mejorar su funcionamiento cotidiano.
Por otra parte, debemos ser conscientes de que cuando esperamos un/a hijo/a generamos expectativas de cómo será, que podrá llegar a hacer. Cuando hay algún tipo de problema de carácter médico o psicológico estos deseos que habíamos proyectado sobre nuestro hijo se rompen y hay que ser cautelosos de no transmitir a nuestro hijo nuestra frustración. Lo constructivo sería poder dejar de lado esos deseos irracionales y ver a nuestro hijo por lo que es y lo que puede hacer y tener en cuenta que, aunque a nosotros nos hubiese encantado que realizara actividades más sosegadas, nuestro hijo va a tener sus propias necesidades tanto por el trastorno, como por su personalidad y, disfrutará y se desarrollará en actividades que requieran más movimiento y menos atención.
La realidad es que nuestro hijo es único y lo mejor que podemos hacer es apoyarlo y quererlo por lo que es y no por lo que nos hubiera gustado que fuera. Esa actitud revertirá en una autoestima y autoimagen positivas del niño, lo que le ayudará a tener una base emocional sólida para afrontar las dificultades del día a día derivadas del trastorno.
Entender qué es el TDAH: entender el trastorno es fundamental para poder ayudar a nuestro hijo y gestionar mejor tanto el aspecto emocional (el nuestro y el de él/ella), como sus conductas y potencialidades a nivel cognitivo. Para ello, podemos informarnos sobre grupos psicoeducativos, grupos de apoyo y la orientación de los profesionales especialistas que atiendan a nuestro/a hijo/a.
Buscar soporte: ser padres no es una tarea fácil, nuestros hijos no vienen con un libro de instrucciones bajo el brazo; si además nuestro hijo presenta algún tipo de condición que hace que su educación sea más compleja, es positivo permitirnos pedir ayuda:
Hablar con el tutor/a y psicopedagogo/a de la escuela. Con los psicólogo/s y psiquiatra que atiendan a nuestro/a hijo/a. Visitar al pediatra para conocer su opinión y asesorarnos. Asesorarse con un Trabajador Social sobre los recursos y ayudas a los que tiene acceso nuestro/a hijo/a. Hablar con el resto de familiares del entorno inmediato del niño/a: hermanos, otros cuidadores
Seguir las recomendaciones e indicaciones de los especialistas que atienden a nuestro/a hijo/a (siempre teniendo en cuenta que la decisión última es nuestra como tutores).
Actualmente, y desde hace cierto tiempo, nos encontramos sufriendo de forma constante cambios bruscos en nuestro clima, traducido en una disminución y/o aumento de la intensidad y frecuencia de las diferentes condiciones meteorológicas y especialmente de la temperatura. Esto repercute directamente en nuestro estado de ánimo.
Las condiciones climáticas y especialmente la luz ejercen una gran influencia en nuestro estado psicológico y emocional. Tanto es así, que ciertos trastornos psicológicos parecen mejorar o empeorar según la época del año en la que se sitúen. Así, los principales síntomas son aumento del cansancio, dificultades de concentración y para conciliar el sueño y disminución del estado de ánimo. Por ejemplo, en el Trastorno Bipolar, se ha comprobado que existe un patrón estacional, es decir, hay una mayor presencia de episodios depresivos en invierno, y en verano, en cambio, predomina la sintomatología relacionada con la manía y euforia.
A pesar de lo expuesto, no es necesario sufrir una enfermedad mental para percatarnos de la influencia que el clima tiene en nosotros. Las estaciones que poseen más horas de luz, como son la primavera y el verano, favorecen la exaltación del estado de ánimo, y aquellas con menor presencia de luz (otoño e invierno), parecen asociarse a una disminución del estado anímico favoreciendo la aparición de síntomas depresivos como la apatía, tristeza, pérdida de energía o cansancio, etc. Aunque existen muchas teorías acerca de por qué se producen estas variaciones en nuestro estado emocional en función de la estación, la mayoría coinciden en que están desencadenados por una respuesta del cerebro a la disminución de la cantidad de luz, y la relación de esto con ciertas hormonas encargadas de la regulación de los ciclos sueño-vigilia, como son la seratonina y la melatonina.
Ambas hormonas son segregadas de forma automática. La primera de ellas aumenta su presencia y segregación cuando nos encontramos expuestos a la luz solar, y se asocia principalmente a bienestar psicológico en términos de aumento de la sensación de bienestar y deseo sexual. Por otro lado, la secreción de melatonina aparece sobre todo por la tarde y durante la noche, es decir, cuando disminuye la luz solar, regulando principalmente el ciclo de sueño. De esta forma, cuando las horas de oscuridad son más predominantes (invierno y otoño), puede existir un aumento considerable de los niveles de melatonina y una disminución de serotonina, produciendo con condiciones biológicas que favorecen un bajo estado de ánimo con síntomas como tristeza, fatiga o apatía.
Aun así, es importante tener en cuenta que la afectación de las diferentes estaciones a nuestro estado psicológico es diferente en cada uno de nosotros, viéndose mediado por variables familiares (historia familiar), ambientales (entorno) y personales (p.ej: experiencias).
En este sentido, aunque nos encontremos en un periodo de mayor cantidad de luz, el aumento de la temperatura unido a factores de estrés como problemas laborales, sociales o familiares favorecen que aparezcan ciertos síntomas como ansiedad, irritabilidad, o agresividad, pudiendo traducirse en trastornos específicos como Trastornos de Ansiedad o Trastornos de Conducta, los cuales pueden requerir una intervención a nivel psiquiátrico además de psicológico. Por ello, debemos tener en cuenta que en los distintos problemas cotidianos aparecen inmiscuidas múltiples variables a considerar para afrontar de manera adecuada las diferentes situaciones.
Nuestro equipo de psicólogos, situado en Mataró, te facilitará los recursos y las herramientas necesarios para hacer frente a estas u otras dificultades que consideres importantes. En caso de querer más información, no dudes en contactar con nosotros.
La dislalia es una alteración específica del habla caracterizada por dificultades en la articulación de algún o algunos fonemas, ya sea sustituyendo estos por otros, o por la alteración u ausencia de algunos sonidos concretos. Hoy en día constituye uno de los problemas del habla y del lenguaje más frecuentes en población infantil. Se considera que hasta los 4 años éstas son evolutivas o normales, es decir como consecuencia de la falta de madurez del sistema nervioso el cual posibilita los movimientos necesarios para la articulación. A partir de aquí, cuando esta problemática perdura más allá de los 4 años de edad, puede requerir una intervención específica encarada a prevenir mayores complicaciones y a establecer una articulación adecuada, la cual será llevada a cabo por un logopeda.
Los niños que sufren esta problemática presentan una serie de errores a la hora de articular sonidos del habla, como pueden ser adición, omisión, sustitución o distorsión de estos. Estas alteraciones pueden apreciarse además en cualquier punto de las palabras pronunciadas, ya sea al principio, en medio o al final de estas. Junto a esto, es importante tener en cuenta que para diagnosticar esta problemática deben descartarse trastornos neurológicos, hipoacusia o algún otro problema biológico que pueda explicarlo.
Por otro lado, esta problemática puede clasificarse en diferentes tipos según la causa a la que atendamos. Así, aunque existe controversia al respecto, hoy en día se consideran cuatro subtipos:
– Dislalia evolutiva: Para articular de manera adecuada es necesario adquirir una cierta maduración cerebral. Por ello, debemos normalizar los errores cometidos en las primeras etapas en la articulación de fonemas. De este modo, aunque suelen ir acompañados de preocupación y malestar por parte de los padres, hablamos de este tipo cuando estos errores desaparecen con el tiempo y siempre antes de los cuatro años de edad.
– Dislalia orgánica: Podemos clasificarla en este subtipo cuando las alteraciones aparecen como consecuencia de un problema orgánico. Cuando existe una alteración grave en el sistema nervioso central, podemos hablar de disartria. Por otro lado, si nos referimos a malformaciones o alteraciones en los órganos del habla (lengua, labios, paladar, etc.), a esta problemática se le denomina disglosia.
– Dislalia audiógena: La causa de las dificultades en la articulación presentadas se encuentra en un problema auditivo. Así, al no poder oír correctamente, no hay una adecuada discriminación auditiva, lo cual puede llevar a confusión ante ciertos fonemas auditivos. El tratamiento debe ir encarado a mejorar esta discriminación, corregir los fonemas distorsionados e implantar aquellos inexistentes.
– Dislalia funcional: Es el subtipo más frecuente y se produce por un mal funcionamiento de los órganos articulatorios, sin que exista una causa orgánica que lo explique. A partir de aquí, se han propuesto algunos argumentos para explicar este problema. Por ejemplo, la falta de control en la psicomotricidad fina, una estimulación lingüística deficitaria, la sobreprotección o los traumas pueden entorpecer el proceso y facilitar la aparición de estas alteraciones.
Aunque la intervención específica para esta alteración del lenguaje sea llevada a cabo desde la logopedia, el conocimiento y la detección temprana en el ámbito escolar puede ser crucial para fomentar la mejora del niño. Además, en este proceso deben participar, estableciendo lazos de comunicación constantes, el profesional, el tutor o tutores de la escuela y la familia.
Si deseas recibir más información al respecto o consideras que puedes necesitar ayuda para este u otros problemas parecidos, desde nuestro centro de psicología en Mataró intentaremos solucionar todas las dudas y peticiones que tengas.
La depresión es una problemática que puede afectar, en mayor o menor medida, a toda la población. En este sentido, algunos estudios constatan que esta aparece cada vez en edades más tempranas. En sí, esta se define como un estado de ánimo caracterizado por una profunda tristeza en la cual aparecen síntomas como pérdida de interés, baja autoestima, fatiga o pérdida de energía, sentimientos de inutilidad o culpabilidad, dificultades de concentración e incluso ideas o pensamientos de suicidio.
Cuando pensamos en el término expuesto, es posible que nos venga la imagen de una persona con características similares a las destacadas. A pesar de ello, y aunque su concepción sea complicada al usar términos similares o incluso idénticos para definir algunas patologías, existen muchas diferencias en cuanto a las manifestaciones de las problemáticas desde la psicología de adultos y la psicología infantil y juvenil. En el caso de la depresión, y aunque se compartan algunos síntomas, los niños y adolescentes pueden manifestar esta problemática de forma muy heterogénea. Así, el Manual de Clasificación Diagnóstica de los Trastornos Mentales (DSM-5), material de referencia para psicólogos y psiquiatras, ha contribuido a utilizar una mirada amplificada de este concepto. Por ejemplo, en el Trastorno Depresivo Mayor realiza especificaciones algunos de sus criterios indicando que, aunque puede aparecer un estado de ánimo deprimido persistente, en población infantil puede manifestarse en forma de irritabilidad. Y también, que a pesar de poder existir un aumento o pérdida de peso asociada al estado de ánimo, en niños hay que considerar el fracaso para el aumento de peso esperado.
Así pues, la depresión puede afectar significativamente en el desarrollo del niño. La falta de recursos para gestionar y regular las emociones, junto a la inmadurez psicológica, potencia que la afectación sea más elevada, pudiendo repercutir mucho en etapas posteriores. Aunque la tristeza y la apatía puedan asociarse a cambios emocionales normales en algunas etapas del desarrollo, es importante atender a ciertas características que pueden estar evidenciando la problemática. Entre ellas están, además de la tristeza y/o la irritabilidad y los síntomas citados en el primer párrafo, puede apreciarse aislamiento social, la pérdida de interés por el juego y las actividades escolares, disminución de la autoconfianza con sentimientos de inferioridad, quejas físicas y llanto. Aun así, cabe remarcar que no todos los niños poseen estos síntomas, la gran mayoría reflejará diferentes características en contextos y momentos distintos.
Por otro lado, las causas de esta problemática pueden ser muy diversas, aunque la hipótesis que ha recibido más apoyo ha sido la de una posible combinación de factores (eventos vitales estresantes o con elevada carga emocional negativa, historia familiar, medio ambiente y alteraciones bioquímicas). Algunos estudios pero, han destacado que provenir de una familia desestructurada, estar bajo un estilo educativo excesivamente estricto o sufrir la pérdida de algún progenitor pueden predisponer a la problemática. Además, otros constatan la mayor prevalencia en niños comparado con las niñas, aunque indican que los datos se invierten en la adolescencia.
Sea como sea, y teniendo en cuenta la variabilidad en la manifestación del problema, debemos atender a las necesidades específicas del niño. Así, el tratamiento psicológico es similar a los adultos, siendo la terapia cognitivo-conductual la más indicada para ello. A grandes rasgos se encara hacia la modificación de creencias distorsionadas sobre uno mismo y el mundo, junto al manejo adecuado de las emociones, tanto positivas como negativas. Además, y especialmente en el caso de población infanto-juvenil, es crucial involucrar a los padres o cuidadores y a los profesores y/o tutores de la escuela de manera que permitan intervenir directamente en el entorno del niño, procurando detectar y modificar las dinámicas familiares y académicas desadaptativas.
Finalmente pues, hay que remarcar que a pesar de ser un problema importante y prevalente en nuestra sociedad, la depresión ofrece muchas posibilidades de mejora. Debemos estar atentos a los síntomas del niño para poder realizar un diagnóstico precoz y aplicar lo antes posible un tratamiento individualizado adecuado a sus características y a su momento evolutivo, siendo crucial además la colaboración de los padres o tutores para aumentar la eficacia de la intervención.
En caso de tener preguntas sin resolver o considerar que necesitas ayuda para este u otros problemas similares, no dudes en ponerte en contacto con nuestro equipo de psicólogos en Mataró. Te proporcionaremos una atención rápida, profesional y personalizada.
Este concepto constituye uno de los rasgos de personalidad más predominantes de nuestra sociedad. A nivel general, lo podemos definir como la predisposición a actuar o reaccionar de forma rápida, espontánea o inesperada ante estímulos o situaciones externas o internas (del propio individuo) sin existir una reflexión previa acerca de las posibles consecuencias de los comportamientos adoptados. Algunos de sus principales componentes son: la búsqueda de recompensa o placer inmediato, la aparición del acto antes que la reflexión, la dificultad para inhibir conductas y anticipar sus posibles consecuencias, y una baja tolerancia al estrés. Todo ello confluye en un déficit de autocontrol, lo cual hace que algunas personas sean definidas como imprudentes, inconscientes, poco reflexivas, arriesgadas o incluso irresponsables.
Cabe remarcar pero, que aunque inevitablemente el término posea una cierta connotación negativa, podemos distinguir una impulsividad funcional, y otra disfuncional. Así, hablamos del primer subtipo cuando la situación implica, casi totalmente, un beneficio personal, lo cual supone un proceso previo, aunque sea breve, de toma de decisión con riesgo calculado. Por otro lado, la impulsividad disfuncional se relaciona con la tendencia a tomar decisiones irreflexivas y rápidas cuando las situaciones no lo requieren, siendo esta estrategia poco óptima y conllevando consecuencias negativas para la persona. Algunas de estas pueden ser por ejemplo, la aparición de culpabilidad, frustración, irritabilidad, o incluso pérdida de autoestima al no haber sido capaz de controlar los impulsos, existiendo además, una repercusión clara a nivel interpersonal, relacionada principalmente con el deterioro de la imagen social, y la consecuente pérdida de confianza del entorno.
Junto a esto, la impulsividad no únicamente se relaciona con ciertas características negativas, sino que posee un papel protagonista en muchos trastornos mentales tales como los trastornos de la conducta alimentaria, las adicciones tóxicas o comportamentales, el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH), el trastorno bipolar o ciertos trastornos de personalidad como el límite o el antisocial. Además pero, aunque su repercusión resulta más o menos evidente en las problemáticas citadas, existen otros muchos trastornos en los que puede estar incidiendo: trastornos de ansiedad, del estado de ánimo o incluso en algunas disfunciones sexuales. De esta manera, también podemos deducir que puede suponer un problema crucial tanto en población adulta como infantojuvenil.
En algunos casos, si conseguimos mejorar este componente, que a priori puede pasar más o menos desapercibido, puede producirse un cambio crucial para el bienestar del individuo. A continuación se resaltan algunas recomendaciones para hacer frente a esta problemática:
– Pensar antes de actuar: Tal y como hemos remarcado, es habitual en personas impulsivas actuar sin reflexionar previamente. En este sentido, se recomienda llevar a cabo un proceso de reflexión en el que principalmente se procuren anticipar las consecuencias de la conducta que se va a adoptar, permitiendo detectar y reducir algunas de las respuestas automáticas que se acostumbran a dar.
– Tolerancia a la frustración: El refuerzo positivo o recompensa inmediata es un claro aliciente para la impulsividad; cuando este no se produce aparecen algunos de los sentimientos negativos antes comentados como ansiedad, rabia o irritabilidad. Es importante ser consciente de que en muchas ocasiones no recibiremos aquello anticipado. Además, el reaccionar de forma rápida y poco eficiente puede generar igualmente malestar, por lo que si conseguimos reducir los actos impulsivos y aumentamos nuestro repertorio de respuestas adaptativas, podemos corregir nuestro estado emocional.
– Técnicas de relajación: Reducir la activación fisiológica puede resultar clave para mejorar la capacidad reflexiva y reducir el estrés y los síntomas de ansiedad. Adoptar un hábito diario en el que practiquemos algún tipo de ejercicio de relajación es muy probable que potencie la mejora.
Existen muchas otras estrategias terapéuticas consideradas eficaces para reducir la impulsividad. Algunas de ellas provienen de orientaciones como la terapia cognitivo-conductual. Nuestro equipo de psicólogos en Mataró, especializados en diferentes problemáticas y poblaciones (adultos e infanto-juvenil), te ayudarán a resolver las dudas que poseas al respecto y atenderán tus peticiones de una manera profesional y personalizada.
La teoría de la indefensión aprendida aparece por primera vez en los años 70, obra de Martin Seligman. Inicialmente, y como muchos otros fenómenos explicados por la psicología, tuvo lugar un periodo de experimentación; en este, el autor descubrió que, si sometía a un animal a descargas eléctricas sin permitirle escapar de ellas, llegaba un punto en que dicho animal dejaba de emitir respuestas evasivas aunque, por ejemplo, la jaula permaneciese abierta. En otras palabras, había aprendido a no luchar contra ello, a sentirse o estar en una situación de indefensión.
Muy posiblemente, tras esta pequeña introducción habremos sido capaces de encontrar recuerdos o imágenes en nuestras vidas representativos del concepto introducido. Nada más lejos de la realidad; tras esta primera fase experimental, estudios posteriores demostraron que las personas podían sufrir exactamente el mismo proceso. Así, a grandes rasgos podemos definir este fenómeno como la condición por la cual una persona o animal se inhibe ante ciertas situaciones aversivas cuando las acciones para evitarlo no han resultado eficaces, terminando por desarrollar pasividad ante estos acontecimientos. Es decir, se adquiere el convencimiento de que se haga lo que se haga, no se va a conseguir cambiar el resultado.
Un ejemplo claro lo encontramos en las víctimas de violencia. En estas, la exposición continua al maltrato, junto a la ineficacia de las estrategias de afrontamiento empleadas, genera un cambio en el comportamiento de la víctima, la cual pierde la voluntad para erradicar las conductas agresivas. En lugar de eso, en algunos casos se utilizan estrategias como complacer al agresor o mantenerlo calmado para disminuir los actos de violencia. Junto a este, existen multitud de situaciones para ejemplificar este importante mecanismo. En este sentido, puede aparecer en cualquier contexto; laboral, social, familiar e incluso personal. Ejemplos de ello pueden ser el mobbing o el bullying. Generalizar la frase esto es lo que hay, y haga lo que haga nada va a cambiar a diversos ámbitos resulta relativamente sencillo.
A parte de esto, debemos tener en cuenta los principales componentes inmiscuidos en su aparición para poder detectarlo prematuramente. Así, cuando una persona entra en este proceso suelen manifestarse un déficit motivacional/conductual, emocional y cognitivo, cuya influencia es circular. En el primer plano, la persona refleja un retraso progresivo en la iniciación de respuestas voluntarias para confrontar la situación. A nivel emocional, los principales síntomas se enmarcan dentro del espectro ansioso-depresivo, donde podemos observar desde ataques de pánico hasta un estado deprimido perpetuado. Finalmente, podemos llegar hasta el punto de no ser capaces de encontrar soluciones al problema, e incluso creer que somos merecedores de la situación (esfera cognitiva).
Aunque debemos ser conscientes de la dificultad de afrontar este tipo de situaciones, existen mecanismos para facilitar su manejo. La persona que sufre este problema puede haber consolidado esquemas disfuncionales que la inhiben a la hora de encarar la situación. Por ello, es necesario desestigmatizarla, entendiendo que ha podido perder la capacidad de ver alternativas, y procurando reafirmar su capacidad y autoestima. Con ello, podemos facilitar devolverle cierto control sobre su vida, permitiéndole ser capaz de afrontar la situación de forma adaptativa.
Nuestro equipo de psicólogos, situado en Mataró, puede ayudarte a resolver tus dudas o a manejar esta u otras situaciones que consideres relevantes. En caso de necesitar más información al respecto, estamos a tu disposición.
Podemos definir los mecanismos de defensa como procesos internos o inconscientes que se encargan de aminorar las consecuencias negativas generadas por eventos demasiado intensos, de tal manera que el individuo pueda continuar funcionando normalmente. De esta forma, procuran mantener el balance psicológico. También reciben el nombre de estrategias de afrontamiento, pero teniendo en cuenta que estas no se desarrollan de manera consciente sino de forma automática, y procuran siempre actuar como mecanismo de protección encarado a minimizar el impacto psicológico de ciertas situaciones.
Existen diversos tipos de mecanismos de defensa, los cuales pueden manifestarse en diferentes situaciones. Tradicionalmente, algunos de ellos son: la represión, mediante la cual bloqueamos inconscientemente deseos, pensamientos o experiencias amenazadores para impedir que lleguen a la conciencia; la racionalización, que consiste en ocultar las verdaderas motivaciones de los propios pensamientos, acciones o sentimientos a través de la elaboración de explicaciones tranquilizadoras, pero incorrectas; o la proyección, en la que se atribuyen de manera falsa los propios sentimientos, impulsos o pensamientos inaceptables a otra persona (p.ej; tenerle antipatía a alguien, pero pensar que es este quién quiere hacernos daño). Todos ellos surgen de manera automática, son inconscientes y su objetivo es, ante los diferentes conflictos psicológicos, reducir la ansiedad y el malestar ante agentes estresantes internos y/o externos.
De todos ellos, uno de los más relevantes y frecuentes lo constituye la negación, que puede mostrarse implícitamente en todos los demás. Este se define como el mecanismo mediante el cual la persona rechaza reconocer algún aspecto doloroso de la realidad externa o de la experiencia subjetiva que es aparente para los otros. Es decir, consiste en enfrentarse a los conflictos negando su relevancia o incluso su existencia, de tal manera que se evitan o rechazan aspectos de la realidad considerados desagradables. Una de las situaciones más significativas para definir este concepto, es el duelo tras la pérdida de un ser querido. Ante este acontecimiento, las personas pasamos por una serie de fases, en las que está inmiscuida, y casi siempre en primer lugar, la negación. En este sentido, el impacto emocional provocado por el acontecimiento provoca la no asimilación de lo que ha pasado, evitando aceptar la realidad y bloqueando de esta manera el dolor asociado.
El motivo principal por el que surge esta estrategia es la dificultad para integrar el elemento que causa el malestar, ya que lleva consigo la reconstrucción de una parte de nosotros mismos. Aunque es quizás uno de los ejemplos más representativos, el duelo no es la única situación en la que podemos apreciar este recurso. Y aunque es posible detectarlo en diferentes problemas psicológicos tales como ansiedad o depresión, también aparece frecuentemente en situaciones cotidianas como por ejemplo en las relaciones de pareja, cuando por ejemplo una de las partes se niega a reconocer una infidelidad, o el querer proyectar un modelo de relación ideal cuando se está sufriendo una crisis importante. También suele aparecer en situaciones laborales mediante la búsqueda de invalidación de argumentos que confirman que hemos cometido errores, que podemos perder el trabajo, etc. Si pensamos en las diferentes áreas vitales (familiar, social, personal ) encontraremos múltiples ejemplos. Finalmente, también podemos encontrar negación ante ciertos sentimientos tales como la envidia, el enfado, los celos, la decepción, el rencor o la tristeza.
Lo más importante aquí, es comprender que aunque puede ser una fase totalmente normal además de habitual en los acontecimientos negativos, debemos ser capaces de detectarlo, aceptarlo e integrarlo para seguir avanzando en nuestro día a día. En sí, constituye un modo de intentar evitar el afrontamiento de los diferentes problemas, los cuales la mayoría en un futuro deberemos encarar y solventar, no solo para impedir fomentar el crecimiento del malestar emocional, sino para permitirnos dar el paso hacia el bienestar psicológico.
En caso de querer profundizar sobre este tema, o considerar que necesitas atención para solventar algún problema similar, nuestro equipo de psicólogos en Mataró procurará resolver tus dudas y/o ayudarte mediante una atención individualizada y profesional.
Desde el momento en que nacemos nos encontramos inmersos en un mundo lleno de estímulos, cuyo aprendizaje y afrontamiento condicionarán nuestra forma de encarar y relacionarnos en las diferentes situaciones vitales futuras. Junto a esto, ciertamente nuestras características personales (predisposición biológica, rasgos de personalidad, etc.) actuarán como mediadoras y determinarán gran parte de las diferencias que nos caracterizan individualmente. Además pero, la cantidad y calidad de experiencias que obtengamos en nuestro desarrollo, constituyen un aspecto crucial para nuestro correcto funcionamiento personal y social. Entre ellas, y siendo esta quizás la más significativa, se encuentra las relaciones y el vínculo que establezcamos con nuestros progenitores.
Así, nuestra infancia estará principalmente marcada por la influencia de nuestros padres, cuyo vínculo afectivo supone un importante predictor de nuestra salud y bienestar psicológico. En este sentido, siguiendo los argumentos del DSM-5, podemos hablar de trastorno de apego reactivo cuando el niño exhibe un patrón de comportamiento inhibido y emocionalmente retraído hacia los cuidadores adultos. Concretamente, el niño pocas veces busca consuelo o se deja consolar cuando experimenta malestar. Además, se diagnostica cuando existe una alteración social y emocional donde aparecen síntomas como irritabilidad, tristeza o miedo incluso cuando las interacciones con los adultos no son amenazadoras. Cabe tener en cuenta, que las diferentes problemáticas psicológicas pueden manifestarse de formas muy diversas en la infancia y adolescencia. Por ello, el espectro de síntomas posibles debe ser amplio, procurando adoptar además una mirada flexible.
Algunas de las principales causas relacionadas con el inicio de este problema se enmarcan principalmente en el apego, o más específicamente en la falta de apego entre los padres y el niño. Así, puede aparecer ante un cuidado insuficiente donde el niño no llega a tener las necesidades emocionales básicas cubiertas para disponer de bienestar y afecto. Además de esto, los cambios repetidos de cuidadores (p.ej., cambios de custodia) promueven un apego inestable. Relacionado con este último punto, también puede favorecer un desarrollo emocional y social negativo el experimentar constantes cambios contextuales y especialmente educativos. Todo ello puede generar sentimientos diversos y confusos en el niño, el cual puede exteriorizarlos de maneras muy diversas: ansiedad, tristeza, ira, rabia, miedos o fobias específicas, baja autoestima, problemas alimentarios, entre otros. Es importante remarcar que el inicio de este trastorno puede presentarse en diferentes edades. La reexperimentación de ciertas experiencias traumáticas en algún momento puede desencadenar los problemas citados, activando emocionalmente al niño de tal forma que se empiecen a manifestar los diferentes síntomas.
Tal y como hemos remarcado, los niños muestran los mismos problemas de formas muy heterogéneas. Una de las principales dificultades con la que nos encontramos al tratar con este trastorno, es el solapamiento existente con el Trastorno del Espectro del Autismo. En este, al igual que en el expuesto, aparece un patrón de comportamiento emocional y social distante como principal característica. Junto a esto pero, existen características exclusivas como pueden ser los patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades (p.ej., movimientos estereotipados repetitivos). Además de en este particular problema, podemos encontrar síntomas muy parecidos al trastorno de apego reactivo en muchos trastornos psicológicos. Por ello, es crucial realizar un diagnóstico diferencial adecuado de cara a establecer unos objetivos de tratamiento concretos, y adaptados específica e individualmente al niño.
El apego o vínculo entre padres e hijos constituye uno de los aspectos más importantes de nuestro desarrollo vital. Ser padres no es una tarea fácil, y detectar las necesidades de los hijos en ocasiones es todavía más complicado. Debemos procurar dedicar y proporcionar tiempo de calidad, proporcionando afecto y comprensión con tal de favorecer una maduración y aprendizaje emocional positivo, el cual a su vez permita a nuestros hijos desenvolverse de manera óptima en un mundo social e interactivo.
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