2 de mayo internacional contra el Bullying

El acoso escolar, en sus diferentes formas, ha existido siempre. Si bien es cierto, que los casos han ido exponencialmente en aumento, calculándose que actualmente 1 de cada 3 niños sufre esta situación a nivel mundial. Además, un informe actual de la UNESCO ha revelado que más del 30% de niños han sido víctimas de acoso. Estos datos evidencian una problemática real y significativa, la cual no únicamente afecta a la propia víctima, sino también a las familias y directamente al ámbito educativo. Junto a esto, aunque su definición, acotación y detección también ha mejorado notablemente a lo largo de los últimos años, sigue siendo en muchas ocasiones difícil de percibir, y mucho más de gestionar. 

 

El bullying se define como el acoso, físico y/o psicológico, al que es sometido un alumno por uno o diferentes compañeros. Se trata de conducta intencional y repetitiva, a través de cualquier medio, que busca someter, intimidar y atemorizar al otro, y puede presentarse dentro del ámbito académico o fuera de él. Además, puede clasificarse según el tipo de agresión o violencia ejercida por el agresor. En este sentido se han acotado el físico, el emocional, el verbal, el virtual (internet) y el sexual. Las consecuencias son diversas, y pueden variar poco de un subtipo a otro. Entre ellas, existen evidentemente los problemas de depresión y ansiedad asociados, dificultades relacionadas con la autoestima, desvinculación problemas de sueño y alimentación, disminución del interés y realización de actividades, y descenso del rendimiento académico. Además, estos problemas pueden prolongarse hasta la adultez. 

 

¿Cuáles son las principales señales de alarma? ¿Qué puede ayudarnos a detectarlo?

 

  • El niño/a evita ir a la escuela. 
  • Lesiones de causa difícilmente explicable.
  • Pérdida de material escolar.
  • Disminución del rendimiento académico. 
  • Aumento de la dependencia y el miedo a la separación de sus cuidadores primarios.
  • Dificultades para dormir. 
  • Problemas de alimentación.
  • Quejas físicas como dolores de cabeza o estómago, o malestar general.
  • Aislamiento y disminución de la comunicación. 
  • Aumento de la agresividad.

 

Como podemos ver, las alteraciones y repercusiones pueden ser diversas. Además, pueden afectar por igual a diferentes edades. A esto, hay que sumarle la clara repercusión a nivel familiar, lo cual implica un abordaje multidisciplinar, que implique una actuación desde el propio colegio, familiar, e incluso social. En este último sentido, las estrategias de prevención y detección temprana se han mostrado muy útiles para combatir esta realidad. A pesar de ello, debemos seguir trabajando para precisar y mejorar tanto su detección como su gestión. 

 

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